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El cuarto jinete

domingo 22 de marzo de 2026
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Desde la llanura se observaba todo. Las columnas de humo, la tierra yerma, los cuerpos inmóviles. Se complementaba con los gritos y la agonía de las víctimas.

El jinete permanecía esperando, acariciando los fríos huesos de su caballo. Sus dedos de vez en cuando se hundían en su carne y el animal bufaba. Cada vez que lo hacía, expulsaba un vaho negro, rociándolo todo con un aroma a muerte.

A su lado, estaba otro jinete, su hermano para ser exactos. Se mantenía con los brazos extendidos, hablando en la antigua lengua. Nubes verdes lo rodeaban y chispas flotaban de sus manos. Con un rayo sobrenatural terminó el ritual. El virus se esparcía con lentitud.

El jinete decidió apartar la mirada. Buscaba algo más hermoso que ver, pero todo era sombrío. Así era siempre cuando visitaba la Tierra. Sólo que esta vez iba a ser la última.

Estuvo tranquilo unos minutos. Solo con sus pensamientos. Imaginando el mundo verde y pacífico. Le gustaba olvidar lo que estaba por hacer.

—Es tu turno —dijo su hermano.

El jinete sujetó con más fuerza su hoz. Era un arma bellísima con una hoja muy afilada. Apretó los costados de su caballo y poco a poco comenzaron a avanzar por el campo quemado.

Tardaron un poco en encontrarse con las víctimas. Segarlas no era un trabajo complicado, aunque él lo encontraba triste. Ver esos cuerpos destrozados atravesados por balas y escombros, envueltos en sus propios charcos de sangre. Pobres almas.

En ese sentido admiraba a su otro hermano. Feroz, sin remordimientos o compasión. Era capaz de avivar el mínimo conflicto. En cambio, él... bueno él deseaba dar más vida que quitarla.

—Hermano —saludó de pronto otro jinete. Él era más delgado y cruzaba la ciudad movido por el viento—. ¿Por qué tardas tanto? Ya me está dando hambre.

En su defensa, él siempre tenía hambre. Intentó no hacerle caso, pero su hermano le sujetó del brazo.

—¿Qué esperas tanto?

“Que el mundo no se muera”, pensó, pero no lo dijo en voz alta. En su lugar, agarró las riendas de su corcel y cruzó como una flecha la ciudad.

En su camino recogió tantas almas como pudo. Salían directamente del corazón de los fallecidos. Muchos estaban confundidos y asustados. Viendo cómo sus familiares lloraban o su cuerpo permanecía inerte. Él cortaba los últimos vínculos y su caballo los absorbía.

Continuó así hasta que llegó a un estrecho callejón. Casi lo pasó de largo, pero se percató de una mujer. Estaba famélica y herida. Un agujero rojo marcaba su pecho. Apenas se mantenía en pie y tosía y tosía. Él se detuvo y esperó. Mientras lo hacía se preguntaba, ¿por qué tenía que acabar así?

Los humanos no eran perfectos, nunca lo habían sido, nunca lo serían. Eran criaturas demasiado inteligentes para su bien. Amorosos, ambiciosos, destructivos...

La mujer tosió sangre y se resbaló poco a poco por la pared. Su cuerpo llegó al suelo, se dobló por la mitad y, finalmente, se quedó inmóvil. Sus ojos abiertos, su boca con un hilillo de sangre y su pecho sin respiración. Como una exhalación salió su alma, blanca y brillante. Revoloteó a su alrededor y lo miró.

—¿Quién eres? —murmuró, sin entender nada.

El jinete no le contestó. Podía sentir el miedo que emanaba y le producía un enorme pesar. No quería llevarla. Quería devolverla a su cuerpo y asegurarle que todo estaría bien. Sin embargo, eso iba en contra de las leyes de su naturaleza.

Espoleó a su corcel y movió su hoz de un lado a otro. Lo hizo sin ver y pronto escuchó un gritito agudo. No tenía que ser un genio para saber lo que pasó.

Volvió a espolear a su caballo. Los impedimentos físicos no representaban nada. Atravesaba edificios, camiones y tanques de guerra. Imágenes que pasaban volando y lo hacían sentir más perdido. Él sólo quería dejar todo atrás y, de pronto, se chocó.

El impacto fue tan fuerte que casi se cayó del caballo. La hoz se resbaló de su mano y terminó en el suelo. Buscó al responsable pensando que se encontraría con uno de sus hermanos. Probablemente Guerra. Sin embargo, en lugar del hombre musculoso y agresivo se encontró con un muchacho empolvado.

Tendría unos doce años con quemaduras en los brazos y piernas. Vestía harapos que dejaban al descubierto su torso. Las costillas eran tan visibles que eran fáciles de contar. El jinete se quedó estático. ¿Cómo era posible?

Lo peor era que el chico alzó su mano y le señaló con un dedo tembloroso. Sus labios resecos se pusieron en un lento movimiento.

—¿Eres la muerte? —preguntó con voz entrecortada.

El jinete sacudió la cabeza e intentó ignorarlo. Ningún mortal debería ser capaz de verlo. Se agachó ligeramente para recoger su hoz cuando el niño estalló en júbilo.

—Sí, sí eres tú —gritaba.

Él se irguió y se volteó a verlo. Este era un caso muy peculiar. Si hubiera tenido cejas las habría fruncido. El joven se acercó lentamente, con pasos cortos y pesados. Llegó casi a tocar su caballo cuando cayó de rodillas y juntó las palmas. Balbuceaba con rapidez y desesperación.

—Muerte, por favor —rogó.

—No soy la muerte. Sólo soy un viajero —respondió el jinete, retomando las riendas.

—¡Mentiras! Conozco tu olor y sé quién eres. Veo a tu caballo llevándose las almas y reconozco tu rostro tras la capucha.

El jinete estaba asombrado. Nadie lo había reconocido nunca. Ese niño debía ser especial. Por un momento, estuvo tentado a bajarse del caballo y... bueno, no lo sabía. Levantó el rostro al cielo. Más oscuro y sangriento que antes. No podía jugar al detective, tenía un mandato divino que cumplir. Ajustó las riendas y ordenó a su caballo que rodeara al chico.

—¡No! ¡No te vayas! No me dejes aquí —aulló el niño, intentando de nuevo interponerse. Su propia debilidad le falló y quedó tendido en el suelo.

—No puedo ayudarte. Aunque quisiera no puedo —respondió la Muerte.

—Sí. Sí puedes. Tú eres el único que puede.

El niño se arrastró por el suelo valiéndose de la vegetación y llegó de nuevo ante el caballo. Estiró sus manos, intentando agarrar de la túnica a la Muerte.

—¡Llévame! Corta mi vida con tu hoz y líbrame del dolor.

Eso lo dejó paralizado. Durante su larga existencia, nadie le había pedido eso. Todos le temían, muchos le rogaban. “Dame un día más, por favor”.

—¿Qué? ¿Por qué?

El niño levantó un poco su cabeza y se pasó una mano por su frente. Limpiando el sudor y la sangre.

—Porque no quiero sufrir —confesó—. Sé que el mundo se está acabando. Déjame irme ahora para no sufrir más.

Si hubiera tenido lágrimas, la Muerte habría llorado. Tanto dolor y nada que hacer.

—Tarde o temprano vendré por ti —respondió. Intentaba con ello darle un poco de esperanza.

—¿Por qué no ahora?

—Porque respiras.

El chico se puso a llorar. Sus lamentos eran de alguna forma más desagradables que la misma guerra. Muerte bajó su hoz tentado a intentar arrebatarle la vida. Sin embargo, la punta de su arma no le tocó. Era imposible hacerle daño.

—Es... que... no... puedo —dijo el pequeño tras tragar saliva varias veces—. Ya lo he perdido todo.

La vida siempre había sido una ironía para la Muerte. Daba a otros lo que uno más quería. Ese chico quería morir y la Muerte quería estar viva. Una risa dolorosa casi burlesca se escapó de su garganta. El chico se calló.

—Creo que todos hemos perdido —respondió—. Tú morirás sufriendo y yo viviré de la misma manera. No hay otro camino.

Un cuerno sonó a lo lejos. Peste volvía a llamarlo. Había otra ciudad que exterminar, otras víctimas que recoger. La Muerte se bajó de su caballo y ayudó a ponerse de pie al muchacho. Le limpió el rostro como pudo y le dijo:

—Vive por mí, aunque sólo sea unos segundos, y yo moriré por ti.

Después subió a su caballo y desapareció en la llanura.

Carmen Mariana Domínguez Bonilla
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