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El perfume

sábado 15 de noviembre de 2025
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Recostado en el sofá raído, asestaba su última calada al cigarrillo mientras miraba al techo; después, tiró la colilla en la lata vacía de cerveza que tenía sobre el pecho haciendo las veces de cenicero. Un poco más allá, en el propio techo, la vieja y polvorienta lámpara empezó a flaquear de la única bombilla que le quedaba encendida, involucrando a Edmundo Mariñas en un obligado parpadeo que alternaba luz sucia con oscuridad casi total, al tiempo que el chicharreo de la bombilla, aviso de su cercana claudicación, le servía como despertador para su letargo. Antes de incorporarse con trabajo, entre resoplidos esforzados, miró un momento a la bombilla y pensó que seguramente necesitaba de alguien que la apretase, y después pensó que cómo demonios iba a arreglárselas en el saloncito cuando se apagase del todo.

Se levantó y anduvo inclinado durante un momento hasta que el clic en la parte baja de su espalda le indicó que podía erguirse por completo. Se acercó a la destartalada estantería y buscó las llaves de casa, que aparecieron bajo un amasijo formado por un número indeterminado de calzoncillos sucios y algunos calcetines acartonados. Cómo sus llaves y su cartera podían estar bajo toda aquella amalgama de ropa para lavar (acomodada a la forma del estante después de varias semanas de permanencia allí) fue cosa que se preguntó por un segundo. Luego apagó el interruptor y salió de casa.

 

***

 

El hotel Acucia albergaba esta vez un simposio sobre los últimos avances en perfumería, y a tal fin alojaba a representantes y/o ponentes de algunas empresas del sector. Por las tardes eran las charlas en el recoleto salón de actos, pero por las mañanas y durante el mediodía el amplio y actualizado café-bar del hotel era un continuo ir y venir de profesionales de la perfumería moderna; de ejecutivos estirados, vendedoras sectoriales; se sumaban además expertos catadores de perfumes y, aunque no eran dados a este tipo de trajín, también asistían algunos químicos de empresa. Estos últimos eran tratados de manera especial por los otros representantes de las marcas, que conscientes de su particularidad de carácter y de la exclusividad de su conocimiento dentro del organigrama de las empresas, acariciábanle el lomo y trataban de que se encontraran lo más a gusto posible. A veces, incluso, podía verse a un alto ejecutivo acompañar a su científico estrella a la mesa y ser él mismo el que se desplazara hasta la barra y le pidiera la consumición para después servírsela (tal era la conciencia que los dueños del negocio tenían del especial y trastabillado carácter de sus empleados más peculiares), cosa que, por cierto, era muy bien vista por los camareros.

Contaba el café-bar, además, con una amplia y acogedora terraza de acristalamiento desplegable con vistas a la travesía, que en otoño e invierno permanecía sellada del ruido y el frío exteriores y hasta contaba con calefacción individual, pues estaba compartimentada en varios espacios pensados para las pequeñas reuniones de los ponentes de turno con demás miembros de cada expedición, dada la especialización del establecimiento en reuniones directivas y conferencias.

 

***

 

Cuando Edmundo Mariñas entró en el amplio bar del hotel Acucia, suscitó el recelo de la cuadrilla de camareros, empezando por el jefe de sala, que no veía del todo claro que aquel individuo resultase un elemento adecuado para el retablo de refinamiento VIP que allí se había autoconstituido. Los dos camareros que había tras la barra, por su parte, se cuchichearon algo acerca del aspecto del nuevo cliente: algo sobre su cutre gabán arrugado, que pareciera que hubiese utilizado para ponerse durante la siesta; sobre su pelo más bien largo y grasiento, sobre el amarillear del cuello de su camisa. También sobre sus resquebrajadas zapatillas coloridas que no tenía empacho en combinar con esos pantalones de pinza beiges estampados de lamparones. “¿Y le permitís la entrada?”, preguntó la nueva, la más joven, a su compañero. “Bueno... no es fácil. Viene de vez en cuando y siempre paga sin rechistar... y tiene el colmillo retorcido, no creas. A veces se queja y todo si no le ponemos aperitivo”.

Edmundo Mariñas se acercó a la barra y pidió un Ballantines con tónica y una rodaja de limón. “Extravagante combinado e infalible matarratas”, pensó, con toda la razón, el camarero, mientras tomaba la botella solicitada de un estante que había a unos metros de su espalda. Antes, mientras le preguntaba qué iba a tomar, la joven camarera, por su parte, pudo empezar a notarlo: aquel hombre desprendía un olor que se compadecía perfectamente con el de un mastín que llevase cuatro días muerto. Lo sabía porque había sido testigo una vez de ese escenario en el campo de su tío.

El olor llegó varios metros más allá, hasta el jefe de sala, que estaba en medio del salón velando por las necesidades de los clientes que ocupaban las mesitas, pintadas con colores rotos que imitaban una antigüedad falsa. Hizo entonces el encargado ademán de acercarse a Edmundo Mariñas como para decirle algo, pero se detuvo a mitad de camino; además, el estrafalario cliente había agarrado su copa y se dirigía hacia uno de los compartimentos estancos de la terraza. El encargado, que hubo de recuperarse sobre la marcha del conato de un ataque de pánico, vio cómo el recién llegado alcanzaba su destino y abría la puerta de una de las “peceras”, que estaba ocupada por tres agentes de una de las perfumeras.

 

***

 

“El perfume es sin duda intenso, penetrante, pero espurio. Le falta algo que lo dignifique, que le aporte un verdadero cuerpo... ¿No querremos lanzar al mercado una colonia barata de esas de después de la ducha, verdad?... El olor del alcohol está ahí, chirriando por todas partes”: quien decía esto era la joven catadora sentada a uno de los laterales de la mesa, mientras se llevaba a la nariz una especie de hisopo sacado de algo parecido a una probeta con una muestra de líquido. Al otro lado de la mesa, uno de los ejecutivos y el químico escuchaban con atención. Justo en ese momento, entraba Edmundo Mariñas en el compartimento, arrastrando toda la parafernalia de su alma grasienta. “Buenas tardes”, dijo; tenía la voz un poco atiplada. Antes de que entrase del todo en la estancia, sin embargo, el jefe de camareros lo tomó por el hombro: “¡Disculpe, señor!...”. Con verdadero gesto de asco, Edmundo Mariñas le clavó la mirada: “¿Es que acaso está reservada esta terraza?”; el camarero mayor estuvo a punto de mentirle y responderle afirmativamente, pero a la postre agachó los ojos y apartó su mano.

Como la única mesa del apartamiento estaba ocupada por aquellos tres lechuguinos, Edmundo Mariñas agarró la silla que quedaba libre, y lo hizo con tan poco tacto que en el gesto movió ligeramente la mesa y provocó la caída de la probeta, cuyo contenido se desparramó sobre ella. Después se sentó frente al ventanal; a falta de apoyo, colocó su vaso rebosante sobre el suelo.

Al principio, los ocupantes miraron de soslayo al encargado, que desde el otro lado del cristal les respondió con un gesto de impotencia. Inmediatamente después, todo el aleteo del recién llegado alrededor de la mesa, añadido al cruce de piernas que acababa de realizar para acomodarse en la silla, empezó a teñir el aire con su particular almizcle de mofeta, lo que provocó la rápida salida del compartimento de los dos hombres. Empero, contra todo pronóstico, la mujer, la catadora, no sólo permaneció dentro sino que corrió a cerrar rápidamente la puerta de cristal tras la salida de sus dos compañeros, que con sus rostros enrojecidos y haciendo ademán de taparse las narices y las bocas, aludían con el jefe de sala al pútrido olor que emanaba de aquel hombre. Extrañados —asombrados, en realidad— por la actitud de la mujer, los tres hombres observaban desde afuera de la pecera cómo ésta, ahora, se colocaba en el centro de la estancia y realizaba extraños movimientos de aleteo con brazos y manos que, no obstante, enseguida comprendieron: estaba removiendo el aire.

 

***

 

Una media hora después, la pecera donde permanecía Edmundo Mariñas se había convertido en una especie de besamanos del aroma: el grupo de ejecutivos de la marca en cuestión se acumulaba fuera del habitáculo para entrar ordenadamente en él. Dentro permanecía también la joven catadora, la que había hecho aquel descubrimiento revolucionario para su empresa y, en rigor, para toda la industria. Un descubrimiento puramente casual como tantos otros, pero que como todos requirió de la visión genial del observador, y de su estancia al pie del cañón.

A medida que los elegantes ejecutivos iban entrando en la pecera (casi siempre de dos en dos), se topaban de bruces con aquel aroma único, extasiante, irresistible, ligeramente perturbador. De resultas del choque de la hediondez rancia y arraigada de aquel hombre con el efluvio chirriante de la prueba fallida de mezcla de químicos de la probeta, habíase formado una fragancia fresca y llena de matices: amaderados, almizclados que le conferían un toque elegante e imperecedero, con una pincelada de atrevimiento tal vez un poco acusada. Pero este último, a su vez, se atemperaba con la calidez del aroma dulzón y embriagante que, en determinadas condiciones de frescura y humedad y relativa ausencia de oxígeno, alcanzaba a veces la putrefacción propia de la muerte de los mamíferos. Todo sumado le confería a la esencia una clase y exclusividad y perfecto solapamiento de matices casi imposibles de conseguir.

Todo lo anterior era explicado por la extasiada catadora a los jefes, jefazos y jefecillos que, ordenadamente, iban entrando en aquel apartado e improvisado “laboratorio” del hotel Acucia. Mientras, Edmundo Mariñas giraba la cabeza para mirar con aire huraño, de cuando en cuando, todo aquel revuelo que a sus espaldas no paraban de formar aquellos pisaverdes.

“Tenemos en nuestras manos El Perfume. La fragancia más selecta y revolucionaria de todos los tiempos... Sólo hay que convencer a ese hombre para que colabore”. Esto les decía la joven pero ya genial Nariz (catadora), a los ejecutivos de más peso, que estaban unánimemente de acuerdo en no poder permitirse el lujo de dejar escapar aquella oportunidad. Después, la Nariz se dirigió en privado, sentados a una mesita apartada del amplio salón, al químico, que aún andaba por allí: “Ignoro cómo podrás hacerlo, pero tienes que conseguir extraer de ese hombre, de sus pliegues, de sus orificios o de donde haga falta, el secreto de su fórmula particular”. El químico, que aún no se había recuperado del todo del choque inicial de hacía un rato, rompió a vomitar sobre la mesa ante los ojos de toda la clientela.

Cuando por fin llegó el jefe de sala para dar la orden de limpiar aquel repugnante estropicio provocado por el químico, la Nariz, en pie junto a la mesa para no perder nunca de vista al hombre que habría de hacerla rica y que permanecía dentro de la pecera, se dirigió al jefe de sala: “Sí, limpie todo esto... Pero después, prepárese. Alguien tiene que decirle a ese hombre (señaló a lo lejos, con un ademán de la cabeza, a Edmundo Mariñas, que contemplaba la calle desde detrás del cristal, ajeno a todo lo que a su alrededor se cocía) que ha pasado a ser la flor más preciada de nuestra empresa”.

Juan Manuel Caballero Parejo
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