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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Poemas de Eduardo Casar

• Miércoles 1 de agosto de 2018

Eduardo Casar

Ahora presento a un poeta que, además de cultivar la creación y el ensayo, difunde el conocimiento literario y cultural a través de la televisión y la radio, medios muy importantes para el campo social de México. La poesía de Eduardo Casar transita en el lenguaje cotidiano, conversacional, un camino muy difundido y cultivado en la retórica y poética. Va del corte libre, la silva, el poema en prosa y el fragmento. En ciertos momentos se acerca a la poesía híbrida por combinar diferentes niveles de enunciación.

Fernando Salazar Torres
Responsable de la selección

De la serie Voces actuales de México

Sima teológica

¿De qué tamaño tendrá Dios
el corazón?

¿Le late a Dios, o
lo tiene detenido?

Debe ser más impresionante
que la mezquita de
Casablanca por adentro:
ya me figuro el ventrículo izquierdo,
su bóveda celeste tiñéndose de rosa,

las amplias avenidas de aquellas venas cavas

y el abismo de su aorta descendente,
o el sonido de la válvula mitral
abriéndose y cerrando su portazo
de cuatrocientos chelos enfrenando al concierto.
Y la sangre ¿ha de ser transparente?
Si nosotros, pedestres, desplazamos
cinco litros de sangre por minuto,
¿cuántos desplaza Dios, si es que le late?

Si nuestro corazón se mueve
y toca sus tambores al margen de nuestra voluntad,
¿el de Él ha conseguido toda su autonomía?

¿O depende del capricho y del menor descuido?

¿Y si no tiene Dios ni corazón ni páncreas,
ni tejido esponjoso ni cerebro?

¿Y
si Dios está vacío?

 

Tu voz dentro de mis palabras

Por qué no te desnudas las manos.
Por qué no me atraviesas con la boca.
Dentro de estas paredes el mundo se completa,
muerde a la tierra el mar y el viento
le estremece la espalda, el arco donde el sol
hunde sus manos. Saliva extensa, intensa,
sudor, noche y planeta. Por qué no me separas
los dedos con tu boca, las piernas con la llamarada
flexible y negra de tu cabellera.
Viájame por la sal, aprieta mis raíces.
………No existiremos luego
y no existimos antes. Súbete en los colores
del día que va emergiendo. Abraza al bosque entero
y cúmplete en un vuelo desplegado. Combina el filo
entre la muelle densidad del agua.
Yedra tu corazón y que la vida estalle
y la respiración
sacuda su estructura y se desencadene.
Mira cómo me muevo entre tus brazos.
En tus manos desnudas, plenamente desnudas,
con la voz sin ropaje y el gemido
que tus labios retienen en mi boca.

Cierro mis ojos dentro de los tuyos.

 

La otra

Agarrar a la sombra por los hombros.
Encararla. Decirle sombra recuerda que eres mía.
Argumentar con ella. Escuchar
sus razones oscuras,
pulir los argumentos
y tratar de que adopte nuestra cara.

Poco a poco
convencer a la sombra de volverse un espejo.

Y luego darse cuenta de que no tiene caso
el esfuerzo invertido (ni el precio del espejo)
porque al pasar el tiempo nos desaira la sombra.

Porque tanta insistencia, durante tanto tiempo,
la fue volviendo noche. Y desaparecemos
cuando lo cubre todo.

 

Estimado

Vivir en una cúpula debe ser muy difícil.
Sobre todo que es curva y tú vives adentro
y de dónde, la verdad, agarrarse.
Afuera andando el aire,
pero tú no lo sientes ¿o lo sientes?,
porque el aire lo siente, también lo siente mucho:
al aire las esferas lo desairan.
A los que viven dentro se les nota
porque engloban la voz y tratan siempre
puras profundidades, casi nunca paredes,
haciendo referencias que no acuden
y partiendo la plaza sin poder repartirla.
Hasta el punto de que con poca edad
llegan a ser lo que quisieron siempre:
los poderosos sabios de la esfera.
Se me ocurre otra cosa: vivir en una cópula vulnera.
Debe ser más difícil por la línea frontera
de las anatomías donde nunca se sabe
si son tuyas o mías.
¿Y entonces ya qué hacemos:
nos vamos por el lado horizontal
o enderezamos a los planteamientos?
O mejor: ¿por qué no le quitamos
la unidad al poema y nos vemos afuera?

 

Estatura de estatua

Mi estatua va cambiando con el tiempo.
Poco a poco y sin que nadie sepa
ni le lleve la cuenta
como que ha ido variando ciertas posiciones,
ciertos ángulos nórdicos, cierto pliegue invisible.
Hace ya unos veinte años
cambió el peso del cuerpo
de una pierna a la otra,
pero lo hizo de noche y hasta estaba lloviendo,
y nadie se dio cuenta: al otro día, cuando el agua se seca,
muchas cosas, nosotros, ya no somos los mismos,
hasta las plantas crecen y miran hacia arriba
cuando el agua se seca. Hay incluso personas
que miran hacia arriba.
Y es que a mi estatua el frío
le tiene sin cuidado. El aire le hace
lo que el viento le hace
a la estatua de Juárez, que está cerca.
Mi estatua ha visto niños que ya tuvieron hijos
y que ya se extinguieron.
Cada milímetro chico de segundo
mi estatua está cambiando. Para el canal de hormigas
sí resulta un problema, pero tú dime a quién
le importan las hormigas: no son osos polares,
no son pandas.
Cuando los zopilotes sean de hierro forjado
mi estatua empezará apenas a intentar preocuparse

 

El rey

Allá va el tiempo pero va descalzo,
somos nosotros los que le colocamos
botas en siete lenguas cuando menos
porque queremos que nos deje huellas
para reconocerlo y para que alguien
reconozca el diseño que le hicimos
y nos deje algún premio entre las manos.

Pero el tiempo es el rey y va desnudo.

Que nadie diga nada solamente
por hacerse presente. Hay que tener
el valor de callarse y dejar que se siga
sintiendo la gran cosa.

De todos modos todos ya nos vamos.

 

Darle a la sangre

Darle a la sangre un ritmo.
Darle a la sangre voz y viento.
Darle a la sangre el golpe cierto de la sombra.
(Cuando juegues a estar solo
nadie saldrá a decirte
no lo estás
estoy contigo,
aquí estamos sobre el pasto
mirando la luz herida
los dos.) Darle a la sangre voz y viento,
intemperie y sótano al mismo tiempo.
Darle a la sangre el ritmo de la plata derretida,
intervalos de gota y catarata
entre las venas y los huesos blancos.
Darle a la sangre paciencia
hasta hacer de la piel
una sombra que brille.

 

Estamos ya por fin

Estamos ya, por fin, solos por fin. Solos los dos en una habitación que empieza a serlo; bajo la luz, inmóvil casi, de un foco con la forma de una llama invertida. Y la luz nos coloca en evidencia, nos resalta las nueve dimensiones que logramos sumando nuestras sombras. Aquí, sin la amenaza de ser interrumpidos, una mujer y un hombre completamente desnudos debajo de la ropa. Solos de cuerpo al fin entero, con la única vida que se nos dio latiendo entre la sangre, dividida entre dos, multiplicando su follaje y sus rutas. Nos miramos fija, mutuamente, ninguno más adelante o más atrás y la curiosidad duplica su espesura, pasa del uno al otro en equilibrio sobre la cuerda que tiende la mirada, repasa su tensión, comprueba las proporciones de su flexibilidad y su firmeza. Si todo entonces fuera como un dibujo habría que dibujarle cierta inclinación: comienzo a escucharte y son dos los que se inclinan. Tú me escuchas también y a mis palabras se ciñe la savia arboladura, la humedad y la hiedra de un atento vaivén, porque tú me escuchas lentamente, me levantas preguntas y te pliegas. En un despliegue atento, una sola avidez la que nos articula, un mullido muelleo nos confirma y sorprende. Escucharte. Escucharte completa. Entre los dedos tomas suavemente una fresca palabra ensalivada y pruebas el resorte de sus significados, su escapatoria cálida, sus precisos avisos. Yo te voy escuchando los flancos de las 32 frases más rotundas y plenas. Escucho la silueta y el peso de tus dudas enhiestas que se dejan vencer y se propagan y buscan cada vez más hondas certidumbres. En silencio el silencio va creciendo en el fondo del vientre su semilla —alud inverso de algodón silencio— y yo te escucho y tú y yo nos escuchamos donde los interlocutores se disuelven y la curiosidad, adolorida casi, se enarca y se fascina.

 

Epitafio

Y allí, bajo la tierra,
el árbol ramifica otro follaje,
dúctil y penetrante,
como dotado de una
voluntad de silencio.

No es el viento el que mueve
ese ramaje interno.
Es la humedad y es otra lentitud,
serpiente multiplicada y armoniosa
bajo la oscuridad compacta de otro cielo.

También ese bosque
caminaremos juntos.

Eduardo Casar

Eduardo Casar

Escritor mexicano (México, DF, 1952). Doctor en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), en cuya Facultad de Filosofía y Letras es profesor de tiempo completo. Ha publicado los poemarios Noción de travesía (Ediciones Mester, 1981), Son cerca de cien años (Unam, 1989), Caserías (Unam, 1993), Mar privado (Conaculta/Instituto Cultural de Aguascalientes, 1994), Parva natura (Plan C Editores/Conaculta, 2006), Habitado por dioses personales (Calamus/Instituto Nacional de Bellas Artes, Inba, 2006), Ontología personal (Conaculta, 2008), Grandes maniobras en miniatura (Gobierno del Estado de México, 2009; Universidad Iberoamericana, 2011), Unos poemas envozados (colección Voz Viva de México, Unam, 2012) y Vibraciones a 500 metros (Parentalia Ediciones, 2013), así como el libro de cuentos para niños Las aventuras de Buscoso Busquiento, en colaboración con Alma Velasco (Grijalbo-Conaculta, 1994), la novela Amaneceres del Húsar (Alfaguara, 1996) y el libro de teoría literaria Para qué sirve Paul Ricoeur en crítica y creación literarias. Fue profesor de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) durante veintiún años. Condujo los programas Hacia el filo de la noche (Radio Unam) durante cinco años y Voces interiores (Conaculta) durante trece años. Es coconductor del programa de televisión La dichosa palabra, transmitido por el Canal 22, desde 2003. Es autor del guion de la película Gertrudis (1990), dirigida por Ernesto Medina. Ha recibido, por un trabajo colectivo, el Premio Nacional de Ensayo Literario “José Revueltas”, en 1976, y de forma individual el primer lugar en poesía en el Certamen Internacional de Literatura Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz (2009) y el Premio Universidad Nacional 2015 en el campo de creación artística y extensión de la cultura.
Eduardo Casar

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