“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Poemas de María Ángeles Pérez López

viernes 17 de abril de 2020

María Ángeles Pérez López
María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967).

De la serie Voces contemporáneas de España
Con selección de Fernando Salazar Torres

 

De Atavío y puñal (2012)

Pies

La mujer pinta sus pies de verde y se sube a ellos.
De los talones nace el odio del asfalto,
su ennegrecida capa de petróleo
embetunando pájaros y niños,
forma de aminoácido esencial
que desgasta las alas, la llovizna,
las caracolas blancas peleando
contra el rencor viscoso de la brea.

Con una brocha grande, la mujer
pinta el verdor oscuro de las aguas
en las que se deslizan los arenques
y sus anillos de aire livianísimo,
también los hipocampos, las ballenas,
los moluscos marinos que retozan
en praderas de posidonias vivas
y se aparean en nombre del amor.
Igualmente la hierba de los montes
el musgo cariñoso y los helechos
comienzan en los dedos desiguales
de los pies y remontan las rodillas
como salmones tibios desovando
a la altura feliz de las caderas.

Para el negro sudario del benceno
que atrapa las gaviotas y las lanza
contra la arena triste, enrarecida
del tiempo y el esfuerzo alquitranados,
la mujer se encarama en sus dos pies
y suelta el corazón como una tórtola.

 

De Fiebre y compasión de los metales (2016)

Tijeras que no

Tijeras que soñaron con ser llaves
acercan su metal hasta la llama
y lloran aleación incandescente,
el filo en que florecen las heridas
sobre el silbido agudo del acero.
En su silueta par, en su desdoble
de dedos que saltaron por el aro
como animales tristes y obedientes,
las tijeras se niegan al destino
de amputar la memoria de la lana
y el cordón que nos ata a los relámpagos.

Ellas cortaron días y raíces,
el estupor carnoso en las cerezas
con su gota de luz para encender
la boca de los pájaros, el hilo
que sostiene prendidas las palabras
dignidad, avellana, compañero
y el vientre del pescado en que se oxida
la llave de los vientos y el fulgor.
Tijeras que cortaron los mechones
de pelo de los niños en la inclusa
y el fino filamento del wolframio
que amparaba la noche de zozobra.
Tijeras que no quieren ser tijeras
y acercan hasta el fuego su pesar
para romperse ardiendo contra el yunque
y al disolver su nombre en los rescoldos,
abrir el corazón y sus ventanas.

 

El bisturí

El bisturí inocula su dolor.
En el corte limpísimo florece
el polen que envenenan las avispas,
su aguijón turbulento y ofensivo.
La mesa del quirófano está lejos
de la luz y la tierra del jardín,
su amor desesperado por la vida
y el material mohoso del origen,
lejos de la pasión de los hierbajos
y la piedra porosa en la que sangra
la desgastada edad de las vocales
que escribieron verdad y compañía.

En la asepsia que exige el hospital,
el bisturí recorta el corazón
de la página blanca del poema,
la sábana que tapa el cuerpo enfermo.
No queda ni memoria ni alarido,
tan sólo un hueco rojo en el lenguaje.
En la mano que empuña la salud
hay sin embargo un corte diminuto,
una línea de sangre y su alfabeto.

con Álvaro Mutis
también con Gambarotta

 

En el aire, la piedra

En el aire, la piedra ya no duele.
Cuando rueda, recorre con violencia
la edad que se camina hasta ser bronce
y transforma en herida cada lasca.

Limadura, fracción con que el lenguaje
despedaza la piedra en sus dos sílabas
como vocablo hendido y estilete
que afila la humildad de la derrota
para ofrecer la dádiva del miedo,
la floración solar del sacrificio.

Piedra cuchillo, caracola de aire
que encierra los sonidos de la tribu
en el tambor solemne de la guerra,
en la angustia y pezuña de animal,
en la desesperada turbación
con la que Gaza sangra por sus cifras.

Sin embargo, la piedra se resiste.
No está dispuesta a ser domesticada.
Hay en su corazón un alto pájaro.
Hay en ella arrecifes, elefantes,
caminos y escaleras, soliloquios,
las circunvoluciones, el destino,
el álgebra, la luz de las estrellas,
el abrazo de Abel y de Caín.

Hay en su corazón un alto pájaro.
Cuando vuela en el aire, ya no duele.

 

De Diecisiete alfiles (2019)

Haikús del amanecer

Umbral primero
donde el día es la noche
y la noche, el cuerpo.

*

Palabras mudas.
Saliva que humedece
sus comisuras.

*

Útero que abre
con dolor los contornos
hacia el lenguaje.

*

Sombra y derrota.
Alacranes que duermen
bajo las horas.

*

Herida turbia
del reloj que atenaza
la luz desnuda.

*

Sólo energía.
El empuje caliente.
La algarabía.

*

Luz que levanta
su proa, su rompiente,
su espuma blanca.

 

De Mapas de la imaginación del pájaro (2019)

El musgo
abre
su mano
en la retícula
afilada
de lo real.
Nudo verde,
diéresis
que el agua
disemina:
espora de lenguaje
hacia lo vivo.
No urge
ningún modo
de sintaxis
o
tallo
para crecer
sobre esta línea
vertical.
Turba tan obstinada:
ligadura.

 

*

 

En los infolios
y cartapacios
se ocultan
granos de polen,
huevos de tortuga prehistórica,
el largo sedal
que ataba los peces
al cauce lodoso
de la lengua
y
aquellas buganvilias
que insisten
en el regalo
de la luz.
Porque abres
el libro,
los códices,
la larga noche
de los edictos de expulsión
y cantas el ajuar
de lo invisible.
También
vibra
tu cuerpo
en sus estambres
y escapa del cordel,
la signatura.

 

*

 

Todo nombre
procede
de un equívoco.
También los mapas
son hijos
irreductibles
y sagrados
del error.
Sobre ellos
crece
el liquen,
su obstinado cantar
y tachadura.

María Ángeles Pérez López
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