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Odas de Luis Enrique Yong

viernes 24 de mayo de 2019
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Oda al conoto
Ave mayoritaria

Conoto negro, conoto del cielo,
conoto que vuela al nido blanco; agresiva criatura de Dios
o verbo amenazador
a mi cabeza adverbial.
En el ámbar de tus ojos
la suspicacia y la agudeza, y en tu pico de alfiler
el tajo que lacera al insecto.
Para ti el civismo no está hecho,
tan sólo hay breve gracia en tu plumaje quemado aunque refleje umbría
y aspereza; parecieras al volar a una jara hostil
rasgando la atmósfera.
En las tardes
cuando el sol no arroja
su golpe pálido a los ojos, la asamblea se convoca sobre el árbol
y el gorjeo escandaloso pero festivo
apaga la monotonía de la hora.
Y eres como la hojarasca en el otoño, como las ondas del río dinámico,
como los anillos que señalan la edad del árbol centenario, eres el garabato avícola
de mi ciudad,
en fin, el ave mayoritaria adaptada
al pavimento.
Comes el pan rancio como comerías al insecto, pues hay hambre en ti
al igual a toda criatura.
Al lavar tus alas
en el charco de la plaza
me recuerdas la indigencia en ella y en las calles:
losas mugrientas y carcomidas, cementado necesario,
una nueva estructura requerida.
Cae tu plumón negro
en los rincones de mi ciudad negra, de mi ciudad doliente;
es el rocío negro que le llena de vida, de fauna
y alude esperanzas. Llénale sus alrededores con el vuelo de luto para consolarle
su nostalgia, cuando la tenga, su amargura, cuando la tenga.
Aunque te alejes a otro sitio
donde no se te vea,
se tiene por innumerables tus bandos
y por arisca tus picotadas, pues eres, el ave mayoritaria.

 

Oda a la garza
Ave minoritaria

Porción de nube casi extinta,
barba de nácar casi esfumada del océano, blanca sombra en el ocaso.
¡Oh garza!, ¡oh garza!, tu masa ligera y definida vuela ocasionalmente
ante mis ojos y ante estos horizontes nostálgicos.
Eres como el suspiro de ayer,
sin recordarse la hora de su estallido; inmemorial, fósil, extraviado.
Y cuando apareces, exótica pluma y caucásica, agitándose en los agitados
minutos de mi ciudad, ensuciándose con smog, la amarga transpiración de la tarde,
eres el rezagado aliento de consuelo surgido de no sé dónde.
¿Qué se han hecho
los bandos en masa de tu especie?
Ante el golpeteo de la rutina de estos derredores,
te han tirado como una piedra más, como resto para el relleno,
o ladrillo despintado y roto para el terreno baldío.
Aunque no te aprecien,
yo te aprecio;
aunque no señalen un segundo de ti, yo te señalo en el instante que crece, ave minoritaria.
Aprovecho la ocasión presentada para atesorarte
y así cuajarte en la añoranza
cuando sea vulnerable mi pecho metálico, pues conoce, ave minoritaria,
que a veces
es quebradizo como cristal al suelo, y el posible llanto
tan susceptible a brotar
como el vapor de las aguas termales al aire.
Las fechas interrumpidas a tu protagonismo hacen a la atmósfera indiferente, enfermiza;
los árboles palidecen,
tanto sus cortezas se vuelven ásperas tratando de rasguñar
los suspiros;
y el desorden de la muchedumbre presionan las avenidas,
y el embotellamiento, y el estrés,
y el hedor,
todo es humo pesado a los pulmones.
La apacibilidad se condensa en la copa a tu descenso, distrayendo por instantes
la infinita monotonía.

 

Oda al tomate podrido

Mohíno, desplantado, palidecido y quejoso,
casi sin empeño, el tomate podrido se halla.
Entre la zanahoria aristocrática y la papa rechoncha,
cofrades de ensalada,
lo consuelan en la despensa. Tiene magullado el semblante,
su jugo es insípido para la salsa…
¡tomate, oh, tomate,
en qué suplicio zozobras!
Venía optimista del mercado
escogido entre los víveres en oferta soñándose en un guiso,
ahora el orgullo tiene desabrido para nunca más volverlo a madurar.

Ha perdido el lugar en la olla
y no se verá delirante sumergido en el aceite,
el aceite efusivo para sofreír, y los tufos potásicos
no impregnarán
la mantelería de la cocina. Llora la cebolla,
el ají muerde sus labios para no gemir,
y la auyama sugiere un minuto de silencio entre las frutas y los vegetales;
el duelo ha roto
la indiferencia en la nevera. Para nutrirme de él esperaba rebanarlo
en delgados discos sustanciosos para hacerlos rodar en el almuerzo, pero es indigesto;
debo arrojarlo sin remedio. No más, no más de ti, fruto sin esperanza,
rojo diamante sin gloria.
Era la exuberancia en la despensa muy espontánea,
entre las provisiones, franco, objetivo.
El jugo le sangra por toda su esfera como agua fluyendo
en las rajaduras de la vasija gastada, y no titubeo
para echarlo al basurero.

 

Oda a las formas en S

a trazo con esmero sobre la hoja o al trastabillar en mi ebriedad, me encapricha
sus ligeras líneas de vapor.
En las tardes se cristaliza
en la garganta del viento, es la consonante del viento.
Mujer en perfil
de andinos pechos y trasero elevado.
Adicta de las curvas, onda duplicada del mar, bucle de grafito
o de trigo.
Las razones de un suspiro van a ti
tan viajeras,
como piedra arrojada por la honda, presagiando ansiedad.
Si digo
que es un signo sugerente, es porque sospecho
en sus arcos
la cualidad para el susurro o para el secreto.
¿Siniestra?,
más bien la creo virtuosa. Tal vez haya sido
la huella forjada por un tornado sobre el suelo
en la noche de tempestades.
Una más contada
en la caja del abecedario.
Es también
la abreviatura para mi Sur, como cartel
que identifica mi huerta. Plácida,
femenina, orgullosa,
erótica en sus ademanes.
Yo no la escribo cuando escribo tan sólo para verla,
sino para percibir cada punto que la define,
o para interpretar
los patrones de sus órbitas dobles. Y tiene entre otras costumbres: adherirse en el último puesto
de alguna palabra
para engendrar plurales.
Es un entresijo
pero notoria si se ve al detalle: puede reflejarse perfectamente en un pendón al flamear,
estar en la orilla
de cualquier líquido derramado, en túmulos de arena
moldeados por la brisa, en las cimas
de dos cerros contiguos, en el quiebre de la voz de una nota a otra,
o en la letra inicial, intermedia o final de un nombre.
Las formas en S
tienen presencia infinita.

En tantos lados y circunstancias, hace pensar
que es la clave
de las cosas universales.

 

Oda al sueño

Espera un momento, óyeme,
antes
que le des tregua a mis ojos y relajes mis latidos, charlemos
para conocerte, para conocernos,
pues siempre te has presentado tomándome distraído.
Ven y acomódate, te hago un espacio
en la esquina de mi cama, no seas tímido…
¿o tímida?
Te he nombrado desde hace tiempo pero jamás te he visto; sólo sé que te adoro por alguna razón;
tal vez porque acaricias
mis músculos fatigados por el trabajo,
o pasas como antídoto en mi cráneo
cuando
parece detonar por una jaqueca. Ángel del sosiego,
fontana de los deseos, nave del mar onírico; pones
como un inesperado consejo al destino
de mis movimientos y funciones
al acabar
tu satisfactorio instante.
Creí haber oído cierta sinfonía antes de tu llegada,
¿era esa
tu voz preliminar?
¿Con ese mismo acento le susurras al cansado como al perezoso?
Eres el cereal que le da coraje a mis propósitos;
luego de un lapso sobrio o hermético,
la brisa que agita
los pendones de mis brazos; eres energía,
nervio, dinamismo, vapor.
Ya te conozco un poco más,
un poco más que antes,
pero he notado
que guardas cierto recelo y misterio,
como caverna insondable,
¿qué ocultas,
si es que algo ocultas? Además,
creo haber percibido cautela
en tus gestos
que definen aún más tus dotes.
En este segundo mis sentidos responden
con mucha pausa, seguro estoy cayendo en tus fauces
de primavera, adentrándome lentamente
e incauto
en la región de tu regazo inventor de objetos
y temas,
palpables solamente por el subconsciente. Antes que me domines, o fulmines
con tus señales, muéstrame
tu rostro y tus manos,
tus pies y tu cabeza. Sábana de la tregua, teoría del sereno, metafísica para huesos, metáfora del silencio, iluminación y noche.

Luis Enrique Yong
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