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Rabia

jueves 2 de julio de 2026
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La parada de autobús estaba abarrotada y Aracelis temía que se le iba a hacer de noche antes de llegar a su casa. Si no se hubiese quedado hablando con el profesor de Termodinámica sobre la entropía de la vida, tal vez habría podido coger el bus gratuito de la universidad. Por culpa de su fascinación por lo inevitable, ahora tenía que valerse de sus habilidades acrobáticas y su flexibilidad desarrollada en quince años de gimnasia rítmica para saltar dentro del vehículo que desafiaba todas las leyes de la física, apretujándose entre el escaso espacio vacío, sobacos hediondos y barrigas sudadas. El autobús estaba atiborrado, no cabía un alma, pero Aracelis se las ingenió para apretujarse entre una señora entrada en carnes que sudaba copiosamente y un jovenzuelo que olía a testosterona y pachuli. Sintió una mano que le tocaba las tetas con descarada impunidad, pero en ese caos las manos se multiplican, adquieren independencia y se introducen en bolsos, bolsillos y entrepiernas, así que con un movimiento brusco se desprendió de aquel tentáculo lascivo y se resignó a formar parte de la masa humana que viajaba en aquel vehículo destartalado.

 

El autobús continúa su recorrido, se oye a Juan Luis Guerra quejándose de sus niveles de bilirrubina al ritmo de merengue, mientras Aracelis piensa en la noche que cae y en el recorrido más seguro para llegar a su casa. Quince minutos andando, desde la parada de la panadería Don Pan hasta su edificio. Sólo había dos opciones; una calle con poca luz y muchos recovecos, pero muy transitada. La descartó enseguida por la hora. A su padre intentaron asaltarlo una vez en esa misma calle mientras venía de su clase de karate, por suerte las patadas recién aprendidas le sirvieron para espantar a los malandros, pero llegó enfadado y buscando un machete para cortarlos en pedazos, esos malditos malandros, mascullaba mientras hurgaba en su estante de herramientas.

La otra opción era un poco más larga pero menos peligrosa, mucho más iluminada con faroles a ambos lados de la calle. Había que pasar frente a la entrada de una urbanización privada donde había un vigilante en un garito, que aunque se pasaba el día escuchando música o durmiendo, al menos daba una ligera sensación de seguridad, y eso ya era un lujo en un pueblo donde los delincuentes gobernaban sin piedad.

 

Se bajó del agujero negro con ruedas de un salto, dejando tras de sí al del 4.40 que ahora se iba a recorrer el Niágara en bicicleta dentro de un microcosmos. Cruzó la calle de la panadería, que a esas horas ya estaba cerrada; miró alrededor, ni un alma. Se encogió de hombros y decidió tomar el camino de la urbanización. La calle estaba completamente vacía y sólo se oían los grillos entre unos matorrales, así que evitó ir de ese lado de la acera.

 

Su fobia por los grillos le venía de pequeña, cuando caminando por un terreno sin casas en búsqueda de flores se le metió uno de esos saltamontes marrones, con patas afiladas y llenas de púas, entre la suela de la sandalia y la planta del pie. En su desesperación intentó desatar la hebilla, pero eran nuevas y el pasador de cuero estaba tan duro que no podía soltarlo. El bicho aleteaba sus alas de gárgola y sus pinchos se le clavaban más y más, haciéndola sangrar. Finalmente consiguió arrancarse la sandalia rompiendo la hebilla y el bicho escapó con un zumbido cascabelero. Temblando de pavor llegó a casa con una sola sandalia y, al verla, su madre la acribilló a preguntas. Entre sollozos, Aracelis le contó lo sucedido y su madre, aliviada al saber que no la habían robado ni violado, le riñó por ser tan tonta que hasta un saltamontes le robaba la sandalia.

Peligros mayores amenazan su camino a casa, las posibilidades son tan aleatorias como absurdas, pero siempre reales. Tarareaba la canción del bus, que se le había metido en la cabeza como un virus, es un amor que contamina, susurraba como si las palabras tuviesen el milagroso poder de espantar el miedo. Los faroles hacían un ruido metálico que le molestaba, pero prefería eso al silencio de la noche. Al final de la calle uno de los faroles parpadeaba y, a medida que se acercaba a él, los detalles de la esquina se hacían más evidentes. Entre destello y destello divisó un oscuro bulto en medio de la calle, alguna bolsa de basura arrastrada por algún perro callejero, pensó. Estaba ya casi llegando a la esquina cuando, sin querer, pisó una lata vacía que no había visto por estar tratando de adivinar la forma de aquel misterioso bulto. El ruido crispante de la lata despertó un movimiento brusco en el bulto, encendiendo, como dos cerillas, un par de ojos rojos que se fijaron en los suyos, grandes y negros. Su corazón latió tan fuerte que pudo escuchar el repentino torrente sanguíneo cruzando detrás de sus orejas. Un gruñido ronco como salido de ultratumba emergió de la penumbra. Un nuevo destello del farol dibujó los colmillos babeantes de una fiera de cuatro patas que se disponía a atacarla. Le faltaba una oreja que parecía haber sido arrancada de un mordisco, su lomo estaba erizado y del hocico le goteaba una espuma babosa que salpicaba a su alrededor mientras ladraba.

Helada de terror, Aracelis se detuvo en seco y un sudor helado comenzó a bañarle el rostro, el pecho, la espalda. Corrió en dirección contraria con la esperanza de llegar a la garita del vigilante que acababa de pasar, mientras el perro la perseguía como un misil termoguiado. Desesperada, intentó abrir la puerta de la garita vacía, pero estaba cerrada con llave y por la ventanilla no se veía nada más que una silla vacía. El perro la alcanzó y sus fauces metálicas se le clavaron en la pantorrilla. Aracelis gritó inútilmente, intentó patear con la pierna libre a la bestia pero sólo consiguió que sus colmillos se le clavaran más profundamente tocándole el hueso. Quiso arrancarse la pierna de tanto dolor. Miró alrededor en búsqueda de algo que le sirviera para liberarse, pero nada, ni un mísero palo seco, una piedra, nada. De pronto divisó una luz redonda que se acercaba desde el fondo de la calle. Era un motorizado que, al escuchar los gritos, decidió acercarse. Al ver la escena, se metió instintivamente la mano entre su vientre y el pantalón, sacó una pistola, la apuntó a la bestia y le disparó sin detenerse, con la habilidad de un jinete de camellos del Sahara. Aracelis no tenía espacio en sus venas para más miedo, se había convertido en una estatua de piedra, sus pupilas dilatadísimas distorsionaban su visión. El motorizado-jinete se detuvo sin bajarse de la moto, la miró en búsqueda de algún trofeo valioso que llevarse a cambio de su acto heroico, pero al verla sin joyas ni objetos de valor, encendió de nuevo su moto y siguió su camino, alzando su rocinante metálico en una motopirueta que lo introdujo de nuevo en las entrañas de la noche.

Aracelis estaba ebria de adrenalina, el disparo había dado justamente en el corazón del animal, el cual, en un acto reflejo, había abierto la mandíbula liberando su pierna. La bestia yacía tendida en un charco de sangre, inmóvil con el hocico aún abierto y bañado en espuma. Se apretó la pierna a la altura de la rodilla intentando detener la llamarada de dolor que le subía por las venas. Su pantorrilla estaba llena de agujeros abiertos por los que se podía ver la tibia descubierta, mientras cataratas de sangre bañaban sus calcetines de florecitas bordadas. Caminó a rastras hasta su casa dejando un río escarlata a su paso y al abrir la puerta del edificio cayó desmayada en la entrada. La vecina de la planta baja, una mujer chismosa por vocación, vivía pegada a la mirilla de la puerta. Al ver a Aracelis en el suelo, salió para comprobar si estaba herida o borracha, lo cual habría sido mucho más interesante que lo primero, al menos para ella. Se fijó en el río de sangre que manaba de la pierna de Aracelis y exclamando al cielo comenzó a pegar gritos que llegaron enseguida a oídos de su madre, que vivía un piso más arriba. La llevaron en un taxi al ambulatorio y allí le dieron unas puntadas mediocres, le envolvieron la herida con una venda elástica amarillenta que tenía unas líneas rojas en los extremos, un lujo a esas horas y en ese hospitalito al que tenías que llevar tus propias jeringuillas para el examen de sangre del certificado de salud. No hay más vacunas, mamita, esta te la ponemos y las demás las tienes que comprar tú. El Niágara en bicicleta, pensó Aracelis, cojeando hacia su casa.

 

Los días pasaron y Aracelis continuó con su vida. La herida le causaba mucho dolor pero los analgésicos, que vendían por unidad, estaban escasos y carísimos. Además, no había manera de saber si estaban caducados o si de verdad eran analgésicos. Uno cada dos días, para eso le alcanzaba lo que su madre le daba; entre el pasaje del autobús y las fotocopias de la universidad no le quedaba para más. El dolor pierde importancia cuando no se tiene dinero, el sufrimiento se hace tan cotidiano que también tiene que hacer cola.

Cada día era un reto para ella, bajar las escaleras de su edificio, ir a la universidad en bus, hacer la cola en el comedor. Esto último dejó de hacerlo un par de días después del incidente, ya que el olor de la comida le daba retortijones de barriga. Todo le parecía cubierto de una neblina amarillenta que se llevaba su apetito y su alegría. La brisa fresca que tanto le gustaba sentir en los días calurosos se le antojaba ahora inoportuna, insidiosa, desagradable. El sonido del agua vertiéndose en un vaso le daba escalofríos, y ni pensar en ducharse. El solo contacto del agua con su rostro le dolía tanto como si se estuviera lavando con vidrios rotos. No bebía nada aunque se moría de sed, la sola idea de tragar le producía un dolor tan punzante en la garganta que la asfixiaba.

 

Desgreñada y maloliente, entraba cojeando a clase y se sentaba al fondo. Los compañeros la veían de reojo y murmuraban entre ellos, le daban ganas de clavarles un bolígrafo en los ojos y arrancarles la lengua de un tirón. Los profesores comenzaron a llamarle la atención por estar tan distraída, a lo cual respondía cada vez más violentamente, al punto que muchos de ellos optaron por no decirle nada por miedo a su reacción. Se pasaba las clases mirando por la ventana, elucubrando ideas obsesivas. El límite entre la realidad y sus pensamientos era cada vez más tenue, casi imperceptible.

Una mañana en la que el mundo parecía estar en su contra, perdió el autobús de las seis y llegó media hora tarde al examen de matemáticas. No estaba preocupada porque igual sabía que iba a suspenderlo, no había podido pegar un ojo la noche anterior por un zumbido que la atormentaba desde hacía unos días. Venía de algún rincón de debajo de su cama, dentro de su almohada, detrás de su cuello, dentro de su cabeza.

 

Al llegar a clase el profesor la miró entre sorprendido y asqueado por su apariencia.

—Llegas demasiado tarde, ya no puedes hacer el examen —le dijo sin darle siquiera los buenos días.

Aracelis lo apuñaló con los ojos, sus pupilas nadaban en un mar rojizo, como cerezas podridas. Una ira incontrolable le subió de sus entrañas, su mandíbula se abrió dejando entrever un pozo de saliva que le chorreaba por las comisuras de los labios. Gruñó como perro, el mismo que hacía unas semanas se le clavara en la pantorrilla, y le saltó al profesor tumbándolo al suelo. Los compañeros de clase gritaron, otros corrieron fuera del salón, otros aprovecharon la confusión para sacar la chuleta y copiar las ecuaciones en la hoja del examen.

De un mordisco Aracelis abrió el cuello del profesor cortándole la yugular, chorros de sangre bañaban las paredes y la pizarra, otrora verde, que se convirtió en un lienzo desnudo para aquella bestialidad. Tenía sed, mucha sed. Cada sorbo eran cuchillos que bajaban por su garganta. La sangre tibia la saciaba y la ahogaba de dolor al mismo tiempo. El zumbido cesó, las venas de sus ojos estallaron y su aliento abandonó su cuerpo escapando en un alarido, dejándola tendida en charco de sangre, con el hocico aún abierto y llena de rabia.

Dabashawa Tellería
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