Era extraño observar a los adolescentes retozando en la playa. En otra vida, pensaba, habría sido uno de ellos, arrojando rocas al océano y jugando entre la arena. Echaba de menos el nomadismo, las huellas en el fango y la tranquilidad de las ciudades pequeñas.
A su lado estaba su madre durmiendo, había comenzado a sentirse mal. Ella había insistido en venir. “Tenemos que divertirnos, Sandra”, le había dicho, “además hace mucho frío en Guadalajara por estas fechas”. Sólo playa; desde que falleció el abuelo, cualquier zona verde había quedado completamente prohibida.
Se relajó con el vaivén de las olas, pensó en su cuerpo y observó a los adolescentes otra vez. Sintió una punzada de envidia al pensar que ellos crecerían y tendrían una vida normal. Que cuando fueran adultos se sentarían en la playa al lado de su madre y lo pasarían bien, porque nunca sabrían cómo es sentir que tu cuerpo no es un hogar.
La brisa golpeaba suavemente su rostro; deseaba vivir en la costa, un bote, una pareja, un trabajo estable. Lejos del bullicio que suponía la ciudad y, sobre todo, lejos de la miríada de recuerdos. Su regreso al país le había parecido asfixiante, de repente Guadalajara estaba más llena que cinco años atrás, más moderna, más abrumadora. Pensó en su infancia, en las tiendas y restaurantes que le parecían enormes, en el cambio pausado, en los puentes decorativos que poco a poco fueron demolidos para abrir paso a una nueva línea de tren.
En algún momento se cansó, se levantó de su asiento y caminó hacia el mar. Su madre seguía dormida plácidamente en la silla. La espuma acarició sus pies suavemente. Ese era el tipo de vida que quería. Pensaba que, si Laura la pudiera ver, se burlaría de ella: “Ahora sí, ¿verdad? Ya se te olvidaron tus fantasías americanas de la adolescencia”. Sandra empezó tarde y conoció a Laura muy pronto. Eso irremediablemente acabó por separarlas. Sus ausencias la mataban, hasta el punto en el que la desensibilizaron.
“Es que tú te quieres ir y yo soy más de quedarme”, le decía. Sandra pensaba que aquello era una broma de mal gusto. “Yo soy más de quedarme”. Las palabras se repetían en su cabeza una y otra vez. Quedarse, qué significaba cuando desaparecía por días y volvía algún domingo aleatorio con flores pidiéndole perdón. Quedarse, ¿en dónde?, ¿con quién?
Poco a poco se adentró en el océano. Deseó, inconscientemente, que la engullera, preocupar a su pobre madre con su desaparición, arruinar unas vacaciones a las que no había querido asistir, exterminar la soledad que le consumía.
Extrañaba ser una completa desconocida en la ciudad, tener la posibilidad de descubrir siempre nuevos lugares sin preocuparse demasiado, se acordó de los bares, las fiestas, los recorridos matutinos con su única compañía. Dos meses después, seguía tratando de entender cuál era la diferencia. “El problema siempre es irse”, mentira, el problema siempre es regresar.
“Tienes que vivir en el presente, Sandra, enfócate en lo que te rodea”, había dicho su terapeuta después de que volvió. Las preguntas de Laura se repetían en su cabeza: “¿Por qué el pasado siempre te atormenta?”, pero después de su partida sólo le quedaron los recuerdos. Pese a ello, Sandra se sentía enferma cada que repasaba los detalles, los rostros y las grandes avenidas almacenadas en su memoria.
Era agosto, habían pasado nueve años de la muerte del abuelo, cinco meses desde su regreso, un mes desde su separación con Laura y unas semanas desde que sus amigos parecían haber salido de su vida por completo. Y pese a todo, su madre dormía en una silla en la playa sin preocupaciones, mientras ella se sumergía cada vez más en el mar. Con cada paso se preguntaba: ¿qué pasaría si un día mi cuerpo me exilia también? Si, de pronto, se vuelve completamente imposible habitarme.
“Ándale, Laura, vente conmigo, va a ser más fácil”.
“¿Más fácil para quién? Eres una pinche cobarde, Sandra, siempre quieres huir”.
“No es huir, Laura, es...”.
“Buscar algo mejor”, la interrumpió, “ya me lo sé, pero yo no puedo y tú sólo estás insatisfecha porque acá te sientes atada a tu madre”.
“Pero es que...”.
“Ya estás grande, Sandra, a tu mamá ya no tendría que importarle lo que hagas o dejes de hacer”.
Pero el miedo la paralizaba. A sus veintiocho años, Sandra se sentía más como una extensión que como un individuo; la vida se le iba poco a poco de las manos y ella observaba sin hacer nada al respecto.
Se detuvo a sentir el agua acariciando su piel. Vio uno de los pequeños barcos pesqueros a unos metros de distancia, la brisa llevaba el aroma salado de un lado a otro; los niños seguían jugando en la orilla. En el fondo, sospechaba que nunca iba a estar satisfecha, Guadalajara no era suficiente, Vallarta no era suficiente y Laura nunca lo había sido. Algo perdió en algún momento y no sabía dónde encontrarlo.
“Es que eres mi única hija, Sandrita, por eso te pido más que a tus hermanos”, su mamá acariciaba su cabello, tenía diez años. “De todos mis hijos, eres la que más quiero, Sandrita”, “Saca buenas calificaciones”, “Mija, platícame si ya tienes novio”, “Cuando sea vieja tú me vas a cuidar, verdad?”.
“Yo no sé para qué le haces caso, Sandra, ya sabe que te la pasas conmigo, le dijiste una vez que había algo en específico que te gustaba, el resto son pendejadas, querer estar en un pedestal toda tu vida es una pendejada”. “A lo mejor, mi abuelo me llevaba a misa de niña porque intuía que había algo mal conmigo”. “¿Alguna vez habías pensado que tu mamá te manipula?”. En su cabeza se aglutinaban los recuerdos; se sumergió en el agua, salió y volvió a sumergirse, como si eso, de alguna manera, fuera a lavar todas las memorias, como si el mar fuera capaz de llevarse las voces de todas las personas que alguna vez habían significado algo para ella.
“No llenas mis expectativas, Sandra, ni creas que voy a volver”, “Me voy porque tú siempre has dicho que querías irte, eres libre, ya no te detengo”. Se acordó del llanto y las madrugadas sintiendo culpa; no sólo odiaba su cuerpo, odiaba todo lo que la conformaba como individuo. “¿Por qué alguien se quedaría conmigo?”.
A la semana se encontró a Laura agarrada de la mano con un desconocido. Siempre que podía la cambiaba por alguien mejor. “Eres mi lugar seguro, Sandra, por eso me da sueño cuando estoy contigo”. Mentiras, pensaba. Nunca le había creído y nunca le iba a creer. Su relación, ya tambaleante desde el día en que se conocieron, se desmoronó de inmediato. Nunca volvieron a hablarse.
Su madre la veía desde el otro lado del jardín, conversaba con sus tías: “Yo sé que Sandrita me va a cuidar cuando esté vieja”. “¿Pero y si le da por hacer su vida lejos de aquí?”, preguntó una de las mujeres en el círculo, “Sandrita prometió quedarse conmigo, ella sabe que he sacrificado todo por ella, lo mínimo que puede hacer es devolverlo”. “Pues no dejes que se te case”.
La cafetera de repente hacía un sonido insoportable, la casa había enmudecido. “Voy a ir un año a Rusia a estudiar”. La mirada fría de su madre la atravesaba. No dijo nada. La dejó ir. Alguna vez, durante una reunión familiar, poco antes de su partida, mencionó delante de todos sus tíos: “¿Qué vas a hacer al otro lado del mundo si no puedes moverte ni en tu propia casa? Vas a regresar”. Y sus palabras se cumplieron.
“Ándale, Sandra, ya vámonos, tenemos que comer”, su mamá dormía a lo lejos, pero su voz no dejaba de reproducirse en su cabeza. “Es que yo no quiero que te vayas”, “Pero yo no quiero regresar”. “Mi relación con mi madre ha mejorado mucho desde que me fui”. “Cómo te explico, Laura, que no me siento cómoda en ninguna parte”.
Entró más en el mar. Se acordó de su abuelo. El bosque y ella sentada en sus rodillas. La sonrisa de su madre. Los ojos de Laura. Las manos de Laura recorriendo su torso desnudo. Sus amigos riendo. Distancia. Abrazos. Besos. Un hogar. El sol a lo lejos y, de repente, oscuridad.


