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Un poema de El país de Amanda, de Carmen Rosa Orozco

lunes 21 de diciembre de 2020
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En las cajas de zapatos
guardé los artificios de mi anterior vida,
cosí con los cordones todos los libros
cerrando sus páginas a quienes pudieran leerlos,
en el año 21000 d.C. no serían necesarias
las letras ni las evasiones de las mujeres,
el sexo no transgredirá las especies
y se propagarán por pantallas
de luz refractaria y ambivalente,
el hambre se saciará por un soplo
o un diminuto cereal sinérgico.
En esos días,
Dios acudía a mi casa con diversos artilugios
para charlar conmigo;
lavaba los platos
y se atomizó en un espagueti,
me dijo no comprender a las gentes y sus intenciones,
desafió un cataclismo en forma de caracol,
dilató los mares,
nadie esperaba las aguas turbias destruyendo sus casas;
escuchábamos la emisora
del Ejército Nacional de Colombia 93.7
que nunca dejaba de parlotear
y asombrarse por un mundo destruido
a fuerza de desaciertos,
como era un flaco fideo
revoloteaba por la cocina,
se sentó en el equipo musical
y cambiaba la FM a su antojo;
decía que le conmovía mi amargo desdén.
Controvertí sus ideas sobre los Sirios
y todo ser sufriente,
bajó su mirada,
transmigró entonces a las paredes
y burdas decoraciones ancestrales
que lamían mis perros invisibles,
no soportaba que se le cuestionara por su no intervención
en casos dramáticos o violentos
donde se silencian llantos y gemidos,
en ese momento tuve misericordia de Dios
y sus erradas decisiones,
acaricié su cabello como lo hice siempre
y habló sobre obsequiarme una vasta imaginación,
concedió mis peticiones,
me llenó de gracia y ensueño,
afirmando que todo es posible.
Caminamos tomados de la mano
por calles tapizadas de muerte y hedor,
mis dedos ajusticiaron sus equivocaciones,
fui tan benévola con Dios
que me enteré de su soledad.
Escurrió el arcoíris en los frascos magenta
que cargaba en mi bolso tejido verde terroso,
acordeones flotantes
eran tocados por todas las especies de aves,
encerró el sol y la luna en mi cómoda de mármol
y los besos que se daban me sonrojaban al atardecer,
detuvo el tiempo en los bordes de las nubes
y vi como en una película la vida sucedida en otras épocas;
hombres de tres metros,
blancos y alargados,
sostenían en sus palmas mi caminar pausado
luego, me elevaban y soplaban sobre un azul lejano;
el hermoso Dios
ya no era espagueti ni flauta
sino aire consumando secretos a mi voz,
se introducía como ondas cuánticas a mis oídos
y cerebro de ágata gris,
me reveló secretos,
cosas extrañas
y los nuevos colores por descubrir.
El hermoso Dios posó sus labios
sobre las verdades de Amanda,
deglutió los siglos
y comentó sentir ternura por los espíritus bondadosos,
—sólo el amor prevalecerá —manifestó en la carroza celeste que partió
atada a millares de dragones de cuarzo,
se fue convertido en sobre digital
y explicó que nuevos asuntos conmocionarían al orbe,
las sensaciones serán transmutadas
en figuras hablantes y felices,
el pensamiento oscuro será achicado
y devuelto a los hoyos negros de donde vinieron.
El Dios hermoso y bueno
ya no fue esquizoide o esquivo,
entendí que hay acciones
o seres que nunca podrán ser destruidos,
la energía de tal maldad obra en giros anversos
y se proyecta en los espejos.
El Dios hermoso y bueno
conversaba conmigo en las tardes,
me relató del tiburón violeta
que se comió a Alfonsina y el mar,
de los vestidos blancos de Emily
que almidonaron los pájaros durante treinta años
y como ella se escribía
con los alargados hombres disueltos
en los estambres de sus flores;
matizó de esperanza mi maltrecho inventario de pastillas
y las lanzó a una playa que se escondía
detrás de las montañas de mi balcón.
Le presté mis manos para escribir sus memorias
y se sentó en la mecedora de mi abuelo
fingiendo ser mi joven padre,
la gente lo saludaba
y pedía sus autógrafos
en viejas latas de Coca Cola;
Javier, el artesano de la cuadra,
me llevó una jaula nocturna y brillante
para encerrar a mi Dios bueno,
vendí los autógrafos a un dólar,
doné las ganancias a la niña Asperger del ambiente
y a los necesitados de mi comunidad,
se desconcertó al convertirlo mis vecinos
en un Dios mercantilista y filántropo,
aupamos las causas nobles,
ahora tengo apresado a mi Dios bueno y hermoso
en una jaula nocturna con estrellas como candados,
cuelga de mi ventana
y se cuela a mi ser por las hendiduras.
Sostuvo que por ser Dios
también necesita de mágicos sitios
y no cumplir sus funciones mientras los humanos sueñan,
quedarse atrapado en sus pestañas y deseos
formó parte de sus milenarios atributos,
Dios descansa de ser Dios
y el planeta se le derrumba a pedazos.
Anotó en mi diario
que sólo las santas, las menesterosas y las locas
tenían la costumbre de hablar con Dios,
en los tiempos de Antígona,
de Ester,
de la Israel errante,
y en los tiempos ya oxidados de su memoria:
Si he hallado favor a tus ojos,
que se me dé mi propia alma por petición mía,
y mi pueblo por solicitud mía.

Carmen Rosa Orozco
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