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Segunda tentativa

lunes 20 de agosto de 2018
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Eduardo Cerecedo

Ahora se presentan fragmentos de un poema social de Eduardo Cerecedo. El estado de México es una de las entidades con mayor índice de homicidios en el país. Este poema habla de la violencia vivida en esta parte del territorio mexicano. La forma elegida por el poeta, el poema en prosa, está vinculada con el ritmo que el autor quiere trasmitir al lector; por ello, el tema, de contenido social, político e ideológico, adquiere un tono denso, pesado, más descriptivo que narrativo. Se da testimonio de diferentes hechos reales; la incorporación del medio periodístico igualmente resalta en esta breve muestra.

Fernando Salazar Torres
Responsable de la selección

De la serie Voces actuales de México

I

La campana blande del día, una naranja partida de sol que bebe el viento al primer grito de sopor, el tiempo hiende su diente suave al fulgor de los que caminan hacia la ciudad, mantas y mantas recubren el vacío del aire por afilar la voz de piedra, una estatua de ciudad avanza en su vértigo, declina la angustia en los ojos, justicia, justicia a los olvidados claman los campesinos que fuman delicados, el café lo llevan en la sangre, allí donde el corazón maja lo recóndito de su fuente. “Pinches güevones”, gritan los del sentra rojo que más adelante se impactan con el materialista cargado de asfalto para resanar lo irresanado, allí cambia el viento de dirección.

 

II

Comanda la furia, los cables, los teléfonos, el internet, los diarios amanecen rojos, amanecen con un aire desfigurado, el temblor de los árboles baja con la sombra del día que avanza hacia algún cártel, hacia la plaza pública, hacia los malecones, hacia plaza galerías de alguna ciudad partida como el limón sobre la mesa de la tarde.

Amargo el tiempo se desfigura en los rincones del vértigo. Dan las noticias por la radio y la voz del locutor se enardece, traga saliva para subsanar el nudo en la garganta ahogado aún más por la corbata.

Mientras los partidos políticos afilan sus armas para enlistarse en la terna de convocantes. Nada hará que la economía se venga en picada como al inicio del proyecto presidencial. Así otea la circunstancia sus adornos cotidianos.

 

III

“Otro colgado del puente”, dicen los encabezados de los diarios, la nota que se presume tenía el cadáver, ha caído al río. Portadas y contraportadas lucen el crimen del país. Finalmente agregan “Enamorado no correspondido decide quitarse la vida”. Se lee en la nota encontrada en la bolsa izquierda de su pantalón. Los tenis del occiso desaparecieron, los calcetines amarillos del club América, presumen de un par de moscardones que vuelan de los pies a la cabeza.

 

IV

Con música de Ramón Ayala avanza el tiempo montado en su circunstancia o puede ser cualquier ritmo, la cosa es que el agua arde en las acequias de la ciudad, se pudre la tarde que presurosa ha llegado a la cresta de las horas. Un mar de silencio explota en el aire. Sirenas dejan caer el décimo rasgueo del vacío en los estómagos de los habitantes. Es septiembre y se enardece lo patrio en la garganta, cantos, reclamando la unión de los países, la libertad de la voz, una fecha que tatúa la niebla en la moneda al aire. Entonces Moncayo es un títere del corazón que se esplende a fuego lento en la sangre.

 

V

A guisa de soliloquio tartamudea el sol en los frutos regados en las calles, una florería es la cara solar de los ramos. Flores, veladoras, llanto el incienso que lame el clima por instantes. Mujeres derrotadas, niños en asombro, hombres a salto de mata se abren el pecho clamando venganza. En los ataúdes se va la siembra de temporal, se va la alegría prometida con la sonrisa apostada en la oscuridad, donde la luz más amarga que los imecas hacen de los ojos la pólvora que ha de brindar la imagen a los diarios para editar: llueven micros, un colgado más del puente equis, descabezados en el periférico, baleados caen en el boulevard de la zona costera. Los semáforos pierden el control y el día parpadea para unirse al decir de la ciudad en su gente.

 

VI

Amanece roja la mañana, la ciudad reclama su aurora con vientos que hagan nuevo los minutos. Los periódicos se detienen en la cifra de los sin cabeza, de los sin brazos, de los sin piernas. Una portada de película de terror guardan hoy los ojos, también enrojecidos por enero, voces comentan lo ocurrido. Pero las horas cabalgan por el abismo del día.

Flores, aromas; chicles masticados cubren el piso, el sueño corre a lomo de camionetas, sirenas encendidas le dan brillo a un sol que entre el cielo se esconde, como la moneda guardada al aire de José Emilio Pacheco. Así el hueco del estómago tal la sorpresa del hombre.

Sobre la ciudad corre el agua en sus nubes de azufre, como guardando lo de mañana, de nuevo aquí, frente al puesto de periódicos, la cita.

 

VII

Para el que no ama su patria, pero que daría lo que lleva en el pecho, para que sus reinos que la hacen, le den origen a su cuerpo. Aquí, allí, ahí, la ciudad, sus calles, imperio de encuentros: amorosos, furtivos, armados, políticos, plenos en campo de batalla. La muerte es un campo de perfume en sus muros, aferradas al camellón las jacarandas, buganvilias hacen lo suyo por cambiar la sangre por aromas iluminados que el aire riega en la mañana en ese vuelo de pájaros en otro tiempo, rayando la mañana con sus gargantas.

Cartuchos vacíos pulen las portadas de los diarios, cada vez más amarillos y no por la tarde que rabea espuma en los árboles de eucalipto, en higueras de la India arrodilladas a la barda mientras alguien corta sus entrañas.

El hombre atado al potro del temor, repara su corcel que hace y rehace en la memoria, allí abierta, expuesta al asfalto regada de frutos por las balas.

 

VIII

Y es la ciudad vacía a esta hora, donde las puertas ensangrentadas intercambian sustancias por aromas, cae la mañana al redoble de tambores y es la bandera a media asta sostenida por el clima anunciado.

Retiembla no la tierra sino el corazón ya vacío de temblor, ante el instante que ha cobrado brillo en astillas de acero sobre la carne. Viene el color del aire guardado en ráfagas de pólvora donde la luz hiniesta sucumbe por granadas el temblor de la mano que apuñala la amplia espalda, no del tiempo sino de quietud encerrada en el puño de la bondad.

 

IX

El Presidente da su discurso.

Suena el clarín y las fuerzas armadas firmes ejecutan el himno nacional, nombres, cañonazos nutren la mañana, saludos de los bajos y altos mandos. Los dolidos aplauden, pero el gesto en la cara delata su rencor que después del almuerzo con un vino en la sangre, olvidarán por momentos a los caídos. Así transcurre la mañana de un día cualquiera, en una, ciudad cualquiera.

 

X

Así corre el día su manto de pólvora por las calles, arde en los ojos el agua natural
que beben alcantarillas antes del agua-cero.

 

XI

El fuego nunca había tenido una sola connotación y, su derivado, el de la luz, del calor, de proteger un estándar de bienestar ha fugado su esencia por la orden. Que se oculten, que se tiren al suelo, como plátanos maduros los asistentes al banquete político de la hora y fecha señalada. Aquí no ocurren cosas de mayor trascendencia que la huida. Parafraseando al poeta tabasqueño, anulo ese orden por la nostalgia del silencio al abrir un libro de poemas.

Eduardo Cerecedo
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