El problema es confundir ser dueño con ser locatario. Nosotros lo supimos desde el principio. El inquilino sabe que el espacio no es suyo. Lo disfruta, incluso llega a sentirlo propio, pero jamás olvida que es un préstamo. No se equivoca. Las reglas son pocas, pero inexorables. El lugar se goza, se cuida, se devuelve como se recibió. Si se quiere conservar el contrato, sagrado en este caso, hay que respetarlas al pie de la letra. Sobre todo si la dueña es como la nuestra: implacable. Ella no admite excusas, no hay margen para errores. Define con rigor. Uno sabe qué se puede y qué no, y mientras se respete el acuerdo, todo marcha derecho. Yo, por ejemplo, nunca tuve problema con eso y las cosas funcionaban a la perfección.
Pero ellos sí. Creyeron tener derecho a más. Que lo merecían. Que por ser los hijos dilectos, las reglas no aplicaban. ¿Qué importaba una norma más, si total eran de la familia? Se confundieron cuando se convencieron de que su condición de prole favorita los ponía por encima de simples inquilinos. Es fácil: antes de ser madre, era dueña. Su pecado más corriente: la soberbia. Eso fue lo que los embromó. Creyeron que la tatadiós, en su divina indulgencia, iba a perdonarles cualquier cosa. Pero no. Mamá no olvida.
Al mundito este lo creó de cero, laburó a pleno seis días, y nadie le reconoció las horas extra. Mirá si lo iba a regalar así nomás. Ellos, claro, como no pusieron el lomo, jamás entendieron el precio de lo que les tocó. Pero ¿qué se podía esperar de esos dos que, desde el primer instante —literalmente—, ni siquiera supieron discernir el verdadero género de su madre? Mirá si iban a entender todo lo que se les venía encima.
Y mirá que se lo dijimos. Bien clarito lo explicamos. Rogelio fue directo:
—No rompan con el tema del árbol ese, ya avisamos que no se puede.
Pero claro, como Rogelio tiene esa bocaza y ese pico multicolor, los dos imbéciles se le reían en la cara. Ni siquiera Rogelio le decían al pobre Rogelio. Tucán lo llamaban. ¡Tucán! Con la cara de Rogelio que tiene.
Así eran con todo: como me veían grandote y peludo, pensaban que estaba bueno tenerme de acá para allá. Y uno que quiere ser servicial, siempre cumplía. Iba lento pero constante, haciendo mi tarea, mientras estos dos se aprovechaban —perdónenme, pero se aprovechaban. Por eso la bronca. Si ellos querían hacer cualquier cosa, que se hagan cargo; nosotros no teníamos nada que ver. Cuando la tatadiós se calentó y nos pegó flor de patada del terrenito, los que se tendrían que haber ido son ellos, no todos nosotros. ¿Qué teníamos que ver, me podés decir? A los que les dijo “trabajarás con el sudor de tu frente” fue a ellos dos. Yo estaba pancho por mi casa, y ahora resulta que al que meten a laburar en el campo es a mí, y estos y sus hijos no sólo me tienen carpiendo, sino que, además, se hacen los sufridos trabajadores. ¡Andá vos a arrastrar el rastrillo durante todo el día y después contame!
Encima se quejan de que no les hablamos más. Y sí, ninguna gana de conversarles de nuevo vamos a tener. El único que les da algo de gusto es el loro, que se divierte repitiendo las pavadas que dicen y ellos ni se dan cuenta de que los están engrupiendo. Ahí sí que no la pifiaron con el nombre. Pero con la cara de loro que tiene el loro, ¡mirá si lo ibas a llamar de otra forma!
Igual, lo que me indigna de verdad es lo que le hicieron a Sandra. A ella la destrozaron, viejo. Los tipos van, comen esa frutita de porquería —la única regla que nos impusieron—, arman flor de despelote, nos desalojan, nos acusan de usurpar la tierra, se arma la gran siete y terminamos todos pagando el pato —pobre Raúl que lo meto en esto, pero le digo “pato” para que se entienda. ¿Y encima se dan el gusto de culparla a Sandra? A la pobre Sandrita, que iba tranquila reptando por su casa y se le ocurrió comentar que debía ser rico el fruto ese. Pero, como cualquiera diría: “qué linda debe ser la sensación de volar”, y no por eso uno va y se tira por un precipicio. Ella nomás dijo que debía ser rico y siguió de largo; la otra la escucha, va y come lo que no tiene que comer. Y así estamos. ¡Cuánta injusticia! Si supieran la culpa que arrastró la pobre por años —y eso que en arrastrarse es una experta. Así que acá estoy, recaliente. No los miro fijo porque, si los agarro, me vuelvo loco. Ahora andan repitiendo: “quiero saber con qué bueyes aro”. Que no me pregunten, no les pienso contestar.
- Actas del destierro - sábado 28 de marzo de 2026


