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Poemas de Un árbol donde el sueño

viernes 24 de febrero de 2017
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“Un árbol donde el sueño”, de Luis David Palacios

La presente selección del poeta Luis David Palacios corresponde al título Un árbol donde el sueño (Valparaíso, México, 2016). La imagen central del discurso responde a la memoria, el árbol justo es ese lugar donde nacen, como pájaros, los recuerdos. En el árbol anidan los espacios temporales del autor: la abuela, la familia, los amigos, la infancia. La evocación es, parece, hacer presente la muerte con distintos rostros. Las facultades de músico le ofrecen a este poeta otras herramientas, además de las estéticas y lingüísticas, que le permiten desarrollar distintos ritmos en el verso de corte clásico aunque los poemas, en general, alcanzan variadas extensiones.

Fernando Salazar Torres
Responsable de la selección

De la serie Voces actuales de México

Diana

I

Tus piernas dibujan las alas de la mariposa,
un pistilo plástico alimenta tu sueño.
La bocina de tu corazón se enciende en una máquina,
es la llegada del tren que nos reúne en turnos junto a tu vuelo caído
donde no ha entrado el sol o su ausencia.

Diciembre es terrible. Tu padre habla y rema
contra el amor de otra madre y su canto,
contra la cuna nocturna de los brazos donde te meces,
contra blancos no vestidos de hombre,
contra su propio peso hundiéndose en el mármol de este hospital.

 

II

El amor aquí no sirve,
no te levanta con el amanecer.
Tu llanto nos hará reír, Diana,
te sacaría de esta playa de algodón
en donde tomas poco a poco la noche de su cuerno.

Tu respiración enflaquece
y ahorca prematuramente tus días
y ganamos absurdas ecuaciones que no reparan la hondura de tu
……abdomen.
Humedecemos la arena que florece en tus labios.
No hay otro sonido más que el picotazo pendular del cuervo en tu
……corazón sin miedos, apagándose.
No hay herida dónde poner bálsamos.
Tu dolor es un papel negro y transparente,
viene callado de la base del sueño
a marcharnos junto contigo.

 

La higuera

Para Isaac porque caminamos juntos

I

El desierto es una lámpara, el zarpazo de dios
que llega a las entrañas cuando se ve de cerca.
Aquí naciste, abuela,
tu pueblo es todavía amarillo
por las manos que doran el día
cuando las ablanda el aire.
El horizonte es todavía de fuego
quizá por la nostalgia llanura
que espera agazapada
en la árida voz del empedrado
el regreso del tiempo donde reinó la savia
y habitaron los térmicos cangrejos.

Yo sé, abuela,
a causa de la luz en el desierto
la sombra debe irse muy al fondo
de uno mismo.
Yo me parezco a ti:
el silencio es también mi único lenguaje.
Te quise siempre como hoy,
esta noche de viajes y libros,
sobre la tierra agria en la memoria.

 

II

Tu corazón de trigo se estiraba
a golpes tambor sobre la mesa
ante un público atónito de nietos.
Ya no baila el zapote
sin el ritmo aromático
cociéndose en la harina.

El ronco canto del hervor
con su olor a tomate
me trae aquellos días
en que el patio era el libro,
la hoz y el valle de La Higuera.

Diciembre eras tú.

Dónde los muertos,
dónde la pérdida se hizo costumbre.

En la planicie larga de las horas,
en tu café lavado hasta el aburrimiento,
sentada en tu mutismo esperabas la muerte.

 

III

Las caras de mis primos habitan mi memoria,
una luz muy alegre los define:
el olor a verano,
la silueta del río que se hace cuando llueve.
Isaac era un ciclón,
con esa misma fuerza lo abrazo si lo veo;
nunca lo oí llorar,
el sabor de los golpes no doblaba sus ojos.
Una vez caminó de su casa a tu casa,
muchas horas de monte rebanaron sus pies
que en silencio sacó de unas botas de orgullo.
Yo aprendí que el dolor se decía callando,
que el tiempo es una llaga
o luz entre los dedos.

El sol de aquellos días era un flaco fermento
que nunca nos detuvo con el cerco insondable
de sus cincuenta grados.

Las tardes caminaban sobre la sepia
que dejaba el ingenio azucarero
al transformar la caña en la altísima columna
que bajaba a las calles en rajas de ceniza
y hacía visible el aire azucarado
y marcaba de negro el filo de los techos.

Nos gustaba saber que una lluvia distinta
maduraba en el vientre del acero lejano.

 

IV

No teníamos regalos
y nunca hicieron falta.
La navidad tenía
muy silenciosamente sus migajas
en esa mano oculta de los otros.
Un soldado de plástico era todo un ejército,
mutilada nostalgia o crápula o cúspide
de alguno de los brazos de los árboles.

La miel en los buñuelos era un bosque
muy espeso y siempre insuficiente,
el único que vimos cuando niños.
La fogata redonda en Nochebuena
endulzaba el pinole tocando la guitarra:
de luna nos ceñían sus canciones.

Teníamos el mar en nuestro patio.
Interminables olas dormían en el suelo
junto al regazo ingenuo de la risa.

Bajo el calor de agosto la casa se ensanchaba,
sus paredes de viento aún reducen la noche.
Nuestra sábana negra movía sus figuras en lo alto:
Navegábamos rápido la curva de los cerros.

Lo único inmortal era la muerte,
esa ciudad adentro de nosotros:
navegantes inmóviles del sueño.

 

Funeral

El ataúd ahueca la sombra de los lirios
que arrastran el cuerpo vacío de su padre.
Un abrazado ramo de jazmines tibiamente consume
la luz quebrada de sus ojos,
otra niña descubre el torpe pacto
que tiene el agua cuando le ha ganado el insomnio.

Lo despertó el olor y el canto enardecido de aquel fuego
proyectando el azar sobre la cerrazón del cuarto.

A su lado, danzante entonces de la muerte,
una mujer de maldiciones
blandía gritos y símbolos de hierbas:
hacía falta su voz para saber
del laberinto oculto de las cosas
nombradas bajo el sesgo incontenible
de un corazón colmado de migajas.

En el tercer vagón de aquella casa
su infancia era azotada con desorden
y su sueño rasgaba otro sueño.

Entonces, su tía Dulce, abogada del sol,
hizo una cruz de agua, quebró espejos
y quemó corazones en el patio.
Faltaba un cuarto para junio,
el verano esplendía sus azahares
cuando aquel frío lento le reveló la muesca
que sus ojos encuentran en el alba.

La sombra es una línea marcando indescifrable
el límite abisal de las ventanas.

 

Segunda persona

A contra luz verán sobre mi pecho
el azul de las pieles de mis muertos,
en él no hay forma de ir desde el costado
al centro de la plaza en donde canta
el perro amargo de la sangre.

La caída del sueño
es el ciclo de todos mis humores.
Es de sangre mi casa con dos puertas abiertas
hacia la misma alforja de la luz.

 

Antiphona amant

Crepúsculo matutino
Llega tarde de nuevo no amanece
Y un sol mal encendido se desgaja
Merodea en el fondo de su espejo
Todo habita aquí aunque la luz
Aparezca tejida sobre el dorso
No ilumina de tímida la tierra
Encariñadamente siempre vuelve
Ese negro ladrante al esternón
Y la ciudad adentro de sí misma
Se colapsa su canto de espesura
Escribe el compás de esta carta
Que es el lenguaje afónico del día

Coro diurno
Avisa el trueno rojo de las aves
Que todo día es sombra fragmentada
Que se quiebra la sombra en el objeto
Hay lunares moviéndose alargándose
En la mitad aciaga del durazno
La espalda de lo oscuro cae dos veces
Una vez en mis ojos y otra más
En la cansada máscara del alba
También se abre dos veces una flor
Y de su centro medra mal calostro
Retrocede la flor siempre nocturna
Para vaciar de pétalos sus horas
En este abierto cáliz que es el día
Qué vientre enumerado su contorno
Qué hacinado misterio su desplome

Crepúsculo vespertino
Ahora que el cénit del púrpura te cubre
Y no arde la noche por su flor
Que es repetición y es siempre otra
Sobre la flor ardiente de la esfera
En la esfera que baja cuando esplende
En el día nombrado por la noche
Cuando la oscuridad es sólo luz
Y sólo luz la luz mientras tú duermes
Será la claridad inquebrantable
Más extranjera cada vez más álgida
Se hablará de puertos gobernados
Por la dura neblina del deseo
En la boca extinguida de los niños
Se leerá la rosa del lenguaje
Y todos los que buscan no hallarán
Y la ciudad de negritud inmensa
Sin que nadie lo sepa será el margen
De una angustia amarilla sin contornos
Porque todo termina y recomienza
En la lucha constante de ese fuego

Coro nocturno
Inconciliable asombro ante la muerte
Súbitamente arriba el contrapeso
De un ángel caído entre las aguas
De la hinchada conciencia braquicéfala
Redonda boca el tiempo los engulle
Los repite en círculos concéntricos
Un espiral prendido del insomnio

 

Elegía para tres poetas

Enero 2014

En esta inesperada infancia se entierran los poetas
con la ya desde siempre flaquísima epidermis
de su único saco desde siempre marchito.
La empobrecida pauta de enero
adquiere el frío canon de la muerte.
El suicidio y el cáncer y el azar
hacen sonar el círculo del viaje
nuca más piel que hueso
porque hoy morimos despacio en un silencio azul de cama
con una soledad acaso más modesta.
Nos rodean las cofias si nos falta el pudor
para cerrar con llave el hastío.
Todo se ablanda y suena la música del ciego
donde se mira el mundo porque es breve
y uno se acerca a la ventana lánguida
que da a la calle estrecha del recuerdo.
Se aglutina el corazón del hombre
y no es la carne sino un pan más ácimo
y no es el polvo sino el otro polvo
vacío igual por dentro que por fuera
y no es agua y no es río ya proscrito
y no es la noche tímida en los ojos
ese silencio largo que nos duele
y no es y no es y nunca es
y no es muerte es hueco más vacío
y no es cáscara es fruto disparejo
y no es desnudez sino la ausencia
ese vestido viejo que la nombra
y no es sino sombra de las flores
y no es él sino ella, la poesía,
quien se va de sus dedos cuando mueren
y no es cementerio es parcela
donde crece la angustia de los vivos
y no es fruto es más bien pasado
y no es dolor es tiempo, inmóvil punto
donde cabe apretado el infinito
y no es fin es espera, no es misterio
que la tierra se traga lo que duerme.

Luis David Palacios
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