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Esos nombres raros, de Américo Ramírez
(primeras páginas)

viernes 20 de febrero de 2026
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“Esos nombres raros”, de Américo Ramírez

Ellos son mis amigos

No puedo tener en la empresa a un loco. Me importa poco que su desequilibrio sea de nacimiento o la consecuencia de una experiencia traumática, cualquiera sea el origen de sus disparates me da igual. Tiene que irse, punto. No estamos para dar asilo mental a nadie. Esto es una sociedad mercantil con fines de lucro, no un manicomio.

Desde que me enteré del pasado de mi socio, el verdadero, un enjambre de incómodos cuestionamientos no ha dejado de perseguirme ni por un instante. ¿En qué momento llegué a esta situación? ¿Cómo no lo vi venir? ¿Cómo pude firmar nuestra sociedad sin chequear sus antecedentes? ¿Cómo pude ignorar el ABC de la seguridad? Se trataba de normas tan básicas que incluso el ser más iluso, el individuo más cándido y despreocupado del planeta, se aseguraría de cumplir.

Cuando fundé esta empresa seleccioné uno a uno a los trabajadores, revisé con lupa hasta el más minúsculo de sus datos. No los entrevisté, los escudriñé al preguntarles todo lo que me pasó por la cabeza. Rebané con la filosa navaja de la desconfianza sus recomendaciones personales y referencias de empleos anteriores. Acudí a sus hogares para realizar entrevistas domiciliarias e, incluso, pregunté con morbo el origen de sus nombres raros. Pero con la persona que convertí en mi asociado no seguí ninguno de los protocolos.

“Esos nombres raros”, de Américo Ramírez
Esos nombres raros, de Américo Ramírez (Daimon, 2025). Disponible en Amazon

Esos nombres raros
Américo Ramírez
Novela
Ediciones Daimon
Córdoba (Argentina), 2025
ISBN: 979-8284068649
528 páginas

Ese desliz me hace sentir torpe, incompetente, un chapucero a quien no deberían llamar empresario sino buhonero de la seguridad.

En mi defensa (si es que merezco alguna) informo que ese insensato al que estoy atado en estos momentos había trabajado antes conmigo, y si mi anterior jefe lo tenía en su nómina significaba que su currículo estaba en orden, libre de arrastrar algún lastre. Debió ser nuestro antiguo empleador quien lo investigara, no yo. Él debía verificar la autenticidad sobre los datos que este tahúr escribió en su hoja de vida. Pero eso pareciera una excusa que me haría quedar mal. Debo asumir esta responsabilidad por completo.

Nuestra misión está por encima de ser un simple servicio de monitoreo de seguridad, es más parecido al de un sacerdocio que exige a todos un verdadero voto de rectitud y decencia. De otra manera, sería imposible conseguir buenos resultados.

En nuestra sala de control, equipada con todo mi esfuerzo con los más avanzados receptores de señales, softwares de última generación, y además operados por un personal de lujo, vigilamos a tiempo real los movimientos de los asegurados. Estamos al tanto de la hora a la que entran y de la hora a la que salen de sus casas. Conocemos en directo qué ruta toman sus automóviles para llegar a sus destinos, cuánto tiempo dura el trayecto, cuándo se detienen y cuándo vuelven a arrancar. Somos unos fisgones autorizados, unos metiches con licencia para espiarlos.

Si esa información confidencial no se resguardara con integridad, nuestros abonados estarían expuestos como mansos corderos a las garras de una bestia hambrienta y desenfrenada a la que llamamos hampa: un depredador que se torna cada día más violento y sanguinario, y que, con pretensión de amo, se pasea con libertad sobre este territorio que, por costumbre, aún seguimos llamando país.

Por eso, nuestros clientes nos consideran tan importantes en su cotidianidad como el cura de su parroquia que les alimenta la fe o el médico milagroso que los ausculta desde hace años. Me atrevo a ir más allá, sin temor a equivocarme, que somos más imprescindibles que los anteriores, ya que la primera preocupación del venezolano no es la salud ni la economía, aunque ambas estén en situaciones paupérrimas. La inseguridad es el principal problema de todos. Dicho esto, ¿cómo voy a abordar un tema tan crítico con un loco de atar del que no sé casi nada? ¿Cómo podría darles la cara si alguno sufriera un revés debido a la demencia de mi socio? Quedarme cruzado de brazos no es una opción.

Con todos mis clientes no sólo tengo un contrato comercial. Nuestra relación va mucho más allá. Son mis amigos, aunque no todos lo sepan. Sería imposible proteger sus bienes si no sintiera ese lazo con ellos; ahí, en ese vínculo, está el valor añadido que diferencia a nuestra empresa... a mi empresa del resto.

Por eso, finalizando este sábado tan pesado, plagado de decepciones y amargas sorpresas, he decidido, antes de que termine la próxima semana, impedirle la entrada a la oficina. Jamás podrá volver a poner un pie en esta empresa. Me tiene sin cuidado que tenga que violarle uno o varios derechos que le otorga la ley de trabajo con tal de lograr mi objetivo. No importa que aún sea mi socio.

De inmediato empezaré a fraguar su salida, necesitaré unos cuantos días con el objetivo de ajustar estrategias y ganar un poco de tiempo.

Mañana domingo le pediré que tome el vuelo de las 2:00 p. m. a la Isla de Margarita con la excusa de una visita a nuestros clientes de la zona. Haré hincapié en que la misión del viaje es fundamental para concretar el acuerdo con las siete nuevas tiendas que el Grupo Moisés abrirá en la ciudad de Barquisimeto, un chequeo de sus establecimientos en Margarita es prioritario para darle seriedad al convenio. Le hablaré sobre la importancia de que prevenga cualquier queja que afecte la negociación, y le solicitaré que sólo compre el pasaje de ida, ya que no deseo que la fecha de un boleto de vuelta le estrese trabajando a contrarreloj.

Si acaso me preguntara por qué lo envío con tanta antelación, le responderé que todo no es trabajo. Que disfrute de la estupenda caída del sol sobre la bahía de Pampatar, apreciando un buen whisky en el mirador del Fondeadero, mi restaurante favorito, como lo hago yo cuando me ha tocado esa misión casi diplomática. Y que el lunes se enfoque en hacer una planificación efectiva de los próximos días.

Estoy convencido de que no tendrá ninguna objeción, Maxwell se pone muy contento, como un niño, cada vez que sube a un avión, y lo estará aún más con el destino que he optado para alejarlo de la oficina, más que trabajo es un entretenimiento.

Sólo tendrá, a partir del próximo martes, que estrechar manos y conversar con los gerentes de las cincuenta y dos tiendas a las que ofrecemos nuestro servicio en la paradisiaca isla. Gozará de unos jugosos viáticos para pavonearse, comer en restaurantes e invitar par de tragos en las mejores barras de la isla, sólo para preguntarles a nuestros clientes cómo está todo y cómo podemos mejorar nuestro servicio.

Estoy seguro de que Maxwell jamás será consciente de que, mientras él está en la Isla de Margarita jugando al ejecutivo, yo estaré preparando su inevitable ejecución.

Américo Ramírez
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