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Textos de Desorden, de Mariana Pérez Balocchi

viernes 12 de marzo de 2021
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Todo está cercado en un punto, haz descosido en la ligadura de la tarde. La casa, guardada en un cajón, no oye el crujir de la huella. La suerte torpe de sujetar lo mirado muerde la sombra imposible del palimpsesto. Aunque la hierba esconda su última derrota, entre esos hilos del estorbo asoma esta breve historia de vendas sin llagas. Aire mutilado en horas. Gota que va aplanando el plano previo del olvido sabiendo lo que hay que saber: que la secuencia pasa fijamente.

 


 

El problema no es el insomnio. Todas las aseveraciones son perfectas, como la gente que no llora. El problema es una esquina desvestida, atravesada por la luz, otra luz oculta, descubierta, como se descubre una ingle. Una mujer penetrada por su sombra. Las cortinas tienen polvo, pero los sueños se sacuden como una tela, por el lado del revés, al siguiente día.

 


 

Un olvido inconcluso se cierne en la ausencia,
muriendo en lo que permanece,
en el aroma de las calabazas explotando por dentro,
resistiendo sin sentir la pérdida
porque no ha hecho lo suficiente,
porque la mariposa es el gusano revelando la urdimbre
de la muerte embarrada en la piel de las ranas,
sobre una rama silente que no se mueve.

 


 

Pasa un día y el siguiente, un año trabado sobre el otro; lo demás es una conversación giratoria. El presente sometido a una sola palabra. Queda un querer vencido y, a pesar de todo, dan ganas de volver a imaginar cuando empieza a hacerse carne el movimiento. La ondulación revuelve la hojarasca contra el muro. La casa es lo último que se pierde. Algo resiste en ese lugar común donde se acomodan los cuerpos. Algo queda de mí, ahí, lamiendo el egoísmo de la muerte.

 


 

La tarde tiñe el aire empecinado
que dejó el labio balbuceando,
partido al encuentro de todas las partidas,
todas las escamas nacaradas, reunidas, rutilantes, todos
los dedos descubiertos en racimos habitados,
como recintos mordidos en las uvas, recovecos,
pero en otro color, adentro del color,
despellejando el intento.

 


 

Los inicios no esperan,
no tienen la paciencia de la mentira.
El presente es el problema.
El otoño que anuncia esa otra palabra,
la amenaza oblicua y su ausencia.
Siempre atrás del tiempo,
olvidando que no es el momento.
Las manos separadas después,
después un ritual sin memoria
prolongando el lugar de permanencia.
Un decir que no puede decir otra cosa
porque está encerrado en la semilla.
Un golpe de piedra líquida la carne,
casi una sentencia que,
de espaldas a los ojos,
delata la intermitencia del descuido,
en otro lado.

 


 

Morir a cada rato para volver al sitio donde nunca se llega,
porque el intento se fuga como el alma,
porque no hay nada que pese más que el cuerpo,
porque el hielo se desliza sobre el agua,
porque todo es un lapso irreversible y quieto.
Un instante donde la pérdida desviste la piel de los duraznos
caídos en su intemperie.

 


 

Dejarse en lo que no puede dejar de ser siendo lo que pasa,
en ese ir y venir del viento, como un peligro vareando la garganta.
Dejarse, como quien no llega nunca
donde la memoria extirpa la distancia de su marca.
Dejarse, como el sol migrando la mirada.
Dejar pasar lo que no pasa nunca.
Casi al final de todo no va quedando nada.

Mariana Pérez Balocchi
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