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La máscara en el limbo
(del libro de cuentos Ayer sin remitente, de Christian Durán)

domingo 21 de diciembre de 2025
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“Ayer sin remitente”, de Christian Durán

—¡Eh, mexicano! Pásame de ahí la cinta —espetó Fernando sin voltear a verlo—. Si entre tres personas no podemos arreglar esto, creo que oficialmente no servimos para una mierda.

—¿Esto es otra de tus ideas millonarias? —preguntó Lucio, que no había hablado desde que llegaron y se miraba las uñas sentado frente a la mesa.

—Fer, eso que estás intentando reparar... ¿dónde lo encontraste? —espetó Jaime, algo consternado, mientras llegaba con la cinta adhesiva.

Desde que Jaime llegó a España desde México, a Fernando siempre le había gustado dar órdenes. Lucio rara vez le seguía el juego, pero Jaime sentía curiosidad por ver en qué resultaban sus argucias. Quizá también era por miedo a perder las únicas amistades que tenía desde que llegó a la sede madrileña. Por eso rara vez contradecía al que se creía el líder de su tridente, a menos que se le estuviera escapando la prudencia de los actos.

Aquella tarde, Fernando los había citado en el garaje de su casa de Vallecas, diciéndoles que tenía que mostrarles algo, sin poder contener la emoción.

—¡Ustedes no se preocupen!, ¿vale? —respondió Fernando—. Ya lo verán cuando termine. Yo nunca decepciono.

Jaime se acercó a mirar lo que su amigo intentaba reparar con la cinta y vio, entre sus manos, lo que parecía ser una máscara de cerámica blanca que lucía tan antigua como las que exhibían en el museo de historia de Madrid. Tenía una expresión algo irreverente, casi sarcástica; tanto, que le causaba incomodidad mantener la mirada clavada en esa expresión cáustica. En la frente tenía unos pequeños cuernos blancos que sobresalían con picardía, y dos hoyitos oscuros que servían como ojos, de los cuales a Jaime no le hubiera sorprendido ver salir un par de arañas violinistas. La boca esbozaba una sonrisa tensa y forzada, como si las grietas que marcaban la máscara la hicieran sonreír contra su voluntad, como si esa mueca la quebrara más de lo que ya estaba. Jaime asoció esa expresión con la que hacía cuando forzaba la sonrisa para que el dentista pudiera observar bien su dentadura.

—¿Dónde encontraste eso, Fer? —preguntó Jaime, apartando la vista de esa incómoda expresión—. ¿Y para qué la quieres arreglar?

“Ayer sin remitente”, de Christian Durán
Ayer sin remitente, de Christian Durán (2025). Disponible en Amazon

Ayer sin remitente
Christian Durán
Cuentos
Monterrey (México), 2025
ISBN: 979-8293120253
241 páginas

—Un amigo del colegio la compró en el barrio gitano. Dijo que ayer se la llevó a una noche de juerga y la rompió por accidente, pero me juró que antes de eso funcionaba de puta madre. Me la intercambió por unos pitis.

—¿Pero para qué se supone que sirve? —interrumpió Lucio, acercándose a mirar la máscara con algo de inquietud—. Si sales con esa de birras, a lo mejor tienes una oportunidad de ligar algo, querido Fer.

—¿Me prometéis que no os van a temblar las piernas si os lo cuento? —espetó Fernando—. Sobre todo tú, mexicano, que eres el más nervioso de los tres.

—¡Escúpelo ya, coño! —insistió Lucio.

—Está bien, está bien —Fernando se levantó y comenzó a dar vueltas por el cuarto, pensativo—. Según el tipo que se la vendió a mi colega, esta máscara puede conectar con entidades, pero no con seres demoníacos o fantasmas. Dijo que este artefacto conectaba con las almas que se habían quedado varadas en el limbo, los viajantes que albergan la nada. Que no tuvieron lugar ni en el cielo ni en el purgatorio, y que simplemente vagan eternamente nadando por el vacío. Se supone que te la pones, recitas el poema que el gitano le dio por escrito, y a través de estos pequeños orificios puedes ver esas almas perdidas y lo más interesante, hacerles preguntas sobre el más allá.

—No entiendo qué tiene de interesante hablar con almas del limbo —respondió Lucio, aún no tan convencido—. Suena a que son cascarones vacíos. Sería más atractivo hablar con un verdadero fantasma o con un demonio, ¿qué me podría interesar a mí de un tipo que fue al limbo porque no lo bautizaron?

—Estás pasando por alto el punto. Son cascarones vacíos, sí, pero con mucha información sobre cómo se siente morir, qué pasa cuando se acaba la vida, qué sucede después, quién decide adónde va cada uno, esas preguntas son las que nos hacemos los tipos cultos como yo. ¿A que sí, mexicano?

—Suena interesante —contestó Jaime, intentando abandonar el escepticismo—. Podría ser una gran anécdota o una completa pérdida de tiempo. Lo que si es que no tenemos nada mejor que hacer un jueves por la tarde.

—¡¿Lo ves, Lucio?! Nosotros sí que pensamos fuera de la caja. Tú puedes quedarte viendo cómo nos apañamos todo el conocimiento, si así lo quieres.

Fernando tomó de nuevo el artefacto y terminó de pegarle el último fragmento, asegurándose de que el pedazo de cinta quedara bien firme.

—Bien, ¿quién irá primero? —preguntó, mostrándoles la máscara.

Nadie respondió. Lucio estuvo tentado de irse de ahí mientras le decía a su amigo lo tonto que era por creer en esas cosas, pero lo tenía que reconocer: estaba intrigado. Jaime lo estaba pensando. La posibilidad de que esa cosa realmente funcionara lo seducía, aunque no quisiera admitirlo del todo.

—Venga, tío —dijo Fernando, mirando a Jaime—. Tú quieres probarla, te estás muriendo por saber qué ocurre.

—La verdad...

—La verdad nada —interrumpió Fernando, poniéndole la máscara en las manos—. Póntela. Después de ti iré yo.

Jaime se sintió un poco más que obligado. Lucio lo miraba como diciéndole “pues venga, hazlo”, así que al final terminó cediendo y comenzó a ponerse la máscara con cuidado. Cuando la tuvo en el rostro, notó un fuerte olor a lejía impregnado en la cerámica vieja.

—Mexicano, espera. Ten esta hoja —advirtió Fernando, tendiéndole un papel—. Ahí viene escrito el poema. Lo tienes que recitar en voz alta sin quitarte la máscara, y se supone que con eso bastará.

Jaime lo tomó, notando cómo su pulso se aceleraba conforme se acercaba el momento de la verdad. Lucio miraba escéptico desde un rincón, con cara de que todo aquello le parecía una pérdida de tiempo.

—Bien... ahí voy —dijo Jaime, colocando la hoja frente a los dos pequeños agujeros que le servían como ojos.

Allí donde nadie respira, donde no hay graves ni agudos.

Donde diviso a cada uno, pero de mí nadie se percata. Soy eterno vagabundo, trotador austero, insípido.

Aquí no existen los segundos, ser es un constante ripio.

El cuarto entero se sumió en un sepulcral silencio. Todos se mantuvieron expectantes, esperando que algo impresionante ocurriera. Lucio y Fernando se acercaron a Jaime para ver si la máscara mostraba algún cambio, notando que la cinta negra la hacía lucir todavía peor que antes. Como un rostro que sufrió una reconstrucción facial.

—¿Ha cambiado algo? —preguntó Fernando.

—No creo —respondió Jaime con la voz amortiguada por la cerámica—. Todo se ve igual. Creo que estafaron a tu ami...

En ese momento Jaime vio que a través de los agujeros, una niebla comenzaba a llenar la habitación entera. Creyó que todo era parte de una broma orquestada por Fernando, algo así como una novatada de bienvenida, a pesar de que llevaba ya dos años en Madrid, pero lo que lo hizo descartar esa idea definitivamente fue cuando de pronto sintió que algo le tocaba la muñeca haciendo que pegara un salto que acompañó con el grito menos varonil del mundo.

—¿Qué mierda pasa? —preguntó Lucio.

—¿Qué no ven esa niebla?

—Mexicano, como nos estés tomando el pelo —Lo amenazó Fernando.

—¡Shh!, no hablen —dijo Jaime temblando—. Algo está cambiando, si no lo pueden ver entonces es porque yo tengo la máscara, hagan silencio.

Sintió la agitación de su respiración mientras frente a él, unas figuras emergían del suelo. Estaban rodeadas de vapor como saliendo de un sauna espectral y sus extremidades se evaporaban con cada movimiento. Las figuras fantasmales se dispersaban a lo largo del cuarto perdiéndose a través de las paredes, desaparecían a través de los muros dejando una estela de niebla azulada que los seguía como un hedor. Jaime no sabía exactamente que hacer o decir, tenía miedo de anunciar su presencia, hasta que de pronto una de aquellas figuras que pasaba con displicencia, notó su presencia e interrumpió su marcha indiferente para verlo.

Lo observaba con tal curiosidad como si de un elefante magenta se tratase. El ente se acercó curioso a Jaime y lo revisó de arriba abajo, no tenía rostro y sus brazos no terminaban en manos, simplemente se esfumaban en el vapor poco a poco, todo en él estaba difuminado en la neblina. El muchacho sintió como un frío glacial le inundaba cada poro conforme el vapor rozaba su piel, respirar el humo que emanaba de esa entidad era como inhalar nitrógeno. Al final pegó otro salto que casi lo hace caer cuando aquella figura incorpórea le habló con una naturalidad que no se esperaba.

—¿Qué haces aquí? —preguntó aquel ente flotador con una voz de una frecuencia semi grave casi imposible de percibir por el oído humano.

—Vengo en paz —Fue lo primero que se le ocurrió decir a Jaime, que sin duda había mirado demasiado cine de ficción.

—No sabes lo que haces —Respondió aquella espectro fans—. Da un paso en falso y te quedarás aquí eternamente, una vez entrando no se puede salir.

—Sólo vine para saber algo —preguntó Jaime sin más dilación.

—¿Qué se siente morir?

—Ustedes las personas y su hambre de saber cosas que no les corresponden. La respuesta a esa pregunta la sabrás cuando mueras, no antes, no después. Mientras tanto, te recomiendo no venir a lugares como este, ni seguir indagando en los secretos de tu especie.

—Cuando me vaya quiero estar preparado — Respondió Jaime con la voz temblando, no sabía si de frío o de miedo—. Quiero tener la mente clara para lo que sea que suceda.

—Si crees que el frío que sientes ahora es casi insoportable, cuando mueras. Vas a sentir hielo en los huesos y lava fría en cada músculo. Quizás escuches las golondrinas, así les llamamos a las encargadas de bajar a recogerte al morir, si aun tienes la mente lúcida puede que hasta las veas llevarte. Luego sentirás como te inunda la locura a medida que tu cerebro se apaga, cada neurona, cada terminación, cada canal neuronal y cada célula, todo se va junto con tu cordura. Hasta que todo se apaga, todo recuerdo bueno y malo se va, menos el frío.

—Y si todo recuerdo se va ¿cómo recuerdas el lenguaje? —preguntó Jaime ya sin poder escuchar lo que pasaba en el cuarto donde estaba, lo único que se mantenía era el plano en el que estaba—, ¿cómo te puedes comunicar conmigo a través del español si tus recuerdos desaparecieron?

—Es lo que tiene estar en el limbo, te permiten conservar lo que fuiste, el pasado. Eso incluye tu lengua materna y hasta tu nombre. Te quitan tu cuerpo, pero no tu mente, con el fin de torturarte, buscando que vagues eternamente sabiendo quién eras y a quién conociste, sin poder verlos nunca más y con el único consuelo de recurrir a su memoria hasta el cansancio, pero aun así con el tiempo vas olvidando detalles, como sus voces o los lunares de sus rostros. Nos quedamos así, estáticos para siempre, obligados a caminar en este plano plagado de melancolía.

—¿Y si un alma que conociste en vida también va al limbo? —indagó Jaime.

—Daría lo mismo, no podemos vernos entre nosotros, las almas que tú ves gracias a ese artefacto que llevas puesto no las puedo ver yo. Ahora mismo podría haber otro millar de almas al lado mío y me sería imposible darme cuenta. No podemos escucharnos por más que gritemos, y las personas del mundo físico tampoco nos escuchan a nosotros, ni nos ven. Antes de ti no había hablado con nadie durante lo que en tiempo humano serían casi siete años.

—Sin esta máscara no podría verte —Respondió Jaime—. Pero sigo pensando que tal vez hubiera sido mejor dejarla rota.

—¿Qué? No... no puede ser, ¿rompiste la máscara?

—A mi amigo se la entregaron rota, la reparamos para hacerla funcionar de nuevo ¿Qué tiene?

—¡Son unos insolentes! ¡van a venir! ¡Les juro que van a venir y van a desear estar en el limbo cuando los encuentren! seres impíos, no saben lo que...

En ese momento Fernando le sacó la máscara del rostro y Jaime quedó paralizado viendo de nuevo la normalidad frente a sus ojos y agradeciendo el calor que sintió de pronto en los brazos. Aun intentaba entender a que se refería aquel espectro.

—¿Qué coño ha pasado? —Pregunto Fer—. Has comenzado a hablar solo y a decir cosas sin sentido, Lucio dijo que esperáramos un poco para ver qué pasaba, pero de pronto la máscara comenzó a temblar, fue cuando te la quitamos.

—Hablé con uno de ellos, todo iba bien, le hice algunas preguntas. Pero cuando le dije que la máscara se había roto y que la habíamos arreglado de nuevo comenzó a alterarse como un loco, me vibraron los oídos a medida que esa cosa elevaba la voz y sentí que estaba a punto de desmayarme.

—¡No me jodas! —Dijo Lucio impresionado—. ¿De verdad funcionó?

—Dame eso, mexicano. Ahora es mi turno —Fernando le arrebató la máscara a Jaime.

—No sé si sea buena idea, Fer —le advirtió Lucio intentando mantener la prudencia—. Jaime dijo que todo se estaba poniendo muy turbio antes de que se quitara la máscara, ¿no será mejor esperar un poco?

—A la mierda con eso, no pienso esperar a que la máscara deje de funcionar o se vuelva a romper.

Fernando se la puso sin pensarlo un segundo más y recitó el poema tan rápido que se equivocó en un par de ocasiones, pero finalmente logró decirlo sin detenerse.

El silencio volvió de nuevo y Jaime y Lucio miraban con atención; no parecía suceder nada extraño, Fernando no hablaba, pero se notaba tenso, parecía estar experimentando lo mismo que Jaime. La sonrisa de la máscara parecía incluso más tensa que antes, algo había cambiado.

De pronto Fernando cayó de rodillas haciendo un sonido de asfixia como si tuviera un pedazo de carne en la garganta. Comenzó a intentar quitarse la máscara desesperadamente, pero por alguna razón le resultaba imposible, Lucio y Jaime se acercaron para ayudarlo, pero se detuvieron cuando Genaro soltó uno de los gritos más desgarradores que ambos hubieran escuchado nunca. Gritaba como un loco, como si estuvieran asesinando a su familia delante de él. Como si lo estuvieran hirviendo del cuello para abajo. Lucio se acercó e intentó quitarle la máscara, pero era imposible, estaba totalmente adherida a él como una segunda capa de piel.

De pronto un viento fuerte azotó la habitación haciendo que Lucio cayera de espaldas. En ese mismo instante los gritos de Fernando se interrumpieron, su cuerpo entero se dobló por completo hacia atrás de un momento a otro, su columna atravesó la piel de su pecho perforando su tórax y quedando a la vista de todos. Jaime gritó, pero sintió que su lamento se perdía en un eco que reverberaba hacia una distancia infinita, volvió a sentir frío como cuando aún tenía la máscara puesta, tanto frío que sacaba vapor al exhalar, quiso gritarle a Lucio para ver si él había sentido el cambio de temperatura. Pero cuando lo hizo, Lucio parecía no escucharlo, como si él pudiera verlo y escucharlo, pero su amigo a él no. El chico se paró y se acercó gateando entre lágrimas al cuerpo de Fernando, parecía tener miedo de moverlo aunque fuera un poco.

De pronto Lucio se puso de pie, se quedó parado apenas a unos centímetros de Jaime, comenzó a mirar hacia todos lados y aun en shock dijo:

—Jaime, ¿Dónde estás? ¿A dónde te has ido?

Christian Durán
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