La llegada de Bolivita
La tarde caraqueña languidece, bañando con un tono ámbar las laderas del Ávila. Las sombras se alargan como presagios mientras la ciudad se recoge en su caos habitual. Los comerciantes bajan las “santamarías” con un estruendo que resuena como el cierre de cada jornada; para algunos, un rito de supervivencia.
En La Pastora, los niños corren por el descampado. Sus risas se alzan en coro hasta que un murmullo expectante se extiende por el aire. ¡Bolivita ha llegado!
No hay un horario definido para su aparición, pero todos los días, al menos una vez, su figura emerge en las calles. Camina con paso decidido, a pesar de su leve encorvamiento, como si llevara sobre sus hombros una carga que sólo él comprende. Su barba espesa y su piel curtida contrastan con el brillo febril de sus ojos, que parecen no pertenecer al presente, sino a un tiempo lejano, de batallas y victorias. Los niños lo reconocen al instante y corren hacia él.

Bolivita
Gustavo Yepes Pereira
Narrativa
Madrid (España), 2025
ISBN: 979-8311528146
169 páginas
—¡Bolivita, Bolivita, enséñanos tu espadita! —cantan, rodeándolo con entusiasmo.
Él se detiene, erguido como un general en la cúspide de su gloria. Lleva una mano al cinto vacío, donde en su mente reposa su espada libertadora. Su mirada se ilumina al “desenvainarla”, y con un gesto teatral, la alza hacia el cielo.
—¡Por la libertad de los pueblos de América! —declama con una voz firme, como si sus palabras pudieran resonar en los campos de batalla de antaño.
Los niños lo miran con los ojos muy abiertos, intentando no reír. Ya conocen este ritual, pero su solemnidad contagia. Incluso los adultos, que observan desde lejos con los brazos cruzados, esconden las sonrisas detrás de un gesto de respeto.
Para Bolivita, el descampado es su campo de batalla. Se gira bruscamente, como si estuviera montado en su majestuoso corcel moro. Su rostro se endurece, susurrando órdenes a soldados imaginarios que sólo él puede ver. Con movimientos fluidos, simula desmontar, aterrizando con un toque casi ceremonial en el suelo. Una nube de polvo se levanta a su alrededor, envolviéndolo en un aura que parece sagrada.
—¡No pido recompensa más que el reposo y la conservación de mi honor!1 —proclama, mientras se inclina hacia los niños que lo rodean, como si fueran ciudadanos de una república recién liberada.
Los más pequeños apenas contienen las carcajadas, pero un niño mayor, sintiendo el peso de las palabras, le pregunta con seriedad:
—Bolivita, ¿qué es la libertad?
El loco, todavía de pie, fija su mirada en el niño con una intensidad que lo desarma. En su mente, no está frente a un niño de La Pastora, sino ante un joven cadete que busca la sabiduría de un prócer.
—La libertad, muchacho, es el derecho más sagrado que puede tener un hombre. No se hereda ni se mendiga. Se lucha. Se conquista.2
Un silencio reverente se extiende entre el grupo. Incluso los vecinos que han salido de sus casas para observar, sin pretenderlo, se sienten conmovidos. Uno de ellos, un hombre mayor que ha vivido suficientes épocas oscuras, murmura para sí mismo:
—Ese loco... habla como si lo supiera de verdad.
Finalmente, Bolivita se deja caer sobre un cajón que alguien le ha acercado. Los niños se acomodan a su alrededor, mirándolo con fascinación. Aunque saben que está loco, su presencia ejerce un magnetismo que no pueden resistir.
Desde la distancia, las madres los observan, algunas con una mezcla de curiosidad y aprensión.
—Por lo menos no hace daño —dice una señora, mientras cruza los brazos sobre su pecho.
Bolivita, ajeno a todo, mira al horizonte con la misma expresión que tendría un guerrero que ha cumplido su misión por el día. A veces, sólo a veces, uno de los niños se atreve a preguntar:
—Bolivita, ¿dónde está tu caballo?
Él sonríe, cerrando los ojos por un momento como si viera algo que los demás no pueden.
—Está ahí —dice en un susurro solemne, señalando un punto vacío. Su tono es tan convincente que, por un instante, los niños miran hacia donde apunta, esperando ver al corcel. Algunos de ellos, incluso, lo ven.
Y así, bajo la luz menguante de la tarde, Bolivita se convierte, por un instante, en un prócer en pleno esplendor, montado en un corcel imaginario, mientras el Ávila lo observa en silencio.
El misterio del loco
Nadie sabe de dónde vino. Un día, sin aviso ni presentación, apareció en las calles de La Pastora lanzando proclamas que parecían extraídas directamente de los discursos del Libertador. Su voz rasposa, cargada de una autoridad que parecía imposible para su aspecto, resonaba entre las casitas de techos rojos y rejas de hierro. Fue entonces cuando los niños, fascinados por su teatralidad, lo bautizaron como Bolivita. Él, en su delirio, tradujo ese apodo como “Excelencia”.
Para Bolivita, lo que veía ante él nunca eran sólo niños o adultos comunes. En su mente, quienes lo rodeaban se transformaban en soldados, oficiales, ciudadanos ilustres o amigos entrañables. A veces, incluso parecían figuras del pasado, revestidas de importancia según la circunstancia. Cada mirada, cada pregunta que le hacían, detonaba una cadena de pensamientos donde lo real y lo imaginario se fundían en un discurso apasionado.
Su cuerpo, marcado por cicatrices y huellas del sufrimiento, hablaba de un pasado que nadie conocía ni se atrevía a preguntar. Quizá por respeto, quizá porque el magnetismo de su figura los desarmaba. Bolivita, a pesar de sus harapos, irradiaba dignidad, como si la suciedad de la ciudad no pudiera empañar la pureza de su delirio.
Los vecinos tejían conjeturas sobre su origen, murmurando mientras barrían las aceras o conversaban en las esquinas:
—Ese hombre debe haber sido militar. ¿No ven como da órdenes? Esa voz no la tiene cualquiera —afirmaba con convicción el dueño del autolavado, quien otrora sirvió en la Guardia Nacional.
—¡Qué va! Yo creo que era historiador. Estudió tanto a Bolívar que se le cruzaron los cables —decía la señora de la casa amarilla, apoyando la escoba en la pared.
—Tiene maneras de maestro. Siempre parece que está dando clases —apuntó el profesor de matemáticas del liceo, con un brillo curioso en la mirada.
Lo único que nadie cuestionaba era la elocuencia de Bolivita. Cuando alguien, fuese quien fuese, le hacía una pregunta directa, su mente se activaba de inmediato. Comenzaba a hablar como si reviviera hechos de otro tiempo, relatando episodios con tal detalle que a veces resultaba difícil no creerle. Los escuchas, por más que intentaban entender, quedaban atrapados en su discurso, donde lo imaginario cobraba vida con fuerza arrolladora.
—¡Bolivita!, ¿adónde tú naciste? —le preguntó con curiosidad uno de los niños más locuaces.
Las raíces de Diógenes
Diógenes Moncada nació bajo el cielo azul de los Andes venezolanos, en un caserío humilde donde las montañas susurraban historias al viento. Era un rincón perdido cerca de la frontera con Colombia, donde los días eran largos y el trabajo duro, pero las noches estaban llenas de las voces de quienes, en ausencia de lujos, construían mundos enteros a través de relatos.
Su madre, Arcadia, trabajaba en el campo, arando la tierra con manos ásperas, mientras que su padre, José Ángel, era maestro de castellano en la escuela del pueblo. Diógenes creció rodeado de libros que, aunque pocos, bastaban para alimentar su imaginación. Por las noches, después de las faenas, su padre lo sentaba a su lado, leyendo con una pasión que convertía cada palabra en un espectáculo.
—¡José Ángel! —gritaba Arcadia desde la cocina, con un tono mitad reproche y mitad cariño—. ¡No le metas tantas historias a ese pobre niño! ¡Lo vas a atosigar!
Pero José Ángel, ignorando los llamados de su esposa, seguía leyendo con una voz grave y envolvente que hipnotizaba a Diógenes. Para él, aquellas noches eran más emocionantes que cualquier película. Las palabras cobraban vida, llenando la pequeña sala con gestos, tonos y miradas que transformaban un simple relato en una experiencia mágica.
Diógenes, a medida que crecía, se convirtió en un narrador natural. Imitaba a su padre, gesticulando con la misma intensidad, y aprendió a ver la belleza y el poder de las historias. En las reuniones familiares, solía dramatizar anécdotas del pueblo o de la historia venezolana, dejando a todos boquiabiertos. Sin saberlo, estaba cultivando una habilidad que lo acompañaría para siempre.
Un día, mientras su padre hablaba sobre Simón Bolívar, algo dentro de Diógenes despertó. El Libertador dejó de ser un personaje de los libros para convertirse en una figura viva, un ideal que lo guiaría en cada paso de su vida. Desde ese momento, Bolívar se convirtió en su héroe, y Diógenes prometió aprender todo lo que pudiera sobre él. Las historias ya no eran sólo historias; eran lecciones de vida, inspiración y un reflejo de lo que podría llegar a ser.
Pero la vida en los Andes no era fácil. Los días de trabajo se mezclaban con noches de estudio, y aunque la pobreza los rodeaba, en la casa de los Moncada nunca faltó el alimento para el espíritu. José Ángel se encargó de ello, regalándole a Diógenes no sólo el amor por la lectura, sino también el sentido de la responsabilidad y el valor de la educación.
Años después, recordando aquellos momentos, Diógenes entendió que esas noches de cuentos no eran sólo entretenimiento. Eran la semilla de su vocación, el comienzo de una historia que lo llevaría mucho más allá de aquel caserío olvidado.
- Bolivita, de Gustavo Yepes Pereira
(primeras páginas) - sábado 20 de septiembre de 2025
Notas
- “¡No pido recompensa más que el reposo y la conservación de mi honor!”. Fuente: carta de Simón Bolívar a Juan José Flores, 9 de mayo de 1830. Bolívar expresa su deseo de retirarse a la vida privada tras su renuncia a la Presidencia.
- “La libertad..., es el derecho más sagrado que puede tener un hombre. No se hereda ni se mendiga. Se lucha. Se conquista”. Inspiración: Carta de Jamaica (1815), donde Bolívar argumenta que la libertad es un derecho inherente, pero debe ser defendido con sacrificios.



