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Pecho de araguaney

martes 17 de marzo de 2026
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Mi mamá pintaba aves que sólo ella veía, pero que todos oíamos. Cantaba, arrullada por los silbidos de los cristofué, mientras hacía estallar los lienzos en vuelos que ella sabía que jamás podría imitar.

Yo jugaba con mi hermana a peleas de gallitos en el zaguán: enganchábamos con reverencia los estambres de las flores del bucare de mi madre y tirábamos, una y otra vez, hasta que una flor quedara mutilada. La que gane no lava los platos. Dos de tres. Tres de cinco.

Nunca escaseaban las flores del bucare. A mi mamá tampoco se le agotaban los lienzos.

Las brisas de abril nos acariciaban con ese olor a dulce fermentado de los mangos, la peste se nos quedaba pegada al paladar durante días y lo único que la podía engañar era la trementina de los óleos de mamá. Pululábamos en su estudio, nos impregnábamos de ella. Su olor y sus ropas manchadas, su voz de paraulata cada vez que entonaba melodías al ritmo de sus pinceles.

Cuando mamá murió, los gallitos dejaron de brotar del bucare. Sus cuadros sólo los podíamos ver; ya no los oíamos. La alfombra vibrante que había dejado el araguaney de la cuadra ya estaba marchita; crujía bajo nuestras pisadas mientras caminábamos al cementerio.

El día en que enterramos a mamá fue la primera vez que vi a un cristofué fuera de sus cuadros. Silbaba y sacaba su pecho de araguaney, posado en la ceiba sobre la tumba abierta. Había dos gallitos frente a la fosa en la que bajarían a mi madre. Mi hermana y yo nos apresuramos a pelar las flores y enganchar los estambres con la torpeza de nuestras manos agrandadas.

La que pierda organiza los lienzos de mamá.

María Teresa Muñoz
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