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La invitación

viernes 3 de julio de 2026
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Es el receso antes del último período del día. El aire está seco y caliente, casi áspero al respirar. A ratos, ráfagas fuertes de viento recorren el colegio, agitando las ramas de los árboles y haciéndolas resonar como olas rompiendo en el mar. La brisa refresca por unos segundos, pero levanta polvo y termina tiñéndolo todo de un tono café.

Camino hacia las canchas de básquet. Mario, Eduardo, Alfonso, Jorge y otros están conversando, riéndose. ¿Qué los hace tan populares? Siempre parecen divertirse. Les caen bien a los profesores. Las chavalas los buscan. Todo les funciona.

Me acerco a ellos.

—Mario, ¿es verdad que andás con la Gloria? ¿No es mayor que vos, maje? —dice Alfonso.

Mario sólo se ríe y no dice nada.

—Con esta mierda del Servicio Militar, todo el mundo se está yendo: primos, vecinos, hasta el maje aquel que nos vendía los raspados. Hay dos chavalas por cada hombre. Y andan con cualquiera —dice Eduardo mirando de reojo a Mario.

—Tu madre —le contesta Mario.

—Nosotros ya estamos viendo cómo irnos del país —dice Eduardo—. Mi papá dice que estos hijueputas están peor que Somoza.

Deja de hablar abruptamente, como si de pronto se hubiera puesto nervioso por haber dicho demasiado.

Un silencio se instala en el grupo; cada quien parece estar pensando de qué lado de la línea que acaba de trazar Eduardo está. ¿Peor que Somoza? No sé. Lo único que tengo claro es que tampoco quiero ir a la guerra, aunque ni siquiera sé si tendré opción.

—Entonces, ¿estamos para hoy? —pregunta Eduardo, con otro tono, como intentando cambiar el tema.

—Sí, vamos —dicen los demás.

Yo no digo nada, pero Mario se voltea hacia mí y pregunta:

—Rodrigo, ¿querés venir?

—¿A dónde?

—Pues, a tomar guaro —responde Eduardo—. Ya es hora de que salgás con nosotros.

—Sí, claro —digo yo.

—OK —agrega Mario—. Pasamos por vos como a las 8:00.

La invitación me toma por sorpresa. ¿Eso es lo que se necesita para ser como ellos? ¿Que te inviten? ¿Por qué hasta ahora? Igual no me importa: sólo estoy contento de ir. ¿A dónde vamos? Decido mejor no preguntar.

La campana suena y caminamos hacia nuestras aulas. Eduardo, que está un año más alto que yo, se separa para ir al pabellón de arriba.

—Cuidado te rajás —me dice antes de alejarse.

—Ahí los espero —respondo.

Al final de la tarde, les cuento a mis padres mis planes de salir.

—¿Con quiénes vas? —pregunta mi mamá.

—Con amigos del colegio —respondo.

—¿A dónde van?

—A la casa de Alfonso —digo con firmeza. Mejor que cualquier otra explicación.

No me hacen más preguntas. Estoy entusiasmado con la salida: se siente como entrar a un club al que nunca había pertenecido. Al mismo tiempo, estoy ansioso. ¿Qué tal si no me comporto como esperan? ¿Si tomo muy poco? ¿O demasiado? ¿Si les aburro? Aparto esas ideas mientras me alisto: me pongo unos jeans, una camisa manga corta y los Nike nuevecitos que me trajeron de los Estados. Azules, con el logo amarillo. Se ven bestiales.

Un poco después de las 8:00, me pasan recogiendo: Eduardo, que va manejando, y Mario.

—¿A dónde vamos? —pregunto.

—Primero vamos a La Fogata —contesta Mario.

Conozco La Fogata: es un bar-restaurante y ya he ido a comer ahí. Lo familiar me da cierta seguridad, sólo que Mario dijo “primero”, lo que significa que después habrá otro destino. Eso me deja pensando.

El lugar es abierto, bien iluminado. Mesas y sillas de madera. Música suave al fondo. El resto del grupo ya está ahí. Movemos otra mesa para poder sentarnos todos.

—¿Qué desean tomar? —pregunta el mesero.

—Una cerveza —dice Mario—. ¿Ustedes?

—Lo mismo —digo yo.

He probado cerveza antes, pero es la primera vez que me tomo una entera yo solo. La sirven en una jarra de vidrio. Doy el primer trago y sabe rica, fresca. Me quedo con la jarra en el aire, viendo las burbujas subir, cuando Jorge me dice:

—Ponele sal, sabe más rico así.

A mí me sabe bien como está; aun así, igual le pongo sal. En cuanto toca la superficie, brotan más burbujas y se forma una espuma delgada. Doy otro trago y me sorprende lo bien que combina lo amargo de la cerveza con el toque salado.

—Sí, tenías razón, sabe bien —comento.

La conversación va y viene como siempre entre ellos: que el padre Villegas lo asareó feo por oler a cigarro; que la Clara está buenísima; que cuál equipo es mejor, Brasil o Argentina con Maradona.

—Uruguay —salta alguien—, si ganaron la última Copa América.

Yo escucho y asiento, queriendo ser parte de todo eso también.

De repente, Eduardo saca un casete de su bolsa.

—¿Qué te parece? ¿Te gusta? —pregunta, entregándomelo.

Observo la portada: colores llamativos —azul, verde, amarillo, rosado—. Leo Culture Club - Colour by Numbers. Hay tres hombres dentro de círculos pequeños y una figura más grande —una mujer— ocupando la mitad de la portada. Tiene los ojos claros, los labios pintados y una expresión de molestia. Supongo que Eduardo quiere saber si ella me gusta, y sí, me parece bonita. Sólo que algo en el tono con que lo dice me hace pausar, así que no respondo y le paso el casete a Jorge, que está a mi lado. Él tampoco dice nada. El casete sigue su camino hasta llegar a Mario. Lo mira un momento y dice:

—¿Qué es la verga con todos ustedes? Sí está bien guapa la maje.

Inmediatamente Eduardo y los demás le caen encima.

—Es un hombre, no una mujer —dice Eduardo—. ¿Ahora te gustan los hombres? ¿O es que vos le tirás a todo? —remata otro.

—Yo le veía algo raro —añado yo.

Menos mal que no dije nada.

—¿Y quiénes son estos majes? —pregunta Mario.

—Son los que cantan Karma Chameleon, ¿no la has oído? La ponen a cada rato en la radio.

Mario levanta el casete y lo observa con más atención.

—Pues a mí me pareció guapa.

—Estás hecho verga —dice Eduardo.

—Tu madre —responde Mario, y le lanza el casete. Eduardo lo atrapa.

Todos nos reímos.

Mario se queda serio unos segundos y luego dice:

—Ustedes son los que están aquí de pendejos. Carla y Roberta dijeron que iban a llegar temprano al Amuleto. Si fuera por mí, ya estaríamos ahí.

—Sí —respondemos todos—, vámonos ya.

Pagamos la cuenta y salimos.

Caminando hacia el carro, pregunto:

—¿Qué tal es el Amuleto?

—Es una discoteca. A veces vamos ahí. Se pasa bien.

—¿Y te dejan entrar así nomás?

—La primera vez que fui fue hace dos años —dice Eduardo—. Tenía trece y no me hicieron clavo.

No digo nada más. En La Fogata todo salió bien, como si fuera parte del grupo. No quiero arruinar nada.

En el camino al Amuleto, Alfonso se nos une. No alcanzo a ver el medidor de velocidad, aunque por la manera en que nos inclinamos en las curvas y cómo nos vamos hacia adelante y atrás cuando Eduardo frena o acelera, deduzco que vamos bien rápido. Eduardo baja la velocidad esporádicamente al pasar soldados con sus AK-47 cuidando un puente o la entrada a algún barrio, y después vuelve a acelerar como si nada.

Aun así, mi atención está en otra parte: en las muchachas que dijeron que encontraríamos ahí. No conozco a Roberta ni a Carla. ¿Vendrán con más amigas? ¿De qué les hablo? ¿Será que me hacen caso? Mi imaginación empieza a volar. Ojalá la noche siga como empezó.

—Poné música, pues —dice Mario—, poné ese casete que andabas.

—Se lo di a Jorge.

—Cualquier otra cosa, pues.

Eduardo empuja un casete que ya está en la casetera. La música empieza a sonar:

El amor, de José Luis Perales.

—¿Y qué es esta verga? —explota Mario, como si la canción le torturara el cuerpo entero—. Me jodés por el maje de Culture Club, y vos venís a poner esta mierda.

—¿Qué querés que haga, hijueputa? —responde Eduardo, a la par—. Es el carro de mi mamá, es lo que a ella le gusta escuchar.

—Pues hubieras puesto la radio, mejor —dice Mario, todavía enardecido.

—No sirve, se robaron la antena. ¿Quién puta sabe cuándo vamos a conseguir el repuesto? Escuchamos esta mierda o nada —contesta Eduardo, golpeado, aunque más bajo.

—Ok, dejalo, pues —cede Mario, ya más suave.

—¡Súbanle, entonces! —dice Alfonso desde atrás—, que aquí no se oye ni mierda.

Nos reímos a carcajadas.

Seguimos el camino escuchando a José Luis Perales. Su música no pega con la energía dentro del carro, aunque tal vez sí con lo que todos esperamos encontrar en la discoteca.

El Amuleto es un lugar circular y cerrado, muy oscuro, pero iluminado esporádicamente con luces de colores que se mueven de forma errática. Música bailable en español —salsa, merengue— suena desde los parlantes, a un volumen que a veces es tan alto que hay que gritar para hablar. Hay una pista de baile en medio, con algunas parejas. La gente se ve mayor que nosotros y poco familiar. El lugar me hace sentir incómodo casi de inmediato.

Nos sentamos en una mesa. Eduardo se sienta a mi lado.

El mesero aparece.

—¿Qué van a pedir?

—Un litro. Extra seco.

—¿Qué liga? —pregunta el mesero.

—¿Con qué tomás vos? —me dice Eduardo.

Como si yo fuera el gran bolo; sin embargo, en mi casa, cuando hay fiesta, lo que hacen es poner soda, Coca, limón y hielo. Así que digo:

—Coca y limón.

Eduardo asiente.

—Eso pues —le dice al mesero.

¿Esta es otra prueba que pasé?

El mesero regresa con nuestra orden. Hay una medida para servir, nadie la usa, así que yo tampoco, y me sirvo al cálculo. Doy el primer trago y me sabe espantoso.

—¿Cómo te quedó? —pregunta Eduardo.

—Buenísimo —le digo, y empiezo a tomármelo a la fuerza, preguntándome cómo me lo voy a acabar o cómo podré tomarme otro más.

Mis amigos se levantan y vuelven al rato; unos van, otros regresan, se pierden otra vez. Yo me quedo sentado; me siento más seguro así.

En una de esas, regresa Mario con dos muchachas.

—Ellas son Sofía y Marta. Son del Colegio Americano —me dice.

—Hola, yo soy Rodrigo —me presento.

—Hola —dicen ambas y se sientan.

Tienen el pelo enorme, como inflado por dentro. Me parecen mayores que yo, aunque no estoy seguro. Andan bien vestidas, mejor que cualquiera aquí. No son particularmente bonitas. Aun así, me parecen chavalas inalcanzables, casi de otro planeta.

Intento conversar con ellas.

—¿Vienen mucho aquí?

—Algo.

—¿Y de dónde conocen a Mario?

—De ahí.

—¿Les gusta la música?

More or less —me dice una, en inglés.

Todas sus respuestas son mínimas. ¿Por qué me contestan así?, me pregunto. ¿Será por lo alto de la música?

Hago otro intento cuando la música baja:

—¿Y dónde viven?

Sofía me mira fugazmente, como si fuera a decirme algo. Pero enseguida se voltea hacia Marta, se inclina y le dice algo al oído, y después se ríen las dos.

Siento que la cara se me calienta. Me doy por vencido.

De repente, las chavalas se levantan y se van, y me quedo yo solo.

¿Dónde se fueron todos?

Me levanto a buscarlos. Veo a unos en la pista de baile con chavalas que no conozco; a otros en otra mesa, y a varios simplemente no los veo por ningún lado.

Regreso, y me sirvo otro trago, no porque quiera tomar más, sino para no quedarme ahí con las manos vacías.

Para mi sorpresa, las muchachas reaparecen, y a pesar de que la mesa está vacía se vuelven a sentar a mi lado. Me alegra no parecer solo, aunque a la vez me incomoda tenerlas ahí sin cruzar palabra.

De vez en cuando mis amigos se asoman a servirse otro trago. Me preguntan cómo estoy, les digo que bien, y se van. Pienso que debería seguirlos, pero por algún motivo no logro hacerlo.

¿Qué estoy haciendo aquí? Empiezo a pensar que no debería haber venido.

Con el tiempo, poco a poco, todos van volviendo. Continúan bromeando, pero me cuesta volver a entrar a la conversación.

—¿Nos vamos? —dice Mario.

—Sí, vámonos —me adelanto a responder sin pensarlo.

—OK —responden los demás.

Me despido de Sofía y Marta. Su actitud cambia por completo, como si fuéramos los mejores amigos.

—¿La pasaste bien? A ver cuándo nos volvemos a ver. ¡Hasta luego!

Me hablan más en la despedida de lo que me hablaron en toda la noche. Sólo asiento; no sé ni qué contestarles. Me quedo desconcertado.

A veces, todavía hoy, me pregunto por ellas. Nunca más las volví a ver. Ya ni siquiera estoy seguro de que esos fueran sus nombres.

¿Qué habrían pensado de mí si de verdad me hubieran conocido?

¿Y qué habría pensado yo de ellas?

Me pregunto cómo se verían a mis ojos, y yo a los suyos, si alguna vez nos volviéramos a encontrar.

En el carro, un silencio desciende. Las calles están vacías y oscuras. Por un instante tengo la impresión de que todo luce gastado, como si la ciudad se estuviera desmoronando sin que nadie lo dijera.

—Rodrigo, ¿por qué tan callado? —pregunta Mario—. Es el guaro. La primera vez te pega más; la próxima vez llevátela más al suave.

—OK —les digo, aunque no siento que tomé tanto.

—¿Y cómo te fue con Sofía y Marta? Vi que pasaste un gran rato con ellas —continúa Mario.

—No jodás —le digo—. Es más fácil hablar con una pared que con esas majes.

Mi voz sale más alta de lo usual, como si necesitara decirlo para desahogarme.

Hay un momento de silencio, y luego Eduardo y Mario estallan en risa, casi doblándose, como si hubiera dicho lo más divertido del mundo.

Por un instante siento que se están burlando de mí, aunque su risa me arrastra y termino riéndome también, viendo de pronto lo ridículo que fue todo. Tal vez ellas simplemente son así con cualquiera.

—Con tantos chavalos yéndose, uno pensaría que es más fácil que las chavalas te hagan caso —dice Eduardo, más serio.

—Sí —dice Mario—. Ve, yo andaba con la Gloria, y de un día para otro, así nomás, me mandó a la verga. Me dejó hecho turca —y se queda viendo hacia la calle, dando la impresión de que era la primera vez que lo decía en voz alta.

Nadie dice nada por unos segundos. Me sorprende pensar que no soy el único; que a ellos también se les traba la cosa, sólo que lo esconden mejor.

—Estaba raro el ambiente ahí hoy. La próxima vez vamos un sábado —dice Eduardo, rompiendo el momento—. La vez pasada estuvo buenísimo.

—Sí —asiente Mario, y empiezan a contarme cómo esa noche tuvieron que sacar casi arrastrado a Jorge de la discoteca; el pleito entre ellos para ver en qué carro lo llevaban, porque nadie quería que se lo vomitaran, y después su papá, en la mañana, llamando a todas las casas para averiguar en cuál había amanecido.

Al relatarme la historia, Mario y Eduardo se interrumpen, se corrigen, hablan uno encima del otro, como si pelearan por ver quién me la cuenta. No paramos de reírnos.

Y así, de repente, me siento de vuelta como si volviera a ser parte del club.

Me dejan en mi casa. Antes de arrancar, Eduardo me dice:

—Próximo sábado, entonces.

—Sí —les digo yo.

Tiempo después me volvería muy amigo de Eduardo y Mario, y de varios más de esa noche.

Pero ese año fue mi primera y única salida con ellos, como una puerta que se abrió un segundo y luego se cerró sin explicación. Quizás yo mismo la cerré sin entender entonces por qué.

Luis Chamorro
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