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Cuatro textos de Diario del buen recluso, de Sergio García Zamora

lunes 13 de mayo de 2019
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“Diario del buen recluso”, de Sergio García Zamora
Disponible en Amazon

Diario del buen recluso
Sergio García Zamora
Poesía
Premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya 2018
Erein Ediciones
Donostia (España), 2018
ISBN: 978-84-9109-292-6
76 páginas

Diario del buen recluso I

Qué hacer si he perdido las llaves de mí mismo. Qué hacer si soy un niño que se asoma al pozo de la noche. Cárceles, sólo veo cárceles. Calabozos concéntricos donde cada uno resulta a la vez reo y carcelero. Afuera es otoño, pero afuera de una prisión siempre es otoño. Podrirse como el otoño, todos los poetas deberían podrirse como el otoño. Todos los poetas a gusto en sus celdas de costumbre. Todos los poetas con sus cadenas larguísimas que no sienten. Afuera alguien llora, pero afuera. Qué hacer si he perdido las llaves de mí mismo. Qué hacer si nunca he nacido al otro lado de los muros. Ahora han cerrado definitivamente todas las puertas y no queda nadie, nadie que pueda mirarme dentro.

 

Tren de Occidente

Un tren fantasma (fantasmal) recorre Europa. El tío Marx se pone su gorra de maquinista mientras el tío Engels alimenta la caldera. Un día subí al tren (muchacho de pueblo que yo era) porque quería tocar la campana. Pregunté: ¿el tren es tuyo, tío Marx? ¿O el tren es tuyo, tío Engels?, pero ellos se rieron con sus barbas espléndidas. El tío Marx se quitó la gorra y me la puso, mientras el tío Engels lanzó otra palada de carbón y me palmeó el hombro. Si ustedes no son los dueños, insistí, ¿en cuál vagón viajan los dueños del tren? pero resultaba obvio tras la mueca que me hicieron: los dueños del tren jamás viajan en el tren por miedo a que el tren se descarrile. Mejor ser los dueños de un tren descarrilado que los muertos de un tren descarrilado. Creí que lo más prudente era tocar la campana y bajarme. Un tren ajeno es un peligro cuando se toma por un tren propio. Cuando ya habíamos recorrido suficientes vidas, pregunté: tío Marx, tío Engels, ¿hacia dónde va el tren? entonces ellos me miraron serios, es decir, teóricos. En ese momento el tren se adentró en un túnel que todavía dura. Si aún no me bajo es porque quiero que me respondan cara a cara.

 

Los imperativos

Como Galileo Galilei probar tu condición humana frente a los enseres de la Inquisición. Nunca como Giordano Bruno porque Giordano Bruno nunca deja opción. Preguntar a cada poeta si es un Giordano o si es un Galileo. Como Giordano Bruno probar tu condición humana en el fuego de la Inquisición. Nunca como Galileo Galilei porque Galileo Galilei siempre deja opción. Preguntar a cada poeta si es un Galileo o si es un Giordano. Como la Inquisición probar la condición humana. Preguntar a cada poeta de un país sin héroes, de un país que necesita héroes. Comienza por Bertolt Brecht.

 

Terapia de choque

Es cierto: Antonin Artaud confiesa haber padecido más de cincuenta electroshocks. La mitad bastaría para dejar a un hombre tonto, pero a él lo volvió un genio. O lo que resulta peor: Antonin Artaud era un genio que pasaba temporadas de reclusión en sanatorios mentales. Pero eso nunca importa al lector que se cree el ombligo del mundo. Ya quisiera verlo mordiendo la goma mientras los voltios pasan y pasan por su cuerpo, voltios iguales a autos deportivos por una autopista. Ya quisiera verlo sin poder distinguir (como sí distinguía Antonin Artaud) que la enfermedad es un estado y la salud no es sino otro. El lector que soporte de veinticinco a cincuenta electroshocks, tiene mi respeto, aunque se quede tonto por querer volverse un genio.

Sergio García Zamora
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