“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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“Balada del insomne” y otros poemas

miércoles 14 de febrero de 2018

Oh Señor, que pase
este cáliz
que me escuece las horas
lo poco de día festivo
que a bien tenga
y me deja el pecho y la garganta
llenos de viejas
amarillentas estampillas
sin sello, sin viaje
sin poderlas pegar
siquiera a sobres
de buenas nuevas
porque me la paso arrodillada
en este jardín sin olivos
temerosa de judas, soldados
y juicios
que terminan en pena de muerte
para niños
que se juegan el todo en las calles
por su derecho
a sentarse una vez más a la mesa
y a dormir
como Tú mandas.

 


 

Estoy despierta
en medio de alta noche
los perros enhebran luceros
con sus ladridos
de patio vigilante
mi ventana es quizá
única luz distinguible
en la cima del pueblo
todos suspenden
la atrocidad de la vigilia
que precipitará
al abrir los párpados
un mundo que articula ajeno
y comprendo que dormir es una tregua
que empodera
de todo lo que en este instante
carezco.

 


 

Fase de vaticinio

Qué augura
con la mirada
esta luna de enero
llena de interrogantes
asombro congelado de mesa vacía
respuestas posibles
pues nadie es inocente
en su sitial histórico
de país troceado
cárcel de hambruna
más allá del plato
no hace falta cuchillo
para el degüello de sobras
si el próximo menguante
segará los restos
del abrojo.

 


 

Llueve a destiempo
lo saben los pájaros
las cigarras
que seguro apresuran el verano
bajo tierra
la semilla teme al espejismo
titubea
como el canto de la torcaza
apenas enero
ya los cerros ribetean de fuego
y tengo que ir al calendario
para entender
que es tiempo trastocado
cómplice
de la estación humana
que ya no sostiene
la cordura.

 


 

Balada del insomne

Cierro los ojos
como si voy de viaje
y la almohada
deja de tener distancia
con la valija
se funde
cambia de mano, de pierna, de asiento
me siento, me paro, tomo agua
regreso
ahora la cobija
es un ovillo
lo extiendo, me cubro, me zafo
el brazo
allí la lámpara, el libro, no veo
apago
la ventanilla del auto comienza
a ser molesta
despeina, enfría, no existe
termino
por creer que he muerto
en alguna página de Dante
y el viaje cede
a lo atroz
de la vigilia.

 


 

Tierra de gracia…

Cuánto puede un nombre signar
cuánto betún para cubrir conciencias
impermeabilizar el llanto,
y pensar que un día
apostamos al fasto
con un puñado de monedas
que no pagan ni la miga
de un pan inexistente
en este tiempo que rasa
basura y alimento, niños con la muerte,
y el adiós 
bajo recurso
de primera mano
hoy como nunca
la luna del espejo se hace nítida
y repasamos los rostros
nunca atendidos
para fijar de una vez
en las pupilas rotas
aquella, la lección descuidada
de que algo más nos limita
por el norte
que el mar de las Antillas.

 


 

El día se vierte
ya tibio
sobre la taza incierta
de la historia que hoy toca
trasegar.
Un primer sorbo
no da para distinguir
si falla el dulce
o la medida de lo infusionado.
Pero a nadie toca culpar,
los relojes no están sincronizados,
el fuego mengua,
y la mirada congelada
sobre los aconteceres
precipita
este entumecimiento de fondo
que apenas da
para tragos
amargos.

 


 

Dormir se ha vuelto un lujo
bajo este tiempo de borrasca
y ventanas cerradas
lo confirman
esas astillas de luz
de las casas vecinas
el olor de café a deshoras, desvela
el sobresalto
pues cada sombra enturbia la razón
cada hendija
una posibilidad para la muerte
y de nada vale
sostenerse en el naufragio
de la porosa tabla de oraciones
en esta doble lectura
pasar la página no cuenta
ni cerrar los ojos.

 


 

Lunes menguante

El cielo
enrarecido
desgaritado de fuego
bajo una ley salvaje
de bestias y venenos
cierra la cortina
con esa luna negra
que precipita.
Quiénes podrán levantar
los brazos desplomados
siquiera abrir los ojos
al desencuentro
quedaron cerrados por la duda
aquellos glaucos
no pudieron abrir los corazones
y el aleteo
de una bandera blanca
fue devorado en la rapiña.
Queda el silencio
como testimonio
hasta la próxima luna
quizá azul, o roja, o negra…

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