A Fernando Fernán Gómez
Licencia
Sin otra licencia, borrón o pescozón que la del gran Francesillo de Zúñiga.
Dedicatoria
A don Pompeyo, marqués del Sablazo, batallador en Amberes, único aristócrata con plumas en el casco capaz de poner un huevo. También, por la cuenta que me trae, al conde-duque de Olivares y a la inversa, prócer hercúleo cultivado en todo, nabos inclusive, resabido, generoso, en especial con el queso y los chorizos y los cargos, honorario, insigne, notable, apolíneo, o sea, de todo un poco pero mucho y bueno y también a sus aceitunas, una por una, quien me prometió esta edición y un jamón (y el huevo, no se olvide del huevo).
Al lector
Esta obrita que ha llegado a tus manos, amigo lector, reúne algunos epigramas salvados de la proterva hoguera que acabó con la biblioteca del bufón Persio, aquel que estuvo al servicio del gran Sancho I, rey de Barataria, y que gozó de justa fama tras salvar a su señor del tránsito de la muerte con uno de sus chistes (otros, más sesudos, aseguran que fueron precisos al menos cinco). Mi deseo es que los disfrutes con espíritu jocoso pues son además fuente de salud, según el tragaldabas de Aristóteles. Vale.
Retrato a vuelapluma del bufón don Persio, ínclito protagonista de esta obra
El autor de los chistes que siguen es un tal Persio Francesillo Esteban Solor Zano y Guevara, natural de Alfarache o bien de Argamasilla de Alba o Alcázar de San Juan o lozano andaluz o extremeño celoso o de la vega de Olmedo o Villafranca del Cid pues todas las villas, villorrios y villegas lo reclaman, señor barbado, lo justo en un hidalgo, apenas barbadillo pues más que Esteban parece Estebanillo, que se las sabe todas como Frestón, culterano hasta en la errata, gracián a la par que gracioso, tío de nadie, menos que fingido, de oficio entretenido, maestro del sarcasmo, que es el camino más largo y más osado, sagaz miope, agudo y más con sus quevedos, cojuelo a ratos, buscón bien perfilado, con porte y señorío, sin más dominio que su lengua, cascabel andante, figura triste de pluma alegre, resoluta, erudito algo apicarado, discreto héroe, dador de sueños que no comendador, un tanto narigudo sin llegar a compás, tenaz caballero, dragón que arroja entre bigotes mil verdades por su boca de fuego y otros tantos embustes envueltos en ingenio si se tercia, burlón de cabo a rabo, así pues, tábano.
Chiste primero: Donde se cuenta lo acaecido en una fiesta que terminó en orgía
Nos hallamos en una fiesta llena de senadores, señores, esclavistas y crasos de nueva hornada, sentados todos ellos en torno al magno emperador. Por allí anda también un imitador de Catulo algo malhumorado. Abrumadas sus tripas con la poca fruta que ha robado, le entran al poeta unas inmensas ganas de hacer de vientre, así que busca por aquellos pasillos una buena letrina hasta dar finalmente con un gran cuenco de color esmeralda que, por el hedor que emana, no puede ser otra cosa que un bacín. Llega, pues, la orgía, se llena el salón de poderosas togas y se ponen todos a devorar las apetitosas viandas. Buscan entonces al músico y el músico improvisa, canta y vuelve a cantar sus temas de autores clásicos trufados de melancolía. Y, oh sorpresa. Casi al final de la velada aparece un inmenso y delicado cuenco de color esmeralda lleno de salsa de garum, el néctar clásico de los más pudientes. Todos comen, beben, gozan de los placeres carnales y el poeta entona las penas latinas de Catulo o más bien llora a carcajadas mientras les ve relamerse y les oye decir a todos florituras de la grandísima mierda que se engullen.
Chiste segundo: De cómo recaló Lázaro en una posada de mala muerte
Voy a narrar ahora las últimas andanzas del famoso Lázaro de Tormes, tal como las oí de sus propios labios en una taberna de Toledo.
Siendo yo pregonero muchos años y habiendo mejorado notablemente mi saber y fortuna, resultó que cierto caballero perdió un criado a su servicio. Todo esto sucedió seis días antes de emprender un viaje que tenía proyectado a la corte, donde se le tenía por erudito en política internacional, para hablar de unos chismes napolitanos. Mi mujer, por lo visto también a su servicio, me convenció a gritos de que le acompañara, de manera que ese día no hizo falta pregón alguno. Así que, arribado el día, subido él a un caballo y yo a la mula, partimos de Toledo en dirección a Madrid con más pena que gloria. Pasada ya la vieja puerta de la Bisagra, andamos chirriando todo el camino, yo riéndole las gracias, del sí al otrosí, alimentando a mi pesar sus egos con el silencio cómplice. Presumía el hipócrita en todo, guardándose para otros los lamidos y, mascullando en griego, daba lecciones a siniestro y a diestro con tal ansia que pensé si todavía andaba yo de porquero. Llegados en la víspera a los alrededores de la Real Villa, dimos con una taberna del tres al cuarto y en ella decidió el gran hombre que debíamos pasar la noche, no sin antes decidirse a probar las viandas de aquel lugar, que a mí me supieron a mazamorra. Mi amo, indignado con lo que le presentaron, pidió para él un pollo y un par de huevos duros, mas no se acordó de mí o tal vez me halló de repente traslúcido como por vil encantamiento. Al fin, con las tripas gruñendo, como me viese todavía a media vela con aquella bazofia medio podrida, me pagó el pájaro de mal agüero con un ala de lo suyo, y digo pagó pues antes me hizo sicario del pollo y fatuo aprendiz de posadero haciendo que lo desplumara. No fue este el último de los despropósitos de mi protervo amo. Estando en las lides de apurar el vino de la jarra, entabló el truhan conversación filípica con una vieja borracha que resultó ladrona, según me dijo el tabernero, un antiguo soldado venido de Flandes, a la sazón cronista de las izas. Acaeció que, como le ocurrió al pollo y a sus plumas, al pájaro le voló el anillo y un lujoso sombrero en la trifulca de carnes con la vieja y, por no presentarse con el orbe despejado, decidió al otro día mandarme con veinte monedas a comprar al mercadillo un buen sombrero para pasar el trance. Tras ardua búsqueda de taberna en taberna, regateé uno grande y ancho a una alcahueta que andaba con priesa por deshacerse de él y con el resto me di el banquete de Dionisos que se me negó la noche anterior, por lo que gocé y llené las tripas cuanto quise.
Chiste tercero: Segunda parte del chiste segundo o cómo llegó Lázaro a la Corte y de lo sucedido en ella
Prosigo con el relato de Lázaro.
Viendo que llegaba la hora de la audiencia salimos raudos hacia Madrid. En un santiamén dimos con nuestras narices en los portones de palacio. Aún no había llegado mi amo a la tercera generación de su rancio abolengo cuando unos soldados nos conminaron a pasar por las caballerizas, gesto que le molestó grandemente al considerar que tal tratamiento no era digno de una persona de su rango. Pasado el lance, me mandó a dejar los caballos, después de lo cual vino a vernos un mayordomo y, tras hacerse con la capa del amo, nos pidió, con gran solemnidad, que lo siguiéramos. Como un Minotauro más, me uní yo también a la breve comitiva no sin antes tropezar con una estaca y darme un aparatoso revolcón. De esta guisa, macerado de pajas y boñigas, como un cortesano venido de retozar, me adentré con los demás entre los laberintos de aquel Cnosos. Mientras esperábamos en una solitaria sala, al amo le picó la curiosidad propia de los zánganos y se introdujo en el cuarto de al lado, del cual alguien había dejado la puerta entreabierta. Allí divisó el viejo sillón real, algo desvencijado, y al verlo apartado en un rincón le vino la idea de sentarse en él, con tan mala fortuna que se enganchó un mechón de pelo en las arquivoltas de bronce del escudo. Dando voces me envió el amo a toda priesa a por unas tijeras, así que fui raudo hacia los escalones de la entrada, no sea que acabaran allí mismo mis días. Estaba yo mirando la manera de hacerme con ellas cuando me topé con ciertos quejumbrosos ayes tras una cortina. Alarmado cual Lanzarote por la suerte de alguna dama en apuros, aparté la tela con decisión y me adentré en la sala contigua para prestar ayuda. A fe mía que entre tales paredes me di de bruces con una imagen salida del mismísimo infierno. En ella tomaba parte una señora de gran porte que bien pudiera ser cortesana de alcurnia. Hallábase ésta un tanto distraída por las supuestas carantoñas de un soldado campanudo que yo supuse del octavo círculo. Cuando la dama se dio cuenta de mi presencia, recuperó la compostura y me dirigió unas palabras con porte grave. Me dijo: “No quiero que os forméis una idea equivocada de lo aquí sucedido. Ensayaba con la guardia una inocente bufonada sobre el rey Pipino por hallarse indispuesto el bufón. ¿Quién sois?”. Yo le dije: “Soy criado de un gran caballero que está aquí de visita, si bien mi oficio es pregonar a los cuatro vientos cuanto sucede para mayor honra de mi rey y emperador”. Prosiguió ella: “Entiendo. Decidme, ¿os gustaría mejorar de fortuna?”. Yo contesté lo siguiente: “Por supuesto, no he deseado otra cosa desde que nací”. Finalmente, me dijo ella: “Pues tened tal deseo por concedido, si sois capaz de jurarme también a mí la segura lealtad de que hacéis gala. Y ahora, volved y cumplid con vuestras obligaciones. Ya hablaremos”. Tras hacerme como pude con unas tijeras, volví a la sala guiado por los lamentos cada vez más incomprensibles de mi amo. Al verme pasar olvidose el supuesto caballero, a estas alturas toda una medusa, de toda su oratoria, y me lanzó los exabruptos más horribles de que tengo constancia, los cuales resonaron en mis oídos más que todos los palos con que me obsequió en su día mi primer amo a cuenta de aquella longaniza. A todo esto llamaron al caballero, quien, ya liberado del nudo gordiano, pasó a verse con el consejero real, hombre de noble porte, con un águila en el emblema, pájaro de cuenta, futuro valido en los oráculos, si bien le afeaba algo un generoso gorro que bien pudiera ser trasunto de unos provechosos cuernos. El amo tuvo cuidado de inclinarse lo justo, no sea que, rozando los botones que no debía, acabara de nuevo con su cabello en ramas ajenas y, sin más introito, dio comienzo a la plática asintiendo él mismo en todo, como si fuera juez y parte. Antes de nuestra marcha preguntó por mí la supuesta señora de Pipino y me ofreció la oportunidad de quedarme en la corte con la excusa de la falta de buenos criados. No he salido desde entonces de estos muros, una cofradía del asta, dedicado en cuerpo y alma a medrar cuanto sé. El consejero, más coronado cada día, se muere por oír mis historias, que a él le divierten por entenderlas ajenas, de modo que, habiendo mejorado mi suerte por entero, he pasado en dos meses de cornudo a secretario de otro que ha consentido ser mi gentil y loada cornucopia.
Chiste cuarto: Donde se cuenta la historia del Hércules salmantino
Lucas, bachiller de pocas luces, lleva más de diez años entre los pergaminos y sus tapas más temiendo abrirlas que intrigado por la suerte de Platón. Pese a ello, consigue al fin entrar como maestro de la hija de un viejo malhechor que sacó tajada en años mozos de sus tratos con la garduña. La Venus salmantina, que ya cuenta con veintidós primaveras, es un prodigio de belleza y el estudiante acaba rendido a sus encantos. Cierto día, cuando más convencido está él de sus progresos, la joven le sugiere proseguir con la clase más tarde, en sus aposentos. Propone la discípula el divertido juego de la mal llevada venda en los ojos y las enrevesadas preguntas de geografía. Lucas asiente entusiasmado. Así que, puesta la venda, más liviana que Ariadna, a base de palpar, lleva la Venus a su enamorado hasta la habitación de sus padres. Allí, tras rogarle silencio, le conduce al enorme lecho y, después de retirar la sábana con delicadeza, le indica el camino de los islotes paternos susurrándole: “Detente ahí y a la de tres, palpa, palpa cuanto quieras”. Luego, acurrucada, se esconde bajo la cama y espera a ver cómo se las apaña Hércules con el mortero. Y Hércules y su venda no pasan del primer trabajo. A costalazo limpio baja las escaleras él, venda y todos los conocimientos de geografía desde los tiempos de Heródoto. Para que luego digan que la geografía es una ciencia exacta.
Chiste quinto: Donde se narra una trifulca protagonizada por un bufón real
Pasea el bufón sus lúgubres pensamientos por la taberna y les habla a todos de su oficio, que ya no es oficio ni es nada. Comenta compungido que nadie recuerda a los viejos farsantes de muecas prodigiosas ni rompe una lanza por el Marcial epigramático, por aquel Atlas del ingenio que hacía rodar al mundo y su vanidad como la veleta que es. Mientras apura la jarra se lamenta, ahogado en su jubón, de que hayan dejado que muera lentamente el arte de Juvenal, que la sátira se duerma en las anécdotas y nadie quiera escupir o despotricar del orbe o incite a la palabrería al menos pero lo que arrastra el cómico no es otra cosa que un mal de amores. Muy pronto el aprendiz de Baco sucumbe a las ruindades del vino cabezón y empieza a ver Janos por todas partes, dobleces y criaturas deformes y burlonas. Aquí un Minotauro cornudo que rumia unos garbanzos, acá un Malambruno guiñando el ojo, allá un Neptuno que emboca con su tridente una morcilla, acullá una horda de sátiros de melladas sonrisas y escabrosas lenguas. Cree el bufón que todos se burlan de él y, a falta de espadón, reparte puntapiés y bofetadas con la generosidad de un rey. Fuera de sí, entre cocido va, cocido viene, se forma un toma y daca de mil demonios hasta que un fullero, antiguo matasietes, deja las cartas sobre la mesa y, llevándose el basto, le atiza con éste en la cabeza y le dice: descanse vuestra merced un rato, que así no hay quien trabaje.
***
En mi casa de Barataria, una vez recuperado nuestro querido rey Sancho I de sus malos humores. Año de 1622.
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