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Poemas

domingo 6 de mayo de 2018
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Ingrid Valencia

No hay poesía escrita por mujeres, la poesía pertenece al lenguaje y la tradición. La escritura no es género, la obra poética responde a necesidades y circunstancia vitales. La poesía de Ingrid Valencia escapa de los temas corporales de la femineidad, que han sido condicionados por el comportamiento moral y las prácticas corporales. En esta breve muestra se trasmina un eco del pasado de la poeta, la memoria entre los versos, una angustia que no termina por irse. Los poemas dedicados a Paul Celan reflejan un tema, el cuerpo, modelado de diversas maneras y, posiblemente, la corporeidad sea la manera de materializar tal ignoto pasado.

Fernando Salazar Torres
Responsable de la selección

De la serie Voces actuales de México

No se camina solo,
los que vienen, los que fueron
escuchan el crujir de las pieles,
las que nacen, las que cambian.

Vamos en fila sin formarnos,
—lo que anda no tiene forma sino hueco.

Hueco de lo veloz, lo centrífugo,
—ojos de cóncavos aires, el paisaje.

Ciegos, nos llaman,
quienes, sin ver, te vemos andar.

No se camina solo,
los que vienen ya fueron
de la piel a la forma:
un rodar, una máscara parlante.

 


 

Es cuestión de mirar,
atraer la luz del agua
caída por la noche.
Agua que se llena de insectos.
Agua que baja de la espalda,
que suda las manos.
Es cuestión de mirar
las grietas que se forman
cuando la sequía
es un objeto que se alza
con imprudencia.
El ruido, el goteo
enciende los ojos de la tarde.
Los días hinchan sus esquinas blancas.

 


 

Veo labios dentro de mis labios.
Veo manos dentro de mi boca.
Veo gente en el vidrio.
No hay más tierra ni casa,
sólo un rostro en el muro.

Me parezco al ruido de la carne
cuando tiembla.

He esperado mi regreso,
cada tarde escucho
un zumbido lagarto
en la esquina.

A veces, hay una flauta.

Vuelo dentro de la mano
y alcanzo la luz alfombrada
de un viento que sube,

uno capaz de romper, acudir,
besar las moscas de mis dedos.

Prometí llegar de la sed,
y tocar a la puerta
con mi equipaje,

abrir el rencor de la garganta
y parecerme más a lo que soy.

Hablo de sobrevivir.

La espalda arde con el día,
añeja la espera, lo ridículo
de las uñas cuando se tuercen
y se cae la piel a pedazos.

Dar forma es
quedarse allí sin comenzar,
traer el nudo,

recoger lo que sobra
después de nombrarnos.

 


 

Atrás, donde los pliegues
de la memoria corrompen
la quietud del estanque.

Donde el cuerpo se sumerge
tres veces en el mismo sueño.

Atrás crece la sospecha
del tanto blanco
en medio de la tarde.

Y, al fondo, esa línea
ahogándose.

 


 

Siete cantos a Paul Celan

El agua cae
con su impureza
más bella.

 

I

Es de vidrio un eco.
Es la playa un jardín
de pieles plásticas
tendidas como puentes,
como una habitación
llena de feroces manos
abiertas como el fuego,
encendidas como orillas
que han dejado su marca,
su respiración caída
en el oleaje de luz.

 

II

Como una habitación
llena de feroces ojos
con urgencia de mirar
un infinito en la piel,
es de vidrio un eco,
son de piedras las voces
que arroja el tiempo
con sus tonos circulares,
con su frialdad de acero,
con sus ruedas vencidas,
con sus dominantes pasos
escuchados en la noche
durante la vigilia.

 

III

Algo rompe lo lejano
como un medicamento
que adormece la calma.
El vaivén de los insectos
hace tregua con la arena,
con el polvo enterrado
en las comisuras de ayer.
El eco es traslúcido,
es ardor en lo indecible,
es atropello en zigzag
como la lluvia inocua
que moja la enfermedad,
como una huella negra
al fondo de los caminos,
como un espejo ya azul
detrás de un arma fría
sumergida en el viento.

 

IV

Llego de los ecos grises,
de los pasillos de cristal,
de un mundo al reverso
de la hoja de un árbol
que se agita y muerde
los sonidos de las risas,
de las lágrimas ya secas
por la tarde que avanza
hacia las palabras rotas
también quebradas en eco,
en polvo que ingiere
los soles de la infancia
los soles de lo húmedo.

 

V

Respiro como si entrar
fuera ya lo adecuado,
fumo la cárcel nocturna
de un agitado muelle
anclado a los dictados
del agua que me suaviza
las formas de repetirme.
Convivo con la maniobra
de abrir y cerrar frascos
de abrir y cerrar días,
de beberlos detrás de mí,
de un rostro con pliegues y ansia.
Olvido el asir de la voz,
desperdicio las horas
en una rotunda huida
hacia el bosque de los nombres
que me dividen en sombra.

 

VI

Así es el eco, la paz,
un presentir de las pieles,
las ojeras, los cabellos,
la pupila amniótica,
el deseo de la mano
que toca lo ya perdido,
lo oscurecido al ojo.
Es de vidrio un eco
que empuja el amanecer
que inunda el valle verde
y rocoso de la espera
como gotas invasivas
que trepan por las paredes,
que traen un coro frágil
de años en la lengua.

 

VII

Escribo como quien viene
de una casa habitada,
llena de feroces manos,
abiertas como el fuego,
encendidas como orillas.

 


 

Anaqueles con frascos

Creer en las horas que se reúnen
como el césped recién cortado
abrir los lazos que anudan
el ruido de la espera,
contar los frascos,
medir el líquido sonido
que va cayendo
junto a los rostros
que se desvanecen,
que se mezclan,
que alimentan
los diáfanos gritos
de la pérdida.

 


 

He de poner un dedo en la cicatriz que gira
—y también avanza—
junto con las ciudades
que se quiebran y hunden.

Sospecho que he nacido
en un tiempo que se va,
que me lleva a las orillas,
a los límites del alba,
de la máquina danzante

donde soy junto con otros
un cuerpo más que tirita,
que envuelve la mañana
con su furia inútil.

La mirada se pierde:
convivo con estos ojos,
los cargo, los alimento
con mensajes, con anuncios.

Esta es una forma de comenzar,
de extender una pregunta
sobre la calle,
de respirar, de envejecer,
de salir, de traer de la noche
una piedra de años
que rompa las vitrinas
y ofrezca el rugoso imperio
de lo acabado.

 


 

La noche de todos

Son nuestras las palabras
que abandonamos,
nuestros los astros
que nos acercan
al lodo, a la cruz, al círculo,
a la cadena de humanos
que gritan y cantan.
Son los senderos de ayer,
los de mañana,
las hojas de los árboles,
el viento, las bocas, la rueda,
la silla, la escalera,
el columpio y los ojos.
Son nuestros los lenguajes
que olvidamos, los entierros.
Así vamos llenos de objetos,
de costuras, de manos prestadas
hacia el último día,
la noche de todos.

 


 

Soy

Soy la roca lanzada
hace ya varias horas
a la orilla de la calle,

de la ciudad negra
que me nombra.

 


 

El siguiente día

El siguiente día se ha caído,
encuentro la sala de los tuertos
que danzan la circular maniobra del despilfarro.

Salivo las canciones de lugares extraños,
me envenenan para dormir.
Pero el siguiente día se ha caído.

Veo un satélite, lo señalo.
Ellos me escuchan cantar.

 


 

Intacto

Certeza es la piel reflejada en el agua.
Son las manos que navegan en lo profundo
hasta que alguno niegue el horizonte
sentado en la piedra blanca de la vejez.

Aún hay tiempo para nombrar
bajo la montaña
la luz que se escurre en el polvo.

Los árboles fugaces
comienzan a teñir el paisaje
de afiladas grietas como venas en la noche.

La ciudad se repite
con su constelación hostil de ojos,
negando el pulso del sol en las sienes.

También
el amanecer
se conserva intacto
contra el mar.

Ingrid Valencia
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