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Los campos cataláunicos

lunes 11 de noviembre de 2019
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(con el huno, mi tocayo)

el rey patizambo sembró de crepúsculos la faz de la tierra
y sus caballos guadañas segaron
los últimos pastizales de un mundo encanecido.
vientos y cometas surcan los cielos de la patria,
la luna madrastra esconde anaranjada
sus brillosos andrajos de prostituta,
mientras las piedras del firmamento perpetran impertérritas
los crímenes de siempre,
los dioses desangran amarillentos sus risas obscenas,
y sobre el mundo llueve
furia sosegada,
esperpento,
pájaros bobos que caen como leños atizados.

bruscas candeladas incendian la bóveda de las nieblas,
las lluvias se derraman sobre la llanura sedienta,
espesas y rojas como vinos itálicos garganta abajo.
la noche duele,
es rayo orbital,
arcada que se ensaya sobre las landas,
cicatriz combada, alambre de sufrir,
lagarto grueso echado sobre la quietud de los cienos.
chispea mala la luz, perra colorada,
refocila lisérgica,
incendia ojos, deseos, cráteras de oro,
proyecta vanidades, bufones deformes,
enfoca coronas tumbadas,
sombras inconducentes,
configura ecos de bronca algazara,
nubes de caballerías pelambrosas,
visajes guerreros,
siluetas esquivas de embajadores asesinados
en húmedas madrugadas.
se enciende y se apaga la luz
fatua y fugaz,
arremete lisonjera,
violenta,
remezón en las fallas del mundo,
tramposas veleidades
de luciérnaga,
de sino.

mil quinientos años después,
regresa un rey forastero.
niño del cielo, desterrado del cielo,
adoración de hunas, pastoras y magas,
costilla de eva marcada a fuego,
carnaza vomitada por el vertedero de los siglos.
retoño de matanzas antiguas y tinieblas que no ceden,
vástago de jaca cruda,
cría de luna colorada,
huevo de pájaro negro.
víscera arrancada de vientre de hembra,
entraña de entraña,
extraño de extraña mujer,
deportado, exiliado, desquiciado,
malvenido donde pisara,
hijo de la que lo parió,
yerro de primeriza,
hijo de mil alicias, caricias lejanas,
marsupial perdido entre ubres ajenas,
criatura prendida de dónde agarrarse,
osezno hambriento,
azote mamón,
atila,
en la nomenclatura terrestre
mamífero total.

del aire que arroja a los nómades tras el sol,
del fuego que no les permite retroceder a sus sueños,
de la ceniza fría que les llueve desde los volcanes,
del suelo que pisan desconsolados,
de los alquitranes que filtra el firmamento
mana la núbil de ámbar,
cae rocío la princesa,
aparece la concubina intrusa,
se revela lúbrica la virgen paloma.
en nave de pórfido la acercan los afluentes,
en jirafa blanca arriba desde las montañas lejanas,
en alfombra tutelar se descuelga del cielo.
aplauden los guerreros sus caderas dispuestas,
despereza culebrera la barragana sus senos de nieve,
sus fuertes brazos de animal nervioso,
se estremece dorada manceba ensayando escalas, ayes y lutos,
desplegando alas cual hojas bruñidas
para hundirlas cantoras,
para parir la renovada desgracia
en las espesas sementeras de la noche.

en las iteraciones del destete
se desgaja una crónica
que es desahucio,
romería solitaria, búsqueda inútil,
tránsito, ventisqueros.
los campos relucen sembrados de pedazos de alma,
arrojados al voleo,
las yeguas arrastran
trozos escaldados, sanguaza, entresijos, esquirlas, viruta,
y en las cañadas florecen dolores como ventosas y remolinos.
en los yermos que transita clava ansias trashumantes,
en los cruces de los ríos desbordados
arranca crines, hunde estandartes guerreros,
mientras las princesas
agitan trapos rojos como el anochecer:
intentos pueriles de echar raíz en los pedregales,
de aferrarse de rocas sueltas,
de asir mejillas viajeras,
de retener continentes traspapelados en las crujías del universo.
en vano mendiga
frente a las tolderías de las tribus
que acechan indiferentes su penoso pasar,
es inútil imprecar merced a las campiñas indolentes,
piedad a la hierba, a los dúctiles abedules
que elevan al cielo sus blancos troncos
con el verdor del descaro.

zurriago jadeante, vergajo ebrio, proyectil destinado,
el guerrero penetra la carpa, exige la novia,
colma lo suyo.
ella penca de dios devora ramera a su rey.
su lengua tiembla y sus dientes se tiñen.
quéjase la tierra rajada,
bálano astillado brama el sol semental.
alrededor resuellan centauros y langostas,
galopan desmayos, sudan fugas,
tañen desbande.
lenguas de fuego golpean,
estallan sienes,
dispensan sobre las hordas
el vértigo de los hongos sagrados,
lanzas destrozan dichas e imperios,
vientos aúllan hambrientos en las parameras,
temblores de luz y cataratas de sangre,
hunos que plañen, godos que gimen, alanos que crepitan,
melindrosos constantinopolitanos que se rasgan túnicas purpúreas.
la cabeza rajada de bleda que sonríe con ojos de abel,
con labios de luzbel,
san pedro y san pablo
navegan próceres sobre las lóbregas estepas,
espada y rosario en ristre,
concubinas, mil y una concubinas,
flameando vulvas como trapajos encarnizados.
la cristiandad entera ladra maldiciones.
mil y mil muertes, todos los muertos,
levantan su osamenta
de zanjas y cenizas,
arrancan furiosos de los campos estériles
sus cadáveres dulzones
y abandonan,
atravesados, carcomidos,
sus precarias yacijas
para aplaudir, para emborrachar los huesos,
para festejar la derrota.
sólo aecio, el victorioso, el romano, el hermano, llora amargo:
c’est tellement mystérieux, le pays des larmes.

tantos años después los ríos de la llanura siguen sus cursos,
están inconmovibles sobre sus cimientos los picos nevados
que bañan sus pies de cuarzo en los lagos alpinos,
el nuevo reino de granada persiste tricolor, sanguinario e inmarcesible.
continúan lozanas en sus mares azul de metileno las pérfidas cícladas,
las plagas no han caído sobre las islas de barlovento,
ni los vampiros voraces sobre las maldivas malditas,
exilios circulares,
infiernos de paso
que escucharon impasibles su llanto acorralado,
campos y más campos del desastre,
cuchillos, jirones, vergüenza temprana,
machetazos y quemaduras escarlata en esa carne tan blanca,
nombres que acaparan odios casi olvidados,
que hacinan derrotas impalpables
en los tiernos recovecos del alma.

todavía sueña nombres, perfumes y llagas.
todavía nada contra las aguas,
las remonta hasta las divisorias,
todavía se entierra, todavía se cubre de gleba,
todavía ansía que reverdezcan
copiosos los campos caducos,
que se rieguen de sangre florecida los pastos seniles
pero no hay alcarraza que lo contenga,
ni cárcava que no lo arroje.
y por doquier aparece cruenta la boca de bleda que lo insulta,
los ojos desorbitados del hermano tres veces sacrificado,
arrojado por la escalinata, señado por la pica, penetrado por la tijera,
tres veces aparecen las orejas erguidas de bleda
que no paran de escuchar atónitas
su llanto cobarde de rey sin tierra.

hoy es noche de caballadas a la deriva,
de hembra suelta,
de náuseas carmesíes
y desrumbadas aves libertinas.
estallan espejismos, sierras y simas en la llanura,
se hinchan los ollares de la yegua firmamento,
arrecia el graznido de los cuervos aciagos,
silabea bífida la salamandra elemental.
y desde el cielo cae la sorna de los dioses,
zopilotes y guacamayas como si granizara
sobre los estériles cenagales de tanta malandanza.

Atila Luis Karlovich
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