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Futuro

lunes 1 de julio de 2019
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Nombrar la desesperación es trascenderla.
Lautréamont

No vendo predicciones,
tengo una visión regresiva y retrógrada del progreso,
vamos hacia la deliciosa barbarie.

Las profecías apocalípticas siempre se cumplen,
el progreso
es una superstición
como cualquier otra,
desconozco la futurología…

Acumular ciencia, conocimientos, tecnología,
no es progresar,
el futuro es una pendiente
por la que empezamos a caer
desde el momento de la concepción.

Nacer es comenzar a agonizar;
el futuro quizás abriga esperanza para la humanidad.
Pero es derrota para el individuo.

El futuro es arbitrario, imposible de controlar;
ni siquiera me consta que habrá un mañana.

En el futuro nada es certeza,
imposible guiarlo, asegurarlo, enriquecerlo.

Más que cambio
el futuro implica una sensación de cambio.

Hay veces en que me es necesaria la permanencia
y la estabilidad.

Los buenos y los compasivos creen en el progreso,
en el sentido de una mejoría de la condición humana,
en una sociedad armónica, noble y buena.

En una vida bucólica, alejada de lo urbano,
de lo industrial, de lo artificial,
de la barbarie tecnocrática.

Hermosa utopía.

Por mi parte,
percibo el futuro decadente,
cuesta abajo, como el tango.

En el mejor de los casos
lo imagino como algo estático,
en el que nada pasa,
en el que todo da vueltas sobre sí mismo.

No tengo valor para imaginar el futuro.

Quisiera ser un ingenuo,
nada quiero saber del futuro,
con todo su cortejo de noticias,
de acontecimientos, de sucesos, de sorpresas.

No me interesa el futuro.

Un futuro que ya no está,
que ya se fue,
superar mi futuro,
dejarlo atrás,
sin llevarlo a cuestas.

Me conformo con el presente,
con este ínfimo pedazo de eternidad.

Que el presente se prolongue
como un prólogo de un libro
que nunca se escribe.

Que ya no pase el tiempo,
quiero quedar desterrado para siempre del tiempo.

Todo quieto, cristalizado,
que no se mueva ni una hoja.

Que nada fluya
la gota que cae, que quede suspendida en el aire,
que nada se desmorone.

Sin horas, sin minutos, sin segundos,
ni siquiera instantes.

Cada momento que pasa me pesa.
Sin sumar, sin restar,
sólo escuchar como no transcurre el tiempo.

Sin que principie el tiempo
sin que luzca el tiempo
cansado de que pase el tiempo
ya sin la lentitud del tiempo
un tiempo que ya no es implacable
ni la brisa de las horas me despeina.

Ni el vendaval de los años
ya sin los tiempos que ya pasaron,
sin los tiempos que vendrán
sin que nos quede poco tiempo.

Este instante detenido en una cósmica explosión
sin tiempo para amontonar inútiles recuerdos
arrumbar de antemano el futuro
alejarme de esa muerte lenta a pedazos,
que son los días, los meses y los años.

Medidas de tiempo que ya no están a mi alcance;
quedarme con estos dolores,
con estos sinsabores,
con estas ausencias y con estas nostalgias.

Permanecer en una infinita lentitud,
holgada,
perezosa,
leve.

Sin perder el tiempo con sermones,
ni darlos ni recibirlos,
me subleva que me quiten el tiempo,
me anula y me paraliza.

Ya no sé qué hacer con el tiempo.

No logro enfrentarme al tiempo.

Estoy saturado de tiempo.

Dejar el tiempo perdido y marchito,
tiempo que no termina
pero deja de existir.

Washington Daniel Gorosito Pérez
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