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Poemas de Salvador Gallardo Cabrera

• Lunes 19 de febrero de 2018

Salvador Gallardo CabreraFotografía del autor: Silvia Mora Niño

Salvador Gallardo Cabrera define una voz diferente, pues su poesía tiene una naturaleza ajena a la del yo lírico, que habla desde la intimidad o de aquella aura solipsista. El poeta posee una mirada ajena al mundo interior que está más envuelta por la apertura y la exteriorización, posiblemente influida, esta postura, por su formación de arquitecto. El verso de esta serie presenta otra diferencia, aunque es libre, sobrepasa las dimensiones del metro común de la poesía en español, no obstante tampoco linda con el versículo o la tentativa del poema en prosa; antes bien, considero que esta forma de expresión se debe a su carácter antiyó lírico lo cual no implica, evidentemente, la intención de suprimirlo a la manera de la antipoesía. La tentativa de este autor radica en el proceso de composición adverso: del exterior al interior.

Fernando Salazar Torres
Responsable de la selección

De la serie Voces actuales de México

Primer tablero

Ernesto

Sin tiempo y sol blanco no hay amor bajo una línea de agua
Nada puede ser retenido ni los trayectos ni las láminas de luz
Dos ojos color azul prolongan un cuerpo roto y puro
Nunca acaba el agua fría, la ortiga, la piedra de apedrear
El agua disuelta está en ningún sitio, vuelta al cielo
Ningún camino quebrado: es la tierra que gira y corta con su filo
El monstruo de la tierra, su ligera hacha lunar que ríe
Cuatrocientos ojos por rostro, desencajado de la geografía, invisible
Y tú, sin ciencia del arribo o del regreso: pájaro de lo desconocido
Entre las grúas rígidas de luz tras la mañana que no amanece
Si despertaras con los ojos vueltos hacia afuera —en la marea opuesta
Justo en la orilla de la vida desbordado tu poder terrenal
Las grúas te indicarían un trazo que no viste en la autopista
Franja blanca sobre trampa de agua

¿Cómo dura un camino en la tierra que corta?
—“Dura contra el dolor es la ruptura de todos los lazos”
La lluvia enreda tu auto contra la serenidad perfecta de la carretera
Y cómo estar en medio, a tu lado, donde no respondes
Buscar ahí la insistencia, abrazarte con la rapidez de un latido
Contra el dolor que nada dice, contra la mañana de la que no vuelves
Contra el brazo que cuelga a tu cuerpo por la sumisión terrestre
Ya no y aún no nunca más en las migraciones que nos rigen
Esto es todo, nada más ha quedado, nada puede recordarse todavía

Tengo por agua de navegación la memoria de los polos
Gotas blancas y pesadas sobre el parabrisas de un auto
Siempre adelante te pierdo si te recuerdo si no lo hago estoy perdido
El cielo acostado sobre la tierra, no hay luz, no puede levantarse la luz
Ráfagas de agua pulverizada al final de la línea, tinas de mercurio
En el día más largo del hemisferio, ya termina, nunca terminará
El día sin la vibración de una salida nueva un día herido
Sólo quien se alcanza a sí mismo puede soltar todos los lazos
Sólo el amor atraviesa sus propios límites
Así un guijarro flota en geoda de lluvia lejana
Es el sol que abre bajo la línea de agua o rompe una puerta en T
Sus rayos la fuente luminosa tu brazo la aguja del cuadrante
Escribe en el desierto del suelo las rayas de sombre
Un pájaro intercepta y canta esa escritura muda, jamás anulada
Para todo trayecto mantiene oculto su principio y su final
Bajo tu brazo el sol abre 180 grados respecto del ala del pájaro
Crece en silencio, vuela sin historia, afirma, hacia delante, el sol
Luego cae, se ahoga, indica un trazo que no viste en la autopista
de uno de sus destellos de cercana lejanía saco de ahí la insistencia

Te sé separado de la vida pero no de lo que vivirá
Cesen las luces y el agua y el veneno del sol muerto

 

Tablero del pintor muerto por propia mano

Queda una tela rasgada por ventiscas de vidrio y bloques de silencio
Un surco en el muslo, un tajo del hombro al nexo del antebrazo
Cortes convincentes de cristal malva en los dedos
Botella con pintura blanca derramándose en un estanque musgoso
La vida delante de un cuadro, las cosas esparcidas por el mundo
Líneas truncas en verde frío para probar las condiciones de frontera
Capas inclinadas y cantiles vueltos a pintar vueltos a pintar
Estancias sin vecindad zonas sin vínculo, la muerte detrás de una tela
“Mis cuadros son lugares dislocados”, escribió el pintor
“Destruyen lo que indican, tienen amistad por lo que pasó sin dejar huellas”
Un paisaje siente venir la tempestad trazos que vibran al cruzar la tela
Forman nudos en las fauces del cielo salpican el ángulo izquierdo
Tres manchas crecen contra la tempestad y declinan en los cantiles
Mancha magenta es rojo con filo lanceta que busca tus ojos
El agua azul, el agua amarilla, su cruce enciende una hoguera acuática
La tercera es un numeral, nueve aspas, para rectificar los colores
En cada trazo el pintor habita el espacio por el que pasa, no lo habita
Cómo pintar un objeto para renovarlo: punzar los cartílagos y los costados
Hacer ver de qué manera nos toca, ir tan lejos como fuera posible
En la necesidad de lo que está todavía por venir, por aparecer
Llegar a sí mismo como a lo que aún no es desde una superficie pura
Pintar, pintar, desaprender, quedar tabla (letal) en silencio que agrieta
Luz blanca anuncia obligaciones de renacimiento o de extinción
Luz recta apunta hacia la tierra profunda, cintas de musgo, jirones
Ahí no hay frontera ni paisaje graduado ni orden con expulsión visible
Una pregunta, una lesión transversal, una tela rasgada

A esa pregunta cada quien responde con su vida

 

Leer 3:15 am

Un puño de esmalte, un frontón inundado
Las calles limitan los lados de la noche
Cada objeto, máquina o nuevo grial, es ligadura en la tierra
Un cuerpo trozado en la nieve, una esclusa en el domo
Estar aquí donde el amor sólo parece ser duración
La vista presente contra el yeso de ver todo, de no olvidar nada
Amontonando libros en las ventanas para no estar a solas
O sosteniendo un guijarro roto para traer silencio

 

Escribir 5:45 am

Escribir es aparecer en otra parte
Ahí donde apenas existe el agua ascendiendo, como el aire,
como el agua del aire
Desde el magnetismo terrestre, el aire líquido
Agua es llama mojada, aniquilación del aire, flama que crece
vertical, vela, ¿la ves?, es vapor
Escribir significa abrir un cerrojo en la palabra abismo
Escritura nunca anota, abismo todo lo nota:
Llueve sobre el patio de los rombos
Un cubo naranja flota sobre ese patio hundido
El método trágico de la lluvia: pronto será frágil rastro
Arena amarilla para los olvidos y las repeticiones
Veneno para experimentar, vapor encarnado: escritura
El cubo flota no se crispa
Si no tiembla, si sólo es intermitencia en la luz
Hendidura en la cortina de oscurecimiento, polvo visual
Fluctuación en las arenas medianas
Pliegue entre mis palabras y todas las palabras
O agua circulizada, mirada armada de quien escribe

 

Lógica de la oxidación

Entonces otra vez, como en tantas ocasiones, como siempre
Te detienes para avanzar en un mundo acabado
Fingiendo la impaciencia con que efectúas tus ejercicios de sombra
en un cuarto oscuro
Conservando a un lado todo lo que configuró tus límites
—Lo que te diste a llamar “mi sistema de reconocimiento”—
Por si tus límites confluyeran en el crepitar de un objeto
Por si finalmente todo tuviera un correlato

Y es así que el mundo acabó y permanece todavía:
En el lapso cada vez mayor entre una incorporación y otra
En los razonamientos rotos cuyas orillas brillan por instantes
Desde donde sigues creyendo que lo que ves derribado son ruinas
Y no la inquebrantable confusión de otra justicia

 

Desde un hombro hundido

La palabra asistir significa estar entre tu espalda
y el polvo
Sentarse en un mueble que se pudre bajo el sol
Dar un rodeo para acercarme a ti desde tu presencia
Mirando hacia delante si no estás
Pensar en un contramovimiento o tirar de ti para acomodar
mis ojos
Corregir todo y salir del camino
Huir antes que buscar refugio, alejarse cuando aún se pueda
—Cuando todavía haya algo por qué alejarse—

 

Deleuze

MCMXCV La Vaca Multicolor, ciudad de arena amarilla
Observo el brillo mágico de las máquinas, su orden mudo
A mi lado se hunden treinta días invisibles
Lentamente se hunden en el agua casi congelada
Caen como agujas de abetos (pero los abetos son falsos)
Existe un zoológico en la nieve, un pájaro bajo la nieve
Treinta renglones para fijar la disolución:
Comienzan los rituales de control del hombre escrito
Piensa una mirada de gárgola sobre los tejados rotos
Respira académicamente contra un muro
—Contra el salitre que es sal que muerde—
Dispuesto a subir una escalera débilmente iluminada
Su cuerpo a punto de perder equilibrio o “propenso al
desbordamiento”
Siempre atento a la fábula de la vida observen la navaja
de afeitar en el lavabo
El periódico es ilegible sí pero hay luz tras las persianas
Son los cultos solares, la vibración del día técnico

Líneas de fuga para no ensordecer, lámpara lateral
como cielo interior, viento consistente y metal enfermo

Es el hombre escrito, es el hombre escrito
Justo en el momento en que mejor sabe
Conoce el sauce en la nieve, el sauce de mañana
Los pensamientos de la vida junto a su cuerpo opaco
Amigos que su mirada o su mano podrían tocar

Solo con lo que ha destruido cada quien está solo con lo que ama
El fondo blanco de las palabras despeja lo que ve
La furia de los cuerpos entrampa lo que dice
Un punto de agua en la tierra apasionada detendría
su caída

Salvador Gallardo Cabrera

Salvador Gallardo Cabrera

Escritor mexicano (Tanque de los Huizaches, Aguascalientes, 1963). Es doctor en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), donde es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras y en la de Arquitectura. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Cadencia y desprendimiento (Instituto Nacional de Bellas Artes, Inba, 1983), Sublunar (JGH Editores, 1997) y Estado de sobrevuelo (Bonobos, 2009), y los libros de ensayo Las máximas políticas del mar (Colegio Nacional de Ciencias Políticas, 1998), Sobre la tierra no hay medida —una morfología de los espacios— (Libros del Umbral, 2008) y La mudanza de los poderes: de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control (Aldus, 2011). Sus ensayos y poemas han sido recogidos y traducidos en antologías, revistas y suplementos literarios de México, así como de Canadá, España, Estados Unidos, Francia y Rumania. Es miembro del consejo editorial de las revistas Sibila (Brasil) y Tierra Baldía (México). Ganador del Premio Nacional de Poesía Joven (1983).
Fotografía del autor: Silvia Mora Niño.
Salvador Gallardo Cabrera

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