1
Noto un tirón en la yema de los dedos seguido de varias sacudidas. Los sedales brillan en el aire como sutiles rayos de sol sumergidos en el agua. Son las diez de la mañana y no sopla una brizna de viento, hemos llegado saltando de roca en roca y nuestras camisetas de tirantes están empapadas.
—Ha picado, mira las burbujas —le digo a Nando, que sonríe.
Nando se levanta y salta hasta un poco más abajo, donde el mar bate con suavidad las rocas. El salitre mancha sus hombros, donde la piel quemada dibuja formas caprichosas. Tiro del sedal y podemos ver la cabeza del pez boqueando. Nando lo agarra y lo eleva en el aire, y el cuerpo escamoso reluce en la mañana cristalina. Es un pez feo, abre y cierra las agallas y tiene una membrana alrededor del cuello que se estira y encoge al respirar.
—Es un pez gato —dice Nando. Yo no estoy seguro.
—Es una mierda de pez —digo.
—Sí.
—¿Se comerá?
—No sé, yo no pienso probarlo —dice.
—Quítale el anzuelo y échalo al mar.
Nando trata de quitarle el anzuelo, pero el pez se revuelve y le destroza la boca. Cuando por fin se lo saca, el cuerpo correoso y tenso se le escurre entre las manos y cae en las rocas y sus escamas brillan con hermosos destellos plateados. Los dos nos agachamos para observar cómo boquea y se convulsiona, y de una patada lo devuelvo al mar.
Volvemos a la arena con nuestros sedales enrollados en la mano y nos encontramos con los otros. Están Edgar y Óscar, los dos hermanos de Madrid, que caminan uno a cada lado de Cecilia. Y Juan y Vero, que también son hermanos, y viven en Ferrol. Juan tiene dieciséis años y gusta a las chicas, con su piel morena y el pelo largo, siempre va con camisetas Privata, o nikis de Lacoste, y en las muñecas lleva un montón de pulseras de cuero y de hilo. Alba anda hurgando con un palo entre las algas algo arrastrado por el mar, un cangrejo muerto, creo.
Nunca he tenido muy claro qué quiere decir eso del primer amor, no sé si se refiere a la primera chica que te gusta y que te corresponde, esa con la que llevas a cabo los deseos amorosos con los que hasta entonces sólo habías soñado, o es la primera que te quita el sueño, aunque nunca llegue a hacerte ningún caso. Me inclino más por la segunda opción, según la cual podría afirmar que mi primer amor fue Alba. Ella fue la primera chica que me gustó, y ese sentimiento contribuye a idealizar el recuerdo de aquellos días, cuando tenía catorce años y vagabundeábamos por Foz, y jugábamos largas partidas de cartas tumbados en la arena, y comíamos polos apoyados en el capó abrasador de los coches, con los ojos enrojecidos por el salitre.
Aquella mañana después de bañarnos, como teníamos por costumbre, nos tumbamos en círculo sobre la arena, con las cabezas juntas y nuestros cuerpos bronceados extendidos como pétalos retorcidos de una extraña flor de verano. Alba estaba a mi lado y yo la miraba de reojo a través de mis gafas, sin darme cuenta de que Juan, a su otro lado, disfrutaba del roce casual de su brazo. Extenuada todavía por el ejercicio físico, el pecho de Alba subía y bajaba, y gotas de agua resbalaban sobre su piel y dejaban un surco invisible de salitre del mismo sabor que el que yo sentía en mis labios.
—Hemos tenido buenas olas —dijo Edgar.
—Las mejores en lo que va de verano —dijo Vero.
—Hay olas que pueden alcanzar los treinta metros de altura —dije yo. Nando se rio.
—Eso es imposible —dijo Juan, seguro de sí mismo.
—¡Ya está el exagerado! —dijo Cecilia.
—¡No soy ningún exagerado! —insistí—. Hay olas que pueden llegar a los treinta metros de altura.
De camino a Foz, para no aburrirme en el coche, había ido leyendo un libro que contaba historias del mar. Lo acabé en el mismo recorrido, y recuerdo que sólo deseaba llegar a la playa para buscar en el horizonte algún barco con el pabellón negro o encontrar alguna botella con su correspondiente mapa del tesoro (lo que de mayor se convierte en un tópico aburrido, tiene el sabor de lo auténtico en la niñez). Pero la historia que más me fascinó había sido la de las olas gigantes.
—Se llaman tsunamis —comencé, y narré punto por punto la historia que pocos días antes había leído en el libro. Les conté que el mar se retiraba y las aves parecían enloquecer y agitaban las copas de los árboles en un griterío ensordecedor antes de huir tierra adentro, hasta que sólo quedaba el silencio, un silencio pegajoso que poco a poco era sustituido por un rumor al principio casi imperceptible, pero que crecía hasta convertirse en un trueno infinito. Creo que lo conté bien y que la historia tuvo éxito, porque todos permanecieron en silencio hasta que acabé. Aquella historia no me la había inventado, ya lo he dicho, la había leído antes, pero no me sentí culpable de plagio, y mientras hablaba mis palabras fluían, y ya sabía la frase que iba a decir antes de acabar la que estaba diciendo, y sabía también que tenía a mis amigos en vilo, y eso me hizo sentir muy bien.
Alba se incorporó bruscamente y miró en lontananza. Juan se irguió a su lado.
—¿Qué pasa?
—Miro que no venga una ola de esas —la sonrisa de Alba era burlona, pero en sus ojos había cierta emoción.
—¿No me digas que te has asustado? —dijo él.
—Ha molado, la historia —intervino Nando, y añadió—: a mí me ha acojonado un poco.
Supe que Nando lo decía por animarme, porque él era de los mayores y yo le caía bien, pero aun así me sentí agradecido.
2
Llegó el nueve de julio y celebré mi cumpleaños en familia, con mis padres y mis abuelos, y por la tarde quedamos toda la pandilla en el acuario para jugar al futbolín. Mi madre me dio mil pesetas para invitar y me los llevé a todos a la nevera de los helados para que eligieran. A todos menos a los dos que faltaban: Alba y Juan.
—Creo que están fuera —dijo Cecilia.
La puerta trasera del acuario daba a una escalera metálica que descendía a la playa, hacía mucho calor y aunque el sol ya casi tocaba el mar todavía quedaban bastantes bañistas. Cuando abrí la puerta, el sol de la tarde me cegó por un momento. Y luego los vi.
Allí estaban, Juan y Alba, besándose a una decena de metros en una escena que a cualquier otro le hubiera parecido romántica. Las manos de Alba se movían por debajo de la camiseta de Juan y le acariciaban la espalda, y él la rodeaba en un abrazo ansioso. Tendría que haberme dado la vuelta al momento, pero no pude, y me quedé mirando más tiempo del saludable.
Por fin solté la puerta, que se cerró con suavidad, y volví adentro. No sé lo que hicieron ellos, imagino que ni se enteraron y siguieron a lo suyo. Le di a Nando la vuelta del billete de mil para que invitara a algo más en mi nombre y salí a la calle.
—¿A dónde vas? —me preguntó.
—Ahora vuelvo —mascullé.
Con el tiempo puedo decir que se trataba de una escena bonita: dos adolescentes besándose en la playa al atardecer; justo lo que imaginaba cada noche para mí. Y justo con la misma chica. Pero aquella tarde, al salir del bar, la rabia y los celos me estallaron en el pecho y tuve que esforzarme por contener las lágrimas.
Quería estar solo y lejos de todos, así que eché a correr en dirección al puerto, luego recorrí la avenida principal, doblé en una vía peatonal y me interné en un laberinto de callejuelas. Cuando ya no podía más, me senté en el escalón del portal de una vieja casa de piedra, en un callejón por donde no pasaba nadie.
3
La escena se repetía una y otra vez dentro de mi cabeza, pero las lágrimas no salían, sólo había dolor y furia. El destello metálico de la puerta trasera del bar, abierta al sol del atardecer, las manos de Alba reptando como animales ansiosos bajo la camiseta de Juan, sus labios pegados, el movimiento acompasado de sus cabezas. Me dio un vuelco al corazón cuando los goznes de la puerta de madera chirriaron al abrirse detrás de mí.
—¿Qué te pasa? —era la voz de una mujer.
Me giré y me la quedé mirando de arriba abajo, incapaz de reaccionar. Incluso pensé en salir corriendo, pero esa hubiera sido una sobreactuación un tanto ridícula. La mujer me miraba desde arriba con expresión curiosa, y hasta hubiera dicho que divertida, a pesar de que no se riera ni asomara a sus labios la mínima sombra de una sonrisa. ¿Cuántos años tendría? Era imposible para mí calcularlo, y aún hoy no me atrevería a aventurar una edad. La lustrosa melena era de color blanco, la piel del rostro y de los brazos era de un moreno cetrino, y entre una red de diminutas arrugas brillaban dos ojos resplandecientes como soles violetas.
—¿Estás bien? —me preguntó. Su voz sonaba tranquila y segura, pero algo quebradiza por la edad.
—Sí —dije.
—¿Qué te ha pasado?, ¿te has perdido?
—No.
Me levanté del escalón, aturdido, y por un momento todo me dio vueltas.
—Estás mareado.
—Qué va —negué. Hacía calor, la carrera me había hecho sudar a chorros y al levantarme de golpe me había dado un vahído, como hubiera dicho mi madre, eso era todo.
Aún tenía la respiración agitada y mi pecho subía y bajaba con fuerza. Me pasé una mano por los labios secos y observé a la mujer con más calma. Vestía una larga falda vaporosa, casi transparente, estampada con vivos tonos rojizos que dibujaban formas ondulantes alrededor de sus piernas, iba descalza, y la melena plateada le caía suelta sobre la espalda.
—Sea lo que sea, no te preocupes, no hay nada que no tenga remedio. Entra, te daré un vaso de agua.
A pesar de su apariencia venerable lo que más me sorprendió fue el tono que empleó al hablarme, como si yo fuera una persona adulta, y no un chiquillo. Acto seguido se volvió, dando por hecho que yo aceptaría su invitación, y eso fue lo que hice, como si obrar de otro modo me hubiera resultado imposible. En la entrada de la casa había un viejo mueble sobre el que trataban de alzar el vuelo tres gaviotas de porcelana blanca, y el retrato de una bellísima mujer morena de ojos oscuros y sonrisa insidiosa, que comía una manzana con un pecho al aire, destacaba dentro de un marco de madera labrada con esmero, aunque agujereada por la carcoma.
—¿Te gusta? —la mujer señaló el cuadro y echó a caminar a lo largo de un interminable, estrecho y oscuro pasillo al final del cual se vislumbraba una luz que surgía del interior de la casa.
—Sí —dije.
—Soy yo de joven —me aseguró sin volverse, con absoluta naturalidad.
La luz venía de un patio a cielo abierto, un espacio cuadrangular iluminado por la anaranjada luz de dos faroles alrededor de los cuales empezaban a revolotear algunas polillas. Sobre el suelo, dispuestas sin orden aparente, había varias macetas dentro de las cuales crecían plantas de variadas formas y colores, todas desconocidas para mí, y que colmaban el ambiente con su fragancia exótica y dulzona. La mujer, con un gesto, me invitó a que me sentara a una mesa junto a un frondoso limonero en flor. Sobre la mesa había velas apagadas de diferentes tamaños, algunas prácticamente consumidas, otras apenas desgastadas, un mechero de cuerda y una pequeña navaja cerrada.
—Espera.
La mujer, la anciana, podría decir, aunque había algo que emanaba de ella, algo más allá de lo físico que desmentía las evidentes señales de la edad, entró en la casa de nuevo, y desde dentro abrió las contras de una ventana baja que daba a la cocina. Estiré el cuello y la vi encender un fuego y dejar una tetera encima.
—Nunca hay que menospreciar la tristeza de los niños —dijo—. ¿Sabes a qué me refiero?
—Sí —mentí, aunque intuí que no podía engañarla.
—No estoy segura —añadió como si me leyera el pensamiento—. ¿Cómo se llama ella?
Con aquella simple pregunta, “¿cómo se llama ella?”, me revelaba mi dolor, y me revelaba a la vez que era un dolor antiguo e identificable. Aquella mujer sabía más que nadie que yo conociera, más que mis amigos o familiares, más que mis padres, y por supuesto mucho más que los profesores.
—Alba —le dije.
—Hum..., es de lejos —musitó la mujer, y no era una pregunta.
—Sí —asentí. Hasta entonces jamás había hablado con nadie de ella, excepto con Nando, y eso sin pasar del “qué buena está” y del “qué culo tiene”.
—¿Y qué es lo que ha ocurrido con Alba?
—Nada.
—Algo habrá pasado, estabas llorando —insistió ella, siempre a través de la ventana que comunicaba el jardín con la cocina.
—No estaba llorando —dije.
—Ya.
No parecía, sin embargo, que me estuviera interrogando, sólo daba la impresión de que se interesaba por mí en un modo y con una sabiduría como nadie antes lo había hecho. El pitido anunció que el agua ya estaba caliente. La mujer salió con la tetera y dos tazas en una bandeja de metal oscuro.
—¿Te gusta el té? —me preguntó, y se sentó a mi lado en una silla de mimbre.
—No sé, nunca lo he probado.
—Te gustará —me aseguró, y llenó mi taza. A través de las ramas del limonero la última luz del día hacía resplandecer sus ojos.
—Es amargo —le dije. La mujer echó dentro de mi taza una cucharada de azúcar.
—¿Mejor?
—Hum, mejor, sí —respondí, no muy convencido.
—Y ahora háblame de ella, háblame de Alba.
Alba... Cuando la mujer pronunció su nombre una suave corriente me recorrió las extremidades y se concentró en mi estómago, haciéndome sentir una euforia muy parecida a cuando la tenía delante. Sin darme cuenta empecé a hablar sin asomo de vergüenza o timidez. Le hablé del extraño color de sus ojos, más amarillos que verdes, de la tersura de su mano en algún roce ocasional, del color que adquiría su piel blanca cuando se bronceaba. No me importaba si lo que decía pudiera parecer poético o ridículo, mis palabras no eran mías, me traicionaban, y dejaban escapar secretos que había mantenido ocultos durante mucho tiempo. No recuerdo qué hacía ella mientras yo hablaba, no sé si me miraba con compasión, o si se reía de mí, y no volví a sentir el frío contacto de sus ojos lúcidos hasta que di por concluida mi disertación amorosa. Entonces sentí su voz como una barra de hielo en la nuca.
—¿Qué serías capaz de hacer para besarla?
—¿Para besarla? —yo nunca había besado a ninguna chica, y la sola idea de probar los labios de Alba no era más que un sueño inalcanzable, pero a la vez tan poderoso que ante él todo lo demás dejaba de tener sentido.
—Imagínate paseando con ella un atardecer como este, por la playa, descalzos por la orilla del mar, cogidos de la mano. De pronto os detenéis, ella te sonríe y os besáis.
¿Era aquella escena la misma que acababa de contarle yo? No lo sé, no me recuerdo pronunciando esas palabras, pero desde luego era eso lo que más deseaba en el mundo.
—¿Qué serías capaz de hacer?
—No hay nada que hacer —dije, y entonces me di cuenta de que, entre sus brazos, no sé de dónde había salido, si lo había cogido ella o había trepado hasta su regazo, sostenía un gatito gris de ojos verdes y somnolientos.
—¿Y si pudieras hacer algo? —la mujer me pasó el pequeño cachorro con suavidad.
—¿Algo como qué? —tomé con cuidado el animal. La voz de la mujer, hasta aquel momento suave, sonó ahora tan desprovista de cadencia que me heló la sangre.
—Algo como romperle el cuello a este gato. ¿Lo harías?
4
El tierno animalito se acurrucó entre mis brazos y pude sentir la tibieza de su cuerpo y la suavidad de su pelo, que recorrí con las yemas de mis dedos a través del espinazo hasta su cuello, donde la piel formaba tiernos pliegues. Las primeras estrellas empezaban a titilar en el azul oscuro del cielo y una fresca brisa suavizaba mi cuerpo, acalorado por la acumulación de sol a lo largo de todo el día. Me horrorizaban las palabras que acababa de escuchar, pero a la vez me sentía adormecido e incapaz de cualquier reacción. Alba, Alba y yo, los dos solos, juntos a la orilla del mar en un atardecer de verano.
La mujer sacó una tiza del bolsillo de su falda y dibujó sobre la mesa una estrella de cinco puntas, a continuación puso una vela sobre cada punta y las encendió con el mechero de cuerda. Sus ojos refulgían a la luz de las danzantes llamas como oscuras cavernas iluminadas por antorchas.
El gato se resistió con un débil maullido cuando la mujer me lo arrebató para dejarlo sobre la estrella de cinco puntas. Absorto, fascinado, apenas exhalé un quejido ahogado cuando se apoderó de mi mano y me cortó en la punta del pulgar con la pequeña navaja. No sentí dolor, tal vez a causa del brebaje que acababa de ingerir, y con su mano de dedos morenos y uñas largas guio con fuerza la punta de mi dedo sobre el lomo del animal, dejando un surco de sangre.
—Rómpele el cuello al gato, y la niña te besará al atardecer.
—No —dije.
—¡Rómpeselo! —graznó. Su voz autoritaria retumbó en mi cabeza con el eco de otras cien voces demoníacas, y sus manos guiaron a las mías sobre el suave lomo, haciendo que apretara mis dedos sobre las finas vértebras de su cuello.
—¡No! —dije.
—¿Por qué no?, ¿no quieres besarla?
—¿Y luego qué? —pregunté—. ¿Y luego qué pasará?
Un suspiro de aire corrió entre los dos, un gato no podía ser el precio.
—El gato es sólo una formalidad, una manera de sellar nuestro pacto, después me pagarás —dijo la mujer.
—No tengo dinero —dije, aterrado.
—No me pagarás con dinero.
—¿Cómo entonces?
Por más miedo que tuviera necesitaba saber qué me podía pasar, eso era muy importante, y estaba tan aturdido que ni siquiera me parecía una locura toda aquella conversación, sino que la asumía con la misma inevitabilidad con que sabía que el sol salía cada mañana.
—Me pagarás con dolor.
La miré a los ojos y dije, simplemente:
—Paso, me piro.
Quise zafarme de la mujer, pero cuando bajé la vista ya no me sujetaban sus manos, de dedos morenos y delicados, sino los huesudos sarmientos atormentados de una anciana secular. Incrédulo, alcé la cabeza de nuevo, pero no me encontré con sus ojos violeta resplandeciendo en un digno y venerable rostro, sino ante la vetusta y desfigurada faz de una vieja de mejillas colgantes que clavaba en mí su mirada pertinaz y maliciosa.
Y abrió una boca como un oscuro foso para dejar escapar una risa fétida por entre los huecos de sus dientes renegridos. La adrenalina golpeó mi cerebro y otra vez quise librarme de las garras de aquel ser, que con fuerza insospechada retenía mis manos sobre el cuerpo del pobre animal.
—No entiendes —dijo, y de la oscura grieta de su boca desdentada emergió de nuevo su tono de voz meloso—. El dolor no tiene por qué ser tuyo, podría ser de alguien a quien conozcas.
—No.
—Hagamos este trato. Elige a quien tú quieras, yo sólo necesito dolor, un buen pedazo de dolor, y te daré a Alba.
—No quiero —repetí.
—Sólo un poco de dolor —insistió, y escrutó dentro de mí de un modo hipnótico y feroz, como si en realidad hablara con alguien que no fuera yo, o con algo que habitaba en mi interior—. Piensa en un beso de Alba.
Su voz, era su voz cada vez que pronunciaba su nombre. Yo no quería pensar en nadie. No quería pensar en Juan.
—Quiero irme —gemí.
—Imagina su lengua tibia y suave, imagina tu mano por debajo de su camiseta, sobando sus pechos —mi mano, sin querer, apretó un poco más el cuello del animal, como si acariciase ya las promesas que la entidad me ofrecía—. Imagina, imagina...
—¡No quiero! —grité otra vez, pero sí que lo imaginaba. Y el dolor no tendría por qué ser mío. ¿Cuánto dolor era un poco de dolor?
—¡Sí quieres! —atronó.
Tal vez hubiera conseguido librarme de sus dedos, fríos y duros como garfios, si no me encontrara tan debilitado por el mejunje. ¿Quién podría saberlo? Traté de resistir la presión y aguanté con todas mis fuerzas (aún hoy me repito que aguanté con todas mis fuerzas), pero con un chasquido estremecedor el cuello del gato crujió entre mis dedos como una rama seca.
Creo que grité, grité en silencio como si a través de mi boca exhalara el animal su último suspiro. Los dedos de la vieja aflojaron su presión y pude zafarme, y los ojos, que hasta hacía unos segundos brillaban malignos a la luz de las velas, recuperaron su dulzura opaca y serena.
El gato yacía sobre la mesa, justo en el centro de la estrella de cinco puntas. Yo quería creer que dormía un sueño apacible y que, ahora que todo había terminado, despertaría y saltaría de la mesa para alejarse con su paso elegante y sinuoso a cobijarse entre las ramas del limonero.
—¿Otra taza de té? —me ofreció la mujer, que había recuperado su primigenia apariencia.
Salí corriendo del patio. Hubiera saltado la verja, pero era demasiado alta y estaba rodeada de setos; por eso, aunque me daba pánico, decidí atravesar el largo y estrecho pasillo de la casa para salir por donde había entrado. Era fácil, sólo tenía que correr cuanto pudiera, abrir la puerta que daba al recibidor y alcanzar la calle. Pero me sentía enfermo y mareado. Me levanté y caminé a trompicones hacia el estrecho pasillo, que aguardaba oscuro como ansiosas fauces.
Indeciso, me volví a mitad de camino y el corazón se me heló en el pecho. Allí en el patio, sentada en su silla de mimbre, permanecía la mujer, con su apariencia más inofensiva, la larga y lustrosa melena plateada cayendo a un lado de su rostro. Y entre sus manos acariciaba a un pequeño gato de color gris que me miraba fijamente a los ojos. Pero la sonrisa se le marchitó en un segundo cuando el gato saltó de su regazo y desapareció y, sin dejar de mirarme, ella se levantó de su silla y echó a andar hacia mí.
Tenía que salir de aquella casa como fuera. La oscuridad era casi absoluta y choqué con un mueble. No veía nada, sólo podía escuchar el sonido de mi respiración y estaba desorientado, pero la puerta de la calle debía estar por ahí. Al tantear frenéticamente encontré el pomo de una puerta y lo empujé.
No era la salida. Sentada en un camastro, frente a un espejo alumbrado con velas, el vetusto y arrugado ser, ahora bajo su aspecto más perverso, peinaba una cabellera rala de color gris amarillento que caía desmadejado sobre su espalda. Se volvió hacia mí y me miró, y un estertor silencioso y unas convulsiones me indicaron que se estaba riendo. Me aterrorizaba darle la espalda, pero a la vez no aguantaba su visión, que me quitó hasta la capacidad de gritar. Retrocedí, y el ser siguió cepillando sus finos cabellos, grises y débiles como polvorientos hilos de telaraña, y mientras tanto no dejaba de mirarme y de estremecerse con aquella risa muda. El pequeño gato, sobre la cama, se lamía una zarpa. Una fina línea roja recorría su lomo.
Salí de la estancia y choqué con una pared. La vieja se levantó y caminó hacia mí. Mis brazos tantearon algo, madera, se movía, era el cuadro, y sentí una repugnancia indecible cuando mis dedos palparon la textura del lienzo sobre el que estaba pintada su figura. Otra vez la pared y, al fin, el pomo de otra puerta. Apreté hacia abajo, mis labios se movían en un temblor espasmódico, o tal vez rezaba para que no estuviese echado el cerrojo. El pomo venció, la puerta se abrió y mi impulso me arrojó a la calle como si la propia casa me escupiera.
Mis piernas, torpes todavía, me llevaron tambaleándome entre la madeja de intrincadas callejuelas hasta ganar la avenida principal y una vez allí me detuve y vomité entre dos coches aparcados; tal vez fuera por causa del pánico, o quizás la reacción natural de mi cuerpo contra el mejunje que había ingerido y que ahora trataba de expulsar. Seguí caminando y no me sentí enteramente a salvo hasta que vi de nuevo gente que paseaba, veraneantes que iban y venían, jóvenes que empezaban la noche y familias que entraban en las tascas para cenar.
5
Me dirigí hacia el acuario preocupado por mis padres, porque no tenía idea del tiempo que había estado ausente; los ojos me lloraban y tosía de vez en cuando, tenía el cabello empapado y todo mi cuerpo se estremecía cubierto por una fina película de sudor. No había recuperado todavía el resuello cuando me di cuenta de que una multitud se agolpaba frente al bar. En medio de esta aglomeración estaban los chicos de la pandilla y mis padres, y los padres de algunos de los otros chicos, y más gente que se iba acercando. Había un hombre sentado en el suelo junto a un coche con la puerta abierta y un faro encendido, el otro faro estaba roto y los cristales estaban esparcidos por el suelo. El hombre parecía en estado de shock, tenía los ojos exorbitados y enrojecidos, mascullaba para sí y se llevaba las manos a la cabeza. Algo iba mal, no sabía qué, y en medio de toda esta aglomeración identifiqué a mi madre, que venía corriendo hacia mí.
—¿Dónde te habías metido? —me preguntó con el gesto demudado de preocupación. No supe qué contestar, y ya iba a contarlo todo cuando escuchamos la sirena de la ambulancia.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté.
Ella me miró fijamente y la angustia que reconocí en sus ojos me asustó de verdad. Entonces vi a Alba, estaba llorando y una mezcla grumosa de mocos y lágrimas le caía por la cara. Edgar y Óscar estaban con sus padres, y lo mismo Cecilia y Nando y todos los demás. La multitud se apartó para dejar vía libre a los camilleros y yo me abrí paso a codazos hasta que pude asomar la cabeza.
No podía verle, el médico le estaba poniendo un collarín y lo ocultaba a mi vista con su grueso cuerpo, pero ya sabía quién era. Le faltaba una de las sandalias, y su pie ensangrentado me pareció más real que las caras de todas las personas que me rodeaban, más real que el aullido de la ambulancia, más que la noche.
La madre de Juan lloraba y su padre gritaba y maldecía y entre los padres de todos los metieron en un coche y los llevaron al hospital, siguiendo a la ambulancia. Los demás chicos recibimos órdenes tajantes de volver a nuestras casas, y esta vez ninguno nos atrevimos a desobedecer. Por suerte yo dormía en el mismo cuarto que mi hermano, al que se suponía que debía defender y proteger, pero tapado hasta las orejas por la sábana sentía que la respiración calmada y sosegada de aquel niño de cinco años era la que me protegía a mí aquella noche.
6
Lo primero que hice a la mañana siguiente fue contar a mis padres lo que me había sucedido. No sé si me creyeron, pero desde luego se asustaron. Mi madre fue con mi hermano al hospital para interesarse por Juan y ver si podía ayudar a sus padres en alguna cosa, y mi padre decidió acompañarme hasta la casa de la bruja, o lo que fuera, para ver qué había sucedido realmente.
Caminamos en silencio a través de aquel laberinto de callejones. Yo no me encontraba con ánimo y empezaba a arrepentirme de haber dicho nada, sólo quería estar en la playa y olvidar todo lo que había sucedido, igual que se olvida una pesadilla. Todo parecía tan diferente a la luz del día que por un momento me sentí desorientado y dubitativo, pero al final reconocí la casa por el escalón y la vieja puerta de madera.
Mi padre llamó decidido y al poco nos abrió la puerta una mujer joven que no aparentaba más de veinte años. Tenía una lustrosa melena negra, la piel morena y unos deslumbrantes ojos color violeta. En la mano sostenía una manzana, a la que dio un mordisco dejando ver una perfecta y luminosa dentadura de anuncio.
—Hola —dijo.
Mi padre, algo azorado, expuso la situación como pudo. La chica escuchó atentamente, pero cuando acabamos de contar nuestra historia parecía contrariada.
—Aquí estoy yo sola. Acabo de alquilar la casa por una temporada y he llegado ayer mismo —nos explicó, y concluyó con una broma—. Y tampoco aparento tan mayor, ¿verdad?
Mi padre asintió con una sonrisa un poco tonta.
—¿Queréis echar un ojo? —dijo, y se echó a un lado para dejarnos pasar.
Entrar allí era lo último que deseaba, pero entiendo que mi padre quisiera salir de dudas e hizo amago de pasar.
—Adelante, adelante —insistió la chica.
Aquella era otra mañana radiante que presagiaba una nueva jornada de calor, pero a pesar de la luz del día y de estar acompañado por mi padre no me sentía ni mucho menos seguro. No parecía la misma casa en absoluto, en la entrada no había rastro del viejo mueble con las tres gaviotas, y las paredes blancas refulgían con la claridad que entraba de la calle. A lo largo del pasillo, apoyados sobre el suelo, había varios cuadros y lienzos, unos cuantos, pintados y enmarcados, algunos con leves bosquejos, apenas arañazos de color, otros en blanco. Apoyado en una pared, tal vez la misma pared de la que debiera colgar el cuadro de la noche anterior, reposaba un caballete de madera. Y al final del pasillo había un patio.
—¿Es esta la casa? —me preguntó mi padre. Yo no supe que contestarle. Parecía la misma casa, sí, pero a la vez era completamente diferente.
—No sé —dije.
—¿Pinta usted? —se dirigió ahora a la chica.
—Una afición como otra cualquiera —reconoció ella—, y me han dicho que aquí encontraré los mejores paisajes.
Mi padre asintió, en verdad poco interesado y, sin duda, con ganas ya de irse.
—Bueno, creo que nos vamos —dijo—. Siento la molestia.
—En absoluto, ha sido una historia muy... —pareció buscar la palabra adecuada, y luego optó por una poco propia para alguien de su edad—... sugestiva, aunque un poco inquietante, a decir verdad.
Nos despedimos con una nueva disculpa y cuando la puerta se cerró a nuestra espalda, un escalofrío recorrió mi espinazo. Yo sólo quería olvidarme de todo aquello y volver a la playa, con mis amigos. Una vez en la calle, mi padre permaneció en silencio hasta que doblamos la primera callejuela.
—¿Estáis fumando porros? —me preguntó.
—¿Qué? ¡No!
—¿Seguro que no andáis fumando alguna mierda? —insistió—. Me han dicho que el Nando ese es de cuidado.
—Nando es guay —dije—. Y no, no fumamos porros.
—Pues entonces no entiendo nada. ¿Seguro que era esa casa?
—No sé —dije.
Sí, estaba seguro de que se trataba de la misma casa, pero al mismo tiempo dudaba de todo, y de hecho, por extraño que pueda parecer, el recuerdo de la noche anterior empezaba a diluirse de mi mente, y al poco tiempo se borraría por completo y durante largo tiempo, hasta que un día, muchos años más tarde, cuando yo mismo era padre y aquel pueblo no era ya más que una caricatura carcomida por la epidemia del cemento y el turismo, la memoria de aquellos días saldría a flote de nuevo en alguna noche de insomnio.
—Oye, tened cuidado con donde os metéis, ¿vale? ¡Y nada de ir tu solo por ahí, que este pueblo se está llenando de hippies y gente rara! Sal siempre con la pandilla, y por el puerto o por el paseo, a un tiro de piedra, nada de callejear a lo tonto, ¿entendido?
—Entendido.
—Más te vale, porque si no te vas a pasar el resto del verano pegado a tu hermano.
—Que sí.
Luego, ya más relajado, me pegó un codazo amistoso y me guiñó el ojo.
—Era mona, ¿eh?
Por suerte no tuve demasiadas ocasiones para quedarme a solas rumiando una historia de la que aún no podía separar sus partes reales de las creadas por mi imaginación y, efectivamente, el recuerdo de aquella aventura se fue diluyendo a la luz de las mañanas en la playa, de la quietud de las tardes somnolientas y del vivo ajetreo de las noches de verbena y orquesta.
Llegó el final de las vacaciones, los veraneantes de la segunda quincena de julio iban desapareciendo poco a poco y dejaban paso a los que ocuparían nuestro lugar en la primera de agosto. Los grupos de jóvenes que venían de Madrid, de Asturias, del resto de Galicia, eran sustituidos por otros, que llenarían las calles por la noche con sus juergas vocingleras, coreando la misma canción del verano, mientras que otros niños ocuparían con sus toallas y mochilas el espacio junto al socorrista, al que bautizarían con otros motes, siempre menos graciosos.
Algunos días después del accidente, Juan y su hermana, Verónica, aparecieron con sus padres para despedirse. Juan llevaba un collarín y se me hizo un nudo en la garganta cuando le vi aparecer en su silla de ruedas con las dos piernas escayoladas hasta más arriba de la rodilla. Su recuperación, nos dijo, sería lenta y dolorosa, pero al menos ya estaba lo suficientemente fuerte como para afrontar el viaje de vuelta. Juan dio besos a las chicas, que soltaron alguna lagrimilla, y nos tendió la mano a los chicos. Alba lloró, sí, pero no más que el resto, y los chicos creíamos que las chicas hacían cuento para darle mayor carga dramática al asunto. En el fondo sentíamos envidia por la atención acaparada por Juan, e incluso por las cicatrices que le habrían de quedar.
El último día de las vacaciones nos reunimos todas las familias en el acuario para despedirnos con unas hamburguesas después de la playa. Los padres habían juntado varias mesas y los chavales andábamos por ahí, pero aquella noche no estábamos de humor porque ninguno queríamos volver a nuestras ciudades, ni despedirnos los unos de los otros, quién sabía si por última vez. Alba estaba sentada junto a sus padres, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza entre las manos con expresión aburrida; Nando se olvidó del mundo delante de una tapa de ensaladilla; yo le pedí pasta a mi padre y me puse a jugar al pinball.
Entre bola y bola miraba a Alba, tenía las piernas cruzadas y movía un pie mecánicamente con la chancla colgándole de un dedo. Su aire distraído y su modo de cruzar las piernas la hacían más interesante. Fue entonces cuando levantó los ojos y se me quedó mirando. Me sentí enrojecer y quise apartar la mirada, pero no pude, y ella sonrió. Lancé la bola del pinball y empecé a jugar como nunca, yo le daba a los botones y la bola simplemente iba de un lado a otro derribando todas las dianas y sumando puntos. Cuando por fin se me escurrió aún quedaba otra, así que podía llegar a la bola extra del millón, y de ahí al récord estaba chupado.
Escuché una silla arañar el suelo de baldosa, y aunque mantenía la vista fija en el mapa sideral y apuntaba a las parpadeantes estrellas de 10.000 bonus, supe que ella venía hacia donde yo estaba. No dijo nada, sólo se quedó a mi lado, apoyó una mano en el cristal y siguió la partida. Su mano, en ese momento, era el centro del universo.
—¡Huy! —dijo, cuando vio que la bola se colaba por el pasillo que no era.
Tiré del disparador y otra bola salió a toda velocidad describiendo una suave parábola que finalizó en una serie de rebotes consecutivos. Cayó hasta la palanca derecha y la pasé a la izquierda, apreté fuerte el botón y la propulsé en un recorrido ascendente que dejó a su paso una estela intermitente de bonus y puntos que finalizaron en nueva bola extra.
Las voces de los padres se elevaban entre el humo del tabaco y la música pachanguera, y recuerdo que pensé que también a mí me hubiera gustado unirme al griterío y a las risas, pero no me salía de dentro. Era como si me faltara algo que, hasta aquel momento, no supiera que tenía.
—Se acabaron las vacaciones —dije.
—Se acabaron las vacaciones aquí, aún queda el resto del verano —dijo Alba.
—¿Nos veremos el año que viene? —le pregunté.
—No lo sé —dijo ella—, vosotros venís aquí porque tenéis familia, pero mis padres vienen porque les apetece, lo mismo el año que viene quieren cambiar.
La bola se coló justo por donde no llegaba con ninguna de las dos palancas.
—¿Vienes afuera a respirar un poco? —me propuso Alba para mi infinita sorpresa.
Aún me quedaba la última bola, si la manejaba bien el rato suficiente el récord del verano sería mío. Podía haber avisado a Nando para que la aprovechara, pero entonces el récord no tendría mucho mérito y además no quería que supieran que me iba con Alba a la playa para que nadie lo estropeara. Decidí dejar la bola extra y el récord del verano allí olvidados, y un niño corrió a ocupar mi puesto en la máquina.
Echamos a caminar por el paseo. Era una noche cálida, habíamos tenido el mejor verano en mucho tiempo y el bochorno nos trajo el olor denso y estival de un seto de jazmín que crecía junto a las escaleras que bajaban a la arena, mezclado con una bachata suave que salía del acuario.
—Me estaba ahogando ahí dentro —dijo ella—, con todo ese humo.
—Ya —dije yo, porque no sabía que otra cosa decir.
—¿Siempre llevas las gafas? —me preguntó.
—Claro.
—Estás cegato, eh —Alba me dio un codazo en el brazo.
—Un poco, sí —me reí.
—Ya.
—¿Entonces no vas a venir el año que viene? —le pregunté.
—No lo sé —dijo—, puede que no.
Caminábamos sobre la arena. Alba se quitó las sandalias y yo las zapatillas y las llevamos en la mano. No dijimos nada hasta llegar al mar y mi corazón era un joven animal salvaje y desbocado. En la orilla, una ola nos cubrió los pies y nos salpicó las bermudas.
—Tengo la sensación de que no vamos a vernos nunca más —le dije.
—¿Por qué no? —preguntó ella, algo asombrada—, ¿por qué dices eso?
—No lo sé, no tengo ningún motivo, sólo es algo que siento. ¿Te acuerdas de que el año pasado dije que nos volveríamos a ver todos?
—Pues no.
—Bueno, pues lo dije, pregúntale a cualquiera, y acerté.
—¿Y qué?
—Que ahora sé que no nos volveremos a ver nunca más.
—¿Y me echarás de menos? —me preguntó, y no escondió su sonrisa al decirlo.
—Más que a nadie en el mundo —le confesé—. ¿Y tú, echarás de menos a Juan?
—A Juan y a todos.
El recuerdo de la vieja ya había quedado borrado como las suaves olas borrarían la flecha que acababa de dibujar con mi pie sobre la arena. Acuciado por aquella sensación de pérdida que sentía en el estómago, y seguro como estaba de que nunca más habría de volver a verla, hablé.
—Ojalá volviéramos a vernos —le dije, y creí que con eso lo decía todo. Ella me miró a los ojos en silencio y vi cómo los suyos se humedecían. Mi barbilla empezó a temblar y quise seguir hablando, quise decirle que me acostaba pensando en ella todas las noches, que los ratos en que podía mirarla eran los más preciosos para mí, quise decirle que me gustaban sus gastados pantalones cortos más que todos los vestidos que veíamos a las demás chicas mayores, y quise decirle, sobre todo, que estaba enamorado de ella, pero no pude.
Tuvo que ser ella la que tomara la iniciativa.
—Déjame ver una cosa —dijo, y me quitó las gafas con cuidado. El mar llegaba hasta nuestros pies con un rumor sordo y perezoso.
Me daba vergüenza estar sin las gafas, porque siempre las llevaba puestas y me veía raro, y Alba se convirtió entonces en una mancha, un conjunto de luces difusas. Me llevé los dedos índice y pulgar a la nariz, donde reposaba por lo general el peso de los cristales, y pude notar el hueco de su ausencia en el puente de mi nariz.
—Tienes los ojos muy grandes —me dijo, e intuí que aquello era algo bueno—. Tienes ojos soñadores.
Yo quería verla con nitidez, quería verla con desesperación. Ella era un montón de luz difusa y yo no la podía atrapar.
—¿Qué pasa? —dijo.
—Es que de lejos veo mal.
—Pero no estoy lejos —dijo ella.
—Por la noche los miopes...
—¿Así me ves mejor? —al acercarse, el conjunto de luces que formaban su cara se hizo un poco más compacto.
—Sí.
—¿Y por qué tienes los ojos medio cerrados?
Entonces fui yo el que se acercó un poco más.
—Ahora te veo bien —dije.
La luz se condensó en uno de sus ojos, desplacé la vista y la luz se reagrupó para dibujar su preciosa nariz, y alrededor de su nariz sus pecas, y debajo sus labios.
Entonces se acercó hasta que pude sentir su tibio aliento, y ya no vi nada más, porque toda su luz me estalló en la boca.
Y aun así me quedo corto para decir lo que fue besar a Alba.
7
El día de la partida el cielo estaba encapotado y eso contribuía a agudizar la depresiva sensación de vacío que sentía en el estómago. Le tocaba a mi hermano, sentado a mi lado en el asiento de atrás del coche, echar una partida en la Gameboy.
Cuando te haces mayor sabes que en los momentos tristes lo mejor es tener algo que hacer, pero entonces ni se me pasaba por la cabeza ocupar mi imaginación en nada que no fuera recordar el beso que Alba me había dado la tarde anterior. Creo que con los años mi actitud no ha cambiado demasiado, y sigo prefiriendo regodearme en el pasado. Los recuerdos me hechizan y me seducen, y durante todo aquel viaje de vuelta estuve rehaciendo en mi memoria cada paso que dimos juntos sobre la arena de La Rapadoira, y cada palabra que dijimos hasta que por fin nos besamos, y me torturé todo el viaje mirando el reloj y haciendo reflexiones del tipo “hace veinticuatro horas todavía quedaban ocho para que me besara”. No es que quisiera pasarlo mal y, de hecho, en aquel momento se me ocurrió que estaría bien que tuviéramos en la cabeza un interruptor que pusiera on y off, y poder desconectar de ciertos pensamientos.
Fue un horrible viaje de vuelta, me sentía encerrado en el coche, no podía contarle a nadie cómo me sentía y tampoco podía llorar, sólo podía esperar a que llegáramos a casa y meterme en la cama para contar los días que quedaban hasta el próximo verano, aunque sabía que nunca, nunca jamás, volvería a ver a Alba.
Entonces unas palabras emergieron de algún rincón de mi memoria: “Me pagarás con dolor”.
Y mi deuda quedó saldada.


