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Poemas

miércoles 19 de abril de 2017
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Leopoldo Lezama

En esta selección se muestra parte de la obra del poeta Leopoldo Lezama, quien canta a la noche. La poesía mexicana tiene una extensa tradición sobre este tema. El tema nocturno en estos poemas presenta distintos momentos, algunos litúrgicos, otros a modo de epifanía. El himno es una forma regular que el autor trabaja, como personaje, la noche es un sortilegio, acto mágico que desvela la realidad, la muerte, el sueño, el ritmo físico y espiritual.

Fernando Salazar Torres
Responsable de la selección

De la serie Voces actuales de México

El cansancio de la noche

También la noche tiene su cansancio, un cansancio virtuoso en que la rigidez de la oscuridad cede a una total ligereza. Entonces la noche se extiende sin peso alguno, certera, como una inteligencia que se aclara en la fatiga. La noche es una inteligencia bajando despacio de su recámara aérea, y los objetos del mundo levitan inmóviles, respiran profundo sin necesidad de aire. Los jardines se deshacen de sus rocas incómodas, avanzan rápido hacia la luz de los faroles; las estrellas crujen tranquilas, tienen los párpados irritados de tanto estar velando. Los ríos se estiran, se desperezan, quieren detenerse para tomar una siesta. Y el aire ya no tiene fuerza, quisiera que los árboles se mecieran solos, que las hojas llegaran al suelo por su propio pie.

Una sensación de alivio empuja a la calle; los árboles se distraen con un cielo que bosteza en su negrura.

También la noche tiene su cansancio, y es entonces que amanece: la realidad se da de golpe, despierta con el pelo enmarañado, desnuda, con la piel rasposa y la boca seca, llena de pájaros.

 

La canción de los dormidos

Sólo la noche procura un dominio
para las almas muertas
la noche llega, y con ella
una soñolienta lluvia desmaya sobre las tumbas.

Una soñolienta lluvia
y con ella
el valle de los dormidos se llena de música
del cielo y de la tierra brota un vapor
como canción sensible, exhausta, lúcida.

Y en el cielo ya había estrellas
un millar de tiernas llamaradas
de luces dispersas, contemplaban el sueño
de quienes dormidos velan.

Sólo la noche procura un dominio
para las almas muertas
y todas las almas dormían
el viento llenaba de música las baldosas frías
y una lluvia leve como recuerdo débil
llegaba apenas sobre las tumbas.
La tierra estaba cansada
la noche había zarpado de lejos
para llegar temprano
y sobre las almas vencidas caía la lluvia
dispersa, extendida, como un cristal deshebrándose
sobre las criptas.

Sólo la noche procura un dominio
para las almas muertas
en el cielo hubo una tensión
la oscuridad, temblorosa
pronunció en la lejanía un matiz inquieto.

La madrugada iluminó las criptas
los pinos se desperezaron en lo alto
y las aves cantaron la resurrección.

Un alma, luego otra, comenzaron a andar por los pasillos
del viejo cementerio
caminaron dormidos, no habían visto luz en siglos
sus ojos miraron las cosas como por vez primera
y algunos tenían la exacta sensación de no haber muerto.

La bruma, el olor de los arbustos
el horizonte confundido en su marchar cenizo
los árboles, les parecieron los mismos.

Sólo la noche procura un dominio
para las almas muertas
los más sensibles se enfrentaron
a un amanecer distinto
sentados sobre las tumbas acariciaron el mármol
leyeron sus propios nombres esculpidos
acariciaron las flores marchitas, y
trataron de tocar el aire con sus dedos de hilo.

Otros tuvieron miedo, recordaron la mañana
en que murieron, el cuerpo batallando por seguir
en movimiento
la mirada nebulosa
los ruidos de la calle llegando de muy lejos
el silencio opaco
de la sala mortuoria, la angustia indescifrable de estar
muertos.

Algunos eran locos, malditos
y no quisieron despertar
no acudieron al llamado de la luz y durmieron
acariciando sus cuchillos.

Sólo la noche procura un dominio
para las almas muertas
en las casas no había luz
sólo los santos se iluminaron
con la lumbre de los cirios
se escucharon las voces repetir las oraciones
santa madre de dios, ruega por nosotros
para ser dignos de la posada donde
vienes a recibirnos
y las voces apenas se escuchaban
pero sus lamentos llegaban lejos
santa madre de dios
si cuidas a los muertos, por la noche
te pondremos un pedazo de pan
y un vaso de vino, santa madre de dios
que nos vienes a recibir
que escuchas nuestros rezos, que
son un refugio para el cansancio
de nuestros idos, santa madre de dios
que por la noche vengan a comer y
se sienten a la mesa, que muerdan la carne
santa madre de dios
que los muertos escuchen las plegarias
de los que están vivos.

Sólo la noche procura un dominio
para las almas muertas
no lejos estaría el mar como otra muerte inmensa
y el mar retardaría el ritmo de sus olas
para que se mecieran las barcas, lentas
como las lluvias.

Y sobre las barcas van los que están muertos
las barcas cruzan sobre las aguas densas
el océano cruje y se mueve al infinito
y la marea canta, se extiende impecable
como un cadáver limpio.

Y los muertos van de pie, el viento
los golpea como a hojas de trigo
los muertos zarpan
pronto habitarán las tumbas
donde han de acomodar sus cuerpos de agua
pronto volverán, antes de que llueva
antes de que sea tarde y la luna salga.

 

Al final de la noche

Al final de la lluvia está la noche
sal por ella, y cuando llegues
habrá muchas estrellas que te esperan.

Al final de la noche hay un camino
recórrelo en silencio
y no mires los laureles
pues te quedarías dormido.

Al final del camino está una puerta
ábrela y no llores
por lo que ahí veas.

Detrás de la puerta está tu cama
acércate quitándote las sábanas
acuéstate y despierta
que la lluvia aguarda.

 

Las Parcas

Entre la vida y la muerte hay un hilar
que sujeta al principio con su fin
la tarde, las lluvias, las visiones
tienen destinados una suerte y una ruta.

Al pie del hilar están las Parcas
la vida circula, se desteje, concluye bajo sus manos ávidas.

Cloto despierta los amaneceres, gira la rueca
suelta el cordón para que el tiempo nazca
para que todo movimiento crezca
como el avance de un velero.

Láquesis se sitúa entre el origen y los límites
unos centímetros de hilo deciden una noche más
un minuto menos de agonía.

Átropo aguarda, su mirada es lenta
su concentración certera
al borde de su mano se halla el filo que ha de terminar
con los días y las mareas.
Hijas de la noche, allá están, desde el comienzo
viendo cuándo habrá de envejecer la piel, cuándo
habrá de nublarse la mirada.

El dolor, la soledad, la angustia, hallarán una frontera
las Parcas, ya cansadas, bordarán la niebla.

 

El ritmo universal

El ritmo, el ritmo, el ritmo,
El universo
Constantemente se enturbiaba, se desmoronaba en música
En un arpegio hondo como la marea nocturna
Un sonido proveniente del primer instante
El ritmo, el ritmo, el ritmo
La materia
Una danza junto a las estrellas ardiendo
Un himno como agua densa se tejía a oscuras,
Un tiempo fatigado de soltar arena en el desierto
Un tiempo denso y titubeante como un hilo.

Y la mente trabajaba a tientas
Observaba con la apagada sapiencia del sentido
Porque la noche constantemente se enturbiaba, se desmoronaba en música
Porque cualquier sistema se quebranta
Al terminar la lluvia
Y los tesoros se disuelven cuando acaba el sueño
El sueño
Galopa, galopa, galopa ya sin peso
Sin balanza, camina dormido
Entre la lumbre.

Porque lo difícil es treparse a la tonada universal y no bajarse
Mantener el ritmo, el ritmo, el ritmo
Hasta que el círculo devore nuestro canto
Hasta que el sol nos queme con su fraseo de cobre.

Resurgí de las cenizas
Una noche que del cielo caían notas puras
Quise alzar la voz, voltear arriba
Pero la noche me encontró sin aire
Con los músculos tensos y la realidad descoyuntada.

La realidad eran fragmentos de rítmica ceniza
La realidad nos obligaba a subir unos cuantos grados de conciencia
Para entrever la plata de las cosas.

Hay que morir creyendo que las imágenes vienen a morir al sueño
Cuando el mar está en calma y los pescadores salen a extender sus redes
Hay que morir creyendo que las imágenes vienen a morir a un sueño
Adulto, donde las aguas han sido removidas por un ritmo seco.

Al principio y al final de una explosión
Se escucha un ritmo
Y todo orden se establece después de una explosión
Que no llegó a escucharse.

El ritmo, el ritmo, el ritmo
Y la noche danza, se encoge, se agiganta
Y la noche ha bosquejado una tonada para convalecer en calma.

Tengo miedo de volver a despertar y de extraviar el ritmo
De quebrar las vibraciones
De escuchar dormido.

El ritmo, el ritmo, el ritmo
No contempla detenerse, no emite
Radiaciones para mostrar sus estructuras
El ritmo, el ritmo, el ritmo
El ritmo universal, el ritmo lúcido
Entreabre la materia viva
haciéndola danzar
Entreabre el universo y deja que se escuche el tono oculto
Que mece a la marea y a los rayos lumínicos.

Leopoldo Lezama
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