Hay un cuerpo entre las dríadas
De silencios está bordada la noche.
¡Ay, cuántas muertes hay que cargar!
Sobresale entre sorbos de whiskey una muda alma,
que contempla al cuerpo colgado entre dríadas.
Desde el camposanto arriban cientos de
larvas, trepando por aquel verano,
mientras las velas encendidas
alumbran al atrapado cuerpo.
La vida está en el vacío,
va y viene por cada salón deshabitado.
Desde la orilla de un bar,
la muerte se ve tranquila.
Este pueblo anémico ya casi
tantea la crueldad del cielo.
Al final de la noche, hombre y abrigo desaparecen,
mas sus hondas penas no paran de vegetar.
Canto de domingo de pascua
Tiende tu celeste brazo y sálvame
de este demonio que me corroe las paredes.
La noche es horriblemente extensa
y no para de silbar en intensas páginas.
La lluvia pasa de largo y el fin no llena su abismo.
Ábrete paso y adormece los pies,
ahuyenta la fría sombra que me acompaña.
Cansado, el cazador tira su hacha y se sirve un amargo café,
de a pocos la cabaña pasa a ser morada de viles brujas,
listas a devorarse a otro tímido corcel.
Tú, majestuosa criatura, compadécete
del jarrón quebrado y junto a tu blando pecho
permite que descansen mis restos.
Me incomoda el verano
Mudaré hasta encontrar una ciudad
de continua lluvia.
Envejezco y permanezco cerrado
como un erizo, inhabitable.
Todo acaba en tus manos:
el corazón por ejemplo,
ha muerto.
Mudaré hasta encontrarme.
Aquel pequeño mundo
Cuando el mundo era pequeño,
cabía en una pequeña vereda.
Los adultos se reunían en derredor de la baba celestial,
y en la humareda de historias cuando abrían el campo.
Los pequeños, como murciélagos, jugaban entre los árboles
y los jóvenes novios, se sujetaban en el marco de la puerta.
Cuando el mundo era pequeño,
un tambor sonaba en la noche,
y Jorge Artel, abrigado por el ron, ya le estaba escribiendo.
- Cuatro poemas de Dago Rodríguez - miércoles 11 de abril de 2018


