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Cinco poemas de Astrid Salazar

lunes 26 de julio de 2021
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Poesía

Un 21 de marzo
cuando se retiraba la tarde
dormí en tu pecho.
Viajé hacia tu casa
donde me diste un patio
con alfombra de hojas verdes y secas,
una mata de mango para guindar las letras
la bromelia, el jardín de suculentas.
Me fui despacio hacia tus venas
y cada cuarto estaba hecho
de cajas y maletas; el pasado no podía salirse, el futuro ahí a la espera.
Dudo si este recuerdo sea el poema
ahora cuando el cristofué se posa en la rama y el aroma a café se cuela.
No hubo pacto
no hay promesas
sólo yo desde la hamaca
meso tu ausencia
y esta noche es tu pecho almibarado
mi hogar calma. Quietud plena.

 

Pozo

Pasó el año

y aún remojo en eucaliptos las sombras
de un cuello estrangulado
de una piel lacerada
de una voz con su eterno jaque mate
miento al decirte que el pasado ya no me toca
todavía se me va el oxígeno
y paso la noche hablándole a un dios sordo.
Miro desconcharse el techo
paso el seguro de la puerta cuarenta y dos veces
y me pregunto cuándo compraré el candado, quizás eso ayude. Me resigno.
Leche tibia, agüita dulce, manzanilla. ¿Quién se atreve a venir a esta casa?
Las letras ya no dan la bienvenida. Ya no puedo hacer lo que me piden.
No bebas de mí.
Porque sólo soy este pozo que tiembla cuando te asomas.

 

Puente

Soy un puente
lo sé
me lo cantan en susurros mis ancestros.
Conecto la noche con el día
y sólo los que buscan la luz
han de atravesarme.
Mi propósito está escrito.
Aunque a veces rompa las ventanas
y me beba todas las cervezas de la barra.
Muchos se quedan a mitad del camino
mirando cómo corre el agua por mis piernas.
Otros se detienen por varios días,
a veces sólo por horas cuando el sol está por despedirse.
Y duermen arropados de estrellas y luciérnagas.
Una vez cruzó en mí un hombre alto
su Alma también era de puente
fue la única vez que respiré
pintó las barandas, barrió las huellas,
pulió los peldaños, cambió casi todas las maderas.
Y para quienes iban descalzos puso una alfombra de eterna primavera.
Tu trabajo también puede ser este, me dijo.
En ese instante ninguna otra voz se aferró a mis oídos.
Soy un puente
lo sé
pero hay pisadas tan fuertes
¡Dios mío!
Mírame.
Rota
descolgada.
Busco un nuevo sitio mientras bailo sola en la pista. Ebria. Extraviada.
Sin paso.

 

Cariño mío

Dame un chance para que me termine esta cerveza
porque no sé cómo coño dejo ir tu olor de mi piel
tampoco cómo dejo de mirarte, cariño mío.
Afuera el cielo prepara una tormenta
Maracay desde la avenida Bermúdez es gris y enguayabada
¡Ay, Astrid! Qué Maracay y qué avenida
no me des tregua
te vinieron a joder, otra vez,
ahora tienes que recoger el reguero de la lluvia
echa el corazón en el pipote
ese mochuelo tiene su nido
pendejita de un mes, muñequita de Jerez.
Recuerdo que hace un año
y hasta ayer mismo rezabas
pidiendo que nadie más entrara a romperte los ovarios,
a burlarse porque se está mejor sin ti
sin el peso de este oficio
la escribidera
la entrega
el todo o la nada
cuánto tiempo pierdes
poeta
no hay Dios que escuche
tira del gatillo
1
2
3.

 

Ego

Esta otra que soy
habita en una editorial.
Duerme arropada de libros
y souvenirs de la memoria.
La mirada de ella
es la otra mitad de mí.
Y es ese 50%
quien escribe estas líneas.
Ella
destruyó instituciones
hizo de lado los tabúes.
No pidió permiso para su vuelo.
Ni mucho menos para su canto.
Ella
quien insiste en repetir el error
para, desde algún bar, llorarlo siempre.
Es Astrid.
No hay un solo tropiezo,
ni una sola metida de pata
que no me pertenezca.
Toda esta ruina que soy
es mi mejor edificación.
No hay otro arquitecto.
No existe otra persona
capaz de merecer estos pedacitos de mí.
Y si alguna vez pronuncié algún nombre
fue porque yo quise nombrarlo,
rey, conde o plebeyo.
Fui yo
quien vendió las entradas VIP.
Fui yo
quien puso la alarma
para despertar el día, a la hora exacta
de la pena.
Acá no entró nadie sin su pase.
No hubo arroceros.
Creí en la dedicatoria del libro
en el poema debajo de mi almohada
en la canción hecha con mi nombre y apellido.
Creí en el para siempre
como en el hasta que nos dure.
Caminé a escondidas por ser la bruja malvada
pero también fui princesa de todo el reino.
Estuve en las nubes
y me dejé caer en las brasas.
Estrellé mi cabeza contra el asfalto
y la sangre que aún corre entre las grietas
la veo pasar. Y como si no me doliera. Vivo
cosiéndome la herida.
Porque no supe quedarme donde me querían
ni hija
ni esposa
ni amante
ni mucho menos madre.
Me lo dejé, muy en claro, como lista de mercado pegada a la puerta de la nevera.
Y aquí estoy, casa 83 de La Esperanza.
Barro las huellas, las guindo al sol.
Echo sal en cada uno de los rincones,
haciéndole caso a mis latidos
que son como el croar de una ranita en su estanque.
Y aunque todo me haya salido de la patada.
No llevo la culpa de seguir a otros.
No tuve manual
pero lo escribo a diario
e hice el mejor brebaje
para que el amor me exterminara.
Lo confieso. Muero en cada sorbo
pero voy sin deudas
como Astrid. La Cartonera.
Perdonándome.

Astrid Salazar
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