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El último

viernes 29 de marzo de 2024
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Evelio. Usted que vive allá arriba en el terreno de las imaginaciones. No sabe la pena que me da verlo en esa ventana de barrotes, en el piso alto de una residencia y atrapado en un momento definitivo de la vida. ¿Siente vértigo? Subir y bajar: ese miedo a los ascensores, a las escaleras eléctricas. Su cara está absorta, como la de no recordar algún nombre de un pasado fresco en su calavera. Aunque no le asusta estar lejos de la tierra, teme sentirse cerca del sol y de los planetas. No es caer el problema, sino seguir subiendo: descubrir que después del último también será usted el primero de una secuencia. Observa las montañas y algún volcán muerto. A una hora oculta en la que se ven el sol y la luna al mismo tiempo. No sabe por qué, pero ha decidido mirar todas las cosas que siempre han estado y ve, en esa expresión del cielo, una profundidad vaga y absoluta: por primera vez no le gusta, a pesar de haberla visto tantas veces ya sea para verificar las fuerzas del viento o para confirmar el cese de la lluvia.

¿Para qué asoma el brazo por las rejas?: “Va a llover”, dice y piensa, dos mañas menudas que se han unido con el tiempo, ya no está seguro de si se habla o de si se escucha mientras piensa. No quiere hacer llamadas estúpidas. A pesar de que se va a morir y lo siente, ya nadie le toma en serio ni le va a creer. Le da miedo morirse solo y encerrado, le preocupa el deterioro de su cuerpo acorazado: el olor de su piel geográfica al marchitar, el testamento que no ha realizado, los papeleos burocráticos que surgirían después de haber muerto.

“Va a llover”. Sí. Ya no podrá retirar la pensión del cajero automático, ya no podrá bajar por las frutas que mandó a comprar: una llovizna así le puede enfermar y mandarle al médico. Eso sería fatal porque piensa que el mes pasado acaba de cumplir la última edad y no quiere morir en un hospital como los enfermos. Pero así ha reflexionado las cosas desde que empezó a ser viejo. ¿Cuándo empezó a ser viejo, entonces? ¿Hay fecha para tales misterios de una vida como la suya? ¿Cuándo se empezó a terminar, usted, don Evelio?

Odia medir los calendarios, detesta aquello que tenga inicio y final, le estresa la rapidez de los movimientos que se le acercan.

¿Qué fecha es hoy? Desde hace años ya no cuenta las transiciones de nada, no reza a diferencia de los demás viejos, odia medir los calendarios, detesta aquello que tenga inicio y final, le estresa la rapidez de los movimientos que se le acercan, y odia al Tiempo porque siempre le ha llegado temprano. Los libros que no ha terminado de leer permanecen abiertos en pedazos literarios que se parecen a su vida. El álbum de sus fotos lo dejó en la página de sus méritos y aniversarios, los espacios de su casa siguen intactos desde la última cena en que le visitaron: no ha limpiado, no ha pasado trapos. ¿Fue así como quiso detener el tiempo? ¿Dejándolo todo igual? ¿Para qué? ¿No se da cuenta de que éste ya no es un adversario? ¿De que los días ya no le vuelven a usted más viejo? ¿De que las horas y los minutos son tan diminutos que no le hacen daño ni le pueden eliminar? Son como esa lluvia que cae sobre el océano para llenarlo. En fin, mejor no saber la hora ni la fecha de nada, mejor que los años estén dentro del día y no al ritmo de la verdad; mejor actuar como si todos los momentos fueran ese mismo en el que se iba a marchar y no se ha marchado.

Va a la cocina y mastica unas hierbas, le duelen la mandíbula y la cabeza. Se prepara un café de colar, prende la estufa con fuego y no con la chispa artificial, ni se le ocurre usar la cafetera mecánica que posee: la puede dañar y no sabe enmendarla. Piensa en comer y en cocinar pero sólo siente antojos por algo que prepare una mujer, y le entran nostalgias de no haber tenido hijas dedicadas y una melancolía suprema por su antigua compañera de cobijas que se volvió una fotografía inmortal en la pared. No quiere usar el microondas, no quiere usar nada que desate luces ni que se deba enchufar. Se sienta en la mecedora de caoba a la que se le rompieron los travesaños y la espalda.

¿Se siente débil? La vejez ya no le deja acomodar bisagras, no le permite reparar las maderas ni meterse con la electricidad: le es difícil cambiar los bombillos, le pesan las manos cuando las alza. ¿De qué se queja? Sus hijos le dejaron en un apartamento con seis recámaras que siempre deja cerradas para que se vean llenas. Tres baños, un lobby cálido, cocina equipada, celular para que se pueda conectar con ellos, una pantalla para sintonizar sus misas y sus programas. Usted no tenía a nadie que le dijera qué hacer, pero tampoco a nadie que le prohibiera algo, y era eso segundo lo que le tenía sin hacer nada porque siempre se ha considerado rebelde y sublevado. Qué esclavo es uno cuando le encadenan a un tipo de libertad, ¿no?

¿Para qué todo eso, además? Usted y la tecnología son como el agua y la grasa. Insoportable incomodidad, ¿era eso lo que sentías al retirar la pensión militar?: ¿una boca callada entre miles que hablan?, ¿una piel que suda en cimas frías y congeladas? No recordabas la clave digital del cajero, les tenías fobia a las máquinas que no sabías usar: esos cuatro asteriscos que cambiabas por el hábito de olvidar las direcciones, las postales y los números de agenda; hasta habías olvidado escribir algunas palabras. Y después te frustrabas al recordar que era el nacimiento del hijo que más amabas y que no te había llamado desde algún enero.

¿Te dejaron con todo pero solo? Y piensas que estar solo es peor que morir, ¿verdad?, porque uno no está ni con los vivos ni con los muertos.

“Pensión militar”, ¿eh?

¿Es así cómo a usted le pagan?

Su identidad: es usted el último que lleva ese nombre añejo: Evelio. ¿Quién podría llamarse así, hoy día?

¿Recuerda los levantamientos donde peleó, don Evelio? ¿Los países a donde le mandaron a batallar? ¿Esas veces que se enfrentó a la muerte? ¿Ese miedo a morir que le sacaba la madre y que enfrentaba con unos tiros al viento? ¿Ese armamento que sí sabía disparar y echarse a las espaldas? ¿La cantidad de libros que devoró en una temporada gris y sin damas? ¿En qué momento le dio tiempo de tener un hogar tan pacífico y libre de las guerras? Se pone a revisar sus medallas, sus placas de metal con la identidad.

Su identidad: es usted el último que lleva ese nombre añejo: Evelio. ¿Quién podría llamarse así, hoy día?, o Arquímides, Sóximo o Gaspar; Imelda, Hortensia y Humildad. Los nombres parece que también tienen una edad, que también se vuelven viejos. Y se pone a pensar en esos camaradas muertos, y hasta evoca a algunos enemigos que le odiaron cuando manifestaban: nunca había mencionado tanto sus nombres como después de muertos, ¿no es verdad? Le da sensaciones de hormigas y moscas al visualizar su propio nombre inmortal en una lápida y teme que morirse sea eso, entonces: convertirse en un nombre nada más. Por eso quiere que lo cremen y hasta quemen sus fotos; que lancen sus cenizas al océano, que no haya piedras con citas literarias, que ya no exista un lugar donde lo puedan señalar.

Sigue pensando en la vejez. No era lo que esperaba cuando joven, cuando le llamaban por el apellido o por un apodo original; tampoco los viejos de aquel entonces le habían dicho nada sensato y concreto. Sólo que estudie, que ahorre o que cantara los himnos y luchara por la patria. Usted pensaba que los viejos ya no le tenían miedo a la muerte, y envejeció confiado por tal panorama. Pero el miedo a la muerte le sorprendió de viejo y esta vez sin armas. Se dio cuenta de que aquello no era verdad, o sencillamente que no era su caso el de los demás. La distancia que le separaba a usted de la muerte es la misma que separa a los bebés de no haber nacido jamás, y aquella reflexión le daba ganas de romper en llanto. Pero nadie le había dicho eso: siempre un adolescente le había enseñado a ser niño, luego un adulto a ser adolescente, después un viejo a ser adulto, ¿y quién le enseñaba al viejo a ser viejo o a ser algo más? ¿Se lo enseñaba la muerte, acaso? Por eso usted sólo quería enseñar y no quería aprender nada.

Quisieron regalarle un perro o un gato, pero preferías por soberbia que la soledad fuera producto de una decisión y no de un resultado, por eso rechazabas a cualquiera que se quedara a tu lado por lástima o piedad. Y así buscabas las fotografías de cuando peleabas, de cuando hablabas de rebeldías y democracias, de cuando no necesitabas a nadie que te explicara la eternidad. Te ponías nostálgico al ver esas escenas estáticas en dos colores químicos y contrarios. Aunque las recordabas como si hubieran sido ayer las sentías lejanas como si fueran antes de nacer. Qué enigmáticas se ven las cosas en el blanco y el negro de las viejas cámaras, qué lejos parece una sociedad cuando se le quita el color ordinario. Si morías, te llevabas el orgullo de ser el último en haber visto los colores de aquel mundo, de haber escuchado sus ruidos, y de haber sentido a sus fantasmas.

 

Fuiste a retirar el dinero.

De regreso, te habían dicho que el ascensor no funcionaba por cuestiones de mantenimiento, y tuviste entonces que subir los treinta pisos a pie. Te dijeron que esperaras pero no querías esperar: esperar era de las pocas cosas que te hacían más viejo… Más viejo que vivir la vida sin hacer nada. Pensabas, también, que la vida había sido eso siempre: subir una escalera hasta el último piso donde te acostabas, medio muerto, te dolían las piernas y te invadía una pálida estomacal; te ponías a descansar, sin estar seguro en querer bajar y subir de nuevo.

Sentiste cómo el aire se hizo pesado dentro de tu cuerpo secular y liviano, cómo los órganos drásticamente se te inflamaban.

Pero allí estabas, don Evelio, en el último piso de la residencia. Sofocado, con calor pero sin sudar, se te salió una lágrima por el costado, tú que pensabas que ya no saldría nada líquido de aquel cuerpo tan seco, de que si te cortabas apenas ibas a sangrar. Y sentiste cómo el aire se hizo pesado dentro de tu cuerpo secular y liviano, cómo los órganos drásticamente se te inflamaban. “¿Qué va a pasar con mi cuerpo?”, volviste a pensar mientras reconocías este momento definitivo, mientras temías que se pudrieran tus desechos allí sin amparos. Ni cuenta se iban a dar y eso lo sospechabas: la Muerte llegaba silenciosa para que los demás siguieran respirando. Daba igual: que permaneciera su cuerpo allí por millones de años y que lo encontraran en algún final como hallan siempre a los dinosaurios.

Moriste como las cosas que siguen allí pero que ya nadie las está mirando, te volviste una imaginación, te convertiste en un planeta más de la galaxia. Te convertiste en tu voz, nada más: en un ruido; te volviste todos los ruidos de la sociedad, que basta con pensarlos para que se escuchen de inmediato.

Alexandro Xavier López Baquero
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