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Tres poemas de El que trajo el Pacífico, de Javier Alvarado

viernes 21 de junio de 2019
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“El que trajo el Pacífico”, de Javier Alvarado

El que trajo el Pacífico
Javier Alvarado
Poesía
Amargord Ediciones
Colección Quetzal
Colmenar Viejo, Madrid (España), 2019
ISBN: 978-84-120389-3-4
146 páginas

 

 

Urracá transitando las islas

Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas.
Lezama, Muerte de Narciso
Y éstas son aún mis reuniones contigo,
el deshielo que en la noche
deshace tu máscara y la pierde.

José Carlos Becerra, El otoño recorre las islas

Urracá se esparce a solas por la tierra, toma los caminos del agua,
Viene desde una piragua hasta sus cumbres,
Vuelve al mar
Donde lo esperan unos ojos, un cuerpo transparente
Que desbordan las llanuras como las estatuas en los líquenes del sueño.

Los ríos de Veraguas conocen su idioma, conocen el peso
De su canoa como las corrientes del mediodía
Que invaden nuestros cauces.

Urracá espera la luz en el bramido de las rocas,
En una estela azul aguardando la lealtad del firmamento,
Esas huestes limítrofes, esas huestes aliadas, esas ranas de oro puro
Que croan hasta el cansancio, hasta enarbolar una burbuja
De color
Que traspase las ranuras del aire, las estrías del aire,
Las marchas olfateadas del aire, donde buscamos
La noche equiparada del almendro, esos almendros que crecen
En la costa y dialogan en hermandad con las palmeras. Urracá viene
Como un río, como un destino, viene desde la cordillera
En su piragua, en su cayac o en alguna embarcación
De pesca artesanal, de pesca deportiva, en un paquete para solitarios
O en un paquete racional para turistas,
Pero él va a puro remo hasta las orillas paradisiacas de Coiba.
Coiba es una tormenta en medio del mar, una garra de salitre,
Una garra que succiona a las aves redimiendo la alquimia
De su cielo, una nube donde empollan las águilas
Con toda su majestuosidad y espanto, donde incuban
Los sangretoros y los azulejos y alguna garza que va zurciendo
La espuma con chillidos seculares.

Él se viene a las islas del Pacífico como un papo
Creciendo en el altar del calor más denso.
Su canoa es una medusa gravitando en las manos,
Zigzagueando en nuestras frentes.

Decidme dónde está el camino, dónde están las islas Secas.
Dónde está la isla Boca Brava sobre el arrecife, sobre la Bahía de Muertos.
Esos muertos que buscamos y se zambullen en los artilugios del agua,
Los que abren la boca y reciben los ríos, aunque los ríos enumeren
Todos los mapas abiertos de la tregua, aunque todos los soles
Acudan a ese llamamiento de la sangre, a ese venablo donde discurre un relámpago
Una carta abierta, un milagro sobre los pastos verdes de Isla Cébaco,
La isla Gobernadora es un caudal, un ser que libamos desde el sueño
En el Golfo de Montijo, una vastedad que nos seduce
Con voz larga, con una espada corta
La isla Sevilla con su oleaje como un aposento confidencial donde va a redimir la sangre
En Isla Otoque se esconden los duendes dentro de su cajita
Y dentro de esa cajita están los cinco dedos como duendes
En la Isla Palenque los pescadores retoman una danza desde la humedad
Hasta la orientación de las sales de Taboga, donde Sinán conversa con Linda Oldsen sobre el desove de los peces
Y en Saboga hay un cementerio mineral de creencias, de esqueletos
Que aún tantean la masa colosal de los diluvios
Y Taborcillo revive desde la anáfora, su tambor caliente,
Sus escenas del oeste donde John Wayne dispara al convidado;
En Contadora aún resuenan las perlas, aún resuenan las perlas,
Aún ruedan las perlas, aún ruedan las perlas que se quedaron
Y las que se fueron llevando;
La Isla del Rey se enfurece con remos de cálamo y estrella,
La Isla Iguana te saca la lengua y te adhiere a sus arenas como un peto de tortuga,
La Isla de Cañas va a la deriva como los astros que hacen girar
El trapiche de las existencias;
En la Isla de San José alguna sangre va con su hilito originario a confundirse con el mar.

Tal vez mi sangre quedó allí en ese archipiélago.
Tal vez Urracá encontró a Itabé
Y se quedó entre una isla y otra
Y se hizo archipiélago.
Tal vez se hundan y emerjan otras islas
Y tal vez siga esa terredad transmutada en archipiélago.

Tal vez aquí está mi poesía con saudades de archipiélago.

 

Tríptico con una ley del amor para W. H. Auden

Él era mi norte y mi sur, mi este y mi oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
mi día y mi noche, mi charla y mi música.
Pensé que el amor era eterno; estaba equivocado
Auden

(1)

Sentado en las vejaciones, en los lugares sin crimen,
En las crisis paganas y espirituales
Que retozan el idioma de los siglos
Me ahuyento a todas esas evaporaciones ambiguas del café;
Me rasco una pierna
Y estrujo la lisonja verde del apio,
Mientras sueño que muerdo los pedruscos
En esta playa lóbrega,
En esta incertidumbre
De un nuevo tiempo, cazando perdices
En la arena, bebiendo agua de una piedra
Como una misericordia a voz baja,
Sin medir la irrigación del barro
Apretujado en las otras voces de los querubines
En aquellas macetas del hotel cinco estrellas
Y yo con ninguna a bordo, sólo capitaneando
El hambre del corazón, el hambre de los homosexuales
Sobre este mar que sucede en un por qué,
En medio de los establos acuáticos para los yates,
Para los sacos sin ojal y sin flor, para los caballeros
Que miran ansiosos el bulto del orfebre que pasa
O con cuidado los que se halan atrás del pantalón
Y fisgonean ese instante de lo oculto en el tacto.

Esas son las parábolas después de ver partir
Al que se ama con otra sombra equidistante,
Con otros labios menos marchitos y con menos niebla
Entre los barcos piratas de mi cabello.

Esa es la comunidad del limbo, esa es la comunidad
De las plantas y de los animales (con quien conversamos
A solas).
No hay nieve en estos lares, pero qué frío arremete
La nieve inventada, la rueda de aquel trineo
De la infancia arrastrado por lobos y por mozalbetes
De jerarquías angélicas, ¿Rilke?
Y que, desnudos, me iniciaron en el deshielo subterráneo
De los fuegos.

Ahora supongo que debo esperar, que debo terminar
De pagar mis cuotas del Seguro y que debo revivir
Todas las escenas donde la belleza fraguó
Sus donceles con arcilla, con colores, con dominios
E imágenes, ¡las excelentes metáforas! Un cayado que se recoge
En medio de las ovejas y las cabras, ese silbido del pastor
Desnudo entre los bambúes, entre los aparejos de siembra
Y el tractor que va humeando hacia cordilleras de lumbre,
Hacia soles y lunas que descansan
Sobre montañas de oscuridad, venerando ese paquete para turistas
Que escogimos juntos y que ahora es el recuerdo
De esta escena de soledad en el trópico, esa manera de volver
A la aventura y lo amado que se encadene
Allá en el fondo solitario de las piedras.

La decadencia del cuerpo que es un pacto de la piel
Con el reloj de arena en el agua, que es un pacto
De la mirada agrietada y aferrada a una sola ranura,
La satisfacción en la adolescencia lejos de todas las abuelas,
Lejos de las nanas, lejos de todas las madres
Que coléricas y tiernas evitan la polarización de la carne
Antes que otras manos te tomen de la espalda
Y tatúen sus orgasmos sensitivos
Como si un balancín se tratara, como si fuésemos
A llegar a esa otra aurora, a ese otro abismo colorado en la galaxia.

Pero ahora que solo confieso que hay instantes como mareas de olvido,
Que recorro este lugar del trópico buscando la ensenada,
El desgaste del barco y los naufragios que ocurren en tu poesía y mi poesía,
Que hay alas vegetales susurrándome al oído un vuelo planetario,
Otros hombres que persiguen mi cuerpo o lo que digo
Apresurando tomar las palabras de mis labios o que las encienda en papel
Para ejercicios en soledumbre, para esa estación violenta ya tanto mencionada;
Quizás tome a alguno de ellos de la mano, quizás tome a uno de ellos
Y se encienda el hotel de cinco estrellas, la noche intermedia del castillo,
Vayamos a algún bar, a alguna cantina o algún reposo entre cojines
Y luces que nos tragamos aplastando la niebla, más allá de todo quedan
Nuestros cuerpos amantes, más allá de todo quedarán nuestros espermas
(Esta ley del sexo y del amor)
Como gaviotas en el cielo opaco, como islas, en esta centuria a la deriva.

 

(2)

Observas ahora estos cementerios cargados de tiempo,
Esas lóbregas estatuas que hablan del mar y cambian de pose
En todo ocaso, o en toda punición de encontrarnos a solas
Con nuestros padres, con algún amante que tercie la vanguardia
De los estilos, esas barbaries que deseamos musicar
Ante todo equinoccio de primavera, huyendo en las aventuras
De nuestras amenazas y angustias, teniendo el color del polvo
En las manos, el sabor de la telaraña en la boca
Aquellos que por obediencia traían hasta tu lengua los insectos,
Los que se impactaban como meteoros, los que se encendían
Como antorchas en genotipo, como medusas de la radiación
Resplandeciéndolo todo como se debe vislumbrar la muerte.

Pero esas son otras razones, otros espacios para exponer
La diatriba de la tierra inverosímil, tú, un inglés nacionalizado
Norteamericano y dispuesto a veranear sobre estas islas panameñas,
Grabando los torsos de los lugareños y las metáforas catastróficas
Del Pacífico, aquella penúltima imagen de un gran río,
Gris como la boina de las tristezas, enorme y largo
Como una fumarata de osos en otoño, como el fuego
En la cornamenta del reno, esos lambisqueos
Del oso hormiguero entre las arrieras y las guágaras
De estos dominios; así te quiero recordar con la impronta
Del presente sobre el pasado, descorchando alguna botella
En los hielos del futuro; un camarero que rezuma poesía
En su traje erógeno, cuando nos sirve el trago y sonríe
Con su pelo fijado con gel a la cabeza, con su talle de avispa
Y los zapatos en punta, dispuesto a ser un esclavo sexual
O un terrible niño que vaya braceando la barca en el espejo.

Somos capaces de acercarnos o extrañar la luna en el verano,
Recitar sin excusas alguna estrofa de algún reino perdido

O un himno de fecundación druida sobre estas piedras
Color de centeno, color de avena, color de sangre de olvido;
Pedir excusas, aunque no nos creamos príncipes, aunque crucemos
La noche a nado, sin salvación, sin impedimento
De darnos las burbujas en azogue, en una piedad
Que se descascarilla como un fruto que riela en la estación
Y las fuerzas morales se hagan añicos como los espacios del mundo
Y la lumbre, el paño y el llanto, la obsidiana y la flor.

Quédate aquí, en este espacio de mar, en este golpe de mar
Que da a la bahía sobre las indefinidas ventanas,
Sobre esa coloración miserable de los desperdicios a flote,
De alguna campana errada sobre el cielo de estos primeros tres meses,
De estos hábitos de tocarnos los huesos sin tiempo,
Las ingles en plena calma o en álgida excitación
Y echarnos a reír como si el encuentro de las manos
Fuera un juego de ciegos o una tierna disputa
Entre machos cabríos, entre mozalbetes en libación
O entre ritmos lupinos que claman por la justicia de la cordillera,
Escondiéndonos luego en tu desván de amor
O en tu árbol de Judas, donde las hojas vienen y van
Como un silabario de invierno; estos pequeños dioses,
Estas pequeñas criaturas que aportan un estado hormonal
A las palabras, a lo que clamo aquí desde un exordio,
Desde un epilogo, desde una canción que invade
Las huestes veraniegas y las huestes afrodisiacas en el páramo.

 

(3)

como el amor que a menudo lloramos,
como el amor que rara vez conservamos.
Auden

A todos confieso que me falta un reloj
Para el amor;
Inventé una nueva ley
Para obreros y jardineros,
Para planchadoras y amas de casa;
Para empresarios y adolescentes
Que descubren sensaciones en el cuarto vecino
O en las ambigüedades de la puerta;
Inventé una ley para los centauros,
Para las noches gays en todos los lugares o sitios de ambiente;
A las lesbianas les creé un cielo con las curvas de Marlene Dietrich, de mi tía y Greta Garbo;
Temí a mi vejez y ya siento el olor perenne
De las rosas de juventud.
Hay que regarlas y podarlas,
Hay que limpiarlas de insectos y cuidar la tierra
A nuestro alrededor y descifrar el color
De las aguas que nos invaden como una madre
O un agua amniótica con todo el resplandor de su peligro.

A todos les cabrá una ley como les caben las monedas
En los bolsillos o en los monederos que se ocultan
En los senos las señoras viejas o las jovencitas
Que llevan disimuladamente un apartado
Para el menudo en el bolso, a veces poco práctico
Para las vestimentas que lucen. Ayer vi a un muchacho
Acariciar las bodas del aire en un campanario antiguo;
Siempre he tenido lascivia por los campaneros,
Hay vuelos de palomas mágicas que ya no existen.

Esta ley del amor es para fuertes y para débiles
Y para los que la soledad
Es un hombre o es una mujer
Con hábitos compartidos o hábitos diferentes.
Yo sueño que la ley es una palabra o que son varias,
La ley es un gesto o más bien una acción
O el amor también es alguien que nos mira y que quizás nunca lo sepamos.
El amor es el desenfado o la impotencia,
El coraje o el silencio
En su corazón
O en su prueba más vehemente.
El amor es todo lo que sentimos, tenemos y lloramos.
El amor es todo aquello que ya perdimos
Y que acaso conservamos.

 

Tan pacífico como el Pacífico

Desde antes…
Te retorciste toda, te rompiste los huesos,
pintada de oro, incrustada tu piel de joyas diminutas
para formar la inicial de un evangelio
Isabel la Caótica
, Severo Sarduy
Y después…

Cuando Balboa llegó al Pacífico
Se preguntaba dónde estaba el oro
Dónde podría arrebatar
Las perlas
(Un collar-un obsequio)
Para la católica
Y
Caótica
Familia

No olvides
Que a la mujer que le arrancó
El collar
El brazalete
El pectoral
Las argollas
Las perlas
Pudo ser
Tu madre
Tu hermana
Tu mujer
Tu abuela
Tu bisabuela
Tu tatarabuela

Y entonces

(El Pacífico fue una cuota más
Para desenrollar
El mapa de la muerte)

Yo, hombre pequeño
Convertido para siempre
En un istmo
Con la misma voluntad en el mar
En la tierra como en el cielo
Con el poderío
De todas las islas
Pacíficamente
Levanto
Un árbol de papaya
Para que no lo azote el viento
Un bejuco de auyamas
Para que se ahorquen todos aquellos
Que buscan el oro

Para que pacíficamente encuentren
La vorágine
De estas olas

Y por siempre

Seré un istmo

Seré un canal

Y así los seguiré engañando
De que soy tan pacífico
Como el Pacífico

Javier Alvarado
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