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Cinco poemas de Astrid Salazar

miércoles 22 de julio de 2020
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Noche Vieja

Este 31 pruebo todo, dejándome guiar por el pronóstico de la Madame; el deseo es la condena. Mi condena. Echa las cartas, una vez más, mujer. La muerte llegará pronto. Lo sé.

Este año fue extraño, agonía y cicatrices.
Nadie fingió amarme para luego dejarme.
Mis amigas se enferman y mi sangre ya no podrá ser subastada al mejor postor.
No hubo brazos sosteniéndome.

Lejos como tú
paso las horas
intoxicándome con una historia de final feliz. Es tarde, y este es mi sueño…
Ebria, ahogada ¿puedes verme?
¡Ay! Si pudieras ver cómo bailo con otros
cómo beso sin besar
cómo deambulo por estas calles
Vargas, Páez, Soublette; acomodándome el oxígeno a la piel

buscándote
buscándote.

 

Este alcoholismo

a Rubén Darío Carrero

Estoy alcoholizada
y me da risa escuchar el “bájale dos, chamita”
porque mi siguiente paso
es sólo adivinar quién duerme junto a mí esta madrugada.

En los párpados hay dos grandes yunques
y no puedo dormirme o me llevarán las aguas.
Oye afuera.
Detente ante este grito.
Queja del fémur
Voz de mi tuétano
Gemido de mi periostio
Clamor nauseabundo que flota en la cerveza que debería ser también tu cerveza
pero me dejas sola en los bares
porque te parece mejor la frase de Jung
y el otro paso, y el siguiente, y el siguiente.
No te culpo.
Es sólo que mi soledad es terca
y me aburren las lejanías.
Simple. No me tocó la calma de un país como Islandia, ni ser una alcohólica de la Alta Sociedad
sólo espero terminar la noche
y que esta vez el tipo de la barra
se quede quieto
y no me mire
y no me hable
y no me toque
y no me alcance.

 

Abandono

a Nahuel

En Caracas me perdí. Estaba ebria.
Los muchachos me consiguieron rápido.
Bailaba en La Posada de Cervantes. Junto a un librero, que me miraba desde su silla y pagaba por verme bailar.
Pero antes, antes de embriagarme. Él me habló como cuando leo poesía a medianoche. Me contó que su mujer hacía figuras de amor en la comida antes de servírsela. Y que el cuerpo de su amada era la medida perfecta para el acurrucado de todas las noches en su cama.
Perdí la cuenta de las cervezas bebidas justo cuando dijo Astrid, y dejé de ser oído para su historia. Me preguntó por ti. Porque ya había dicho tu nombre más de cinco veces. La verdad no recuerdo bien.

Acercó su mano a la mía. Desaparecimos por 24 horas.
Quizás fue cuando me perdí.
Abandonada como él.

 

Veneno

Puedo esperar por cualquier otro hombre
tejer (aunque no sepa) un cubrecama
leer todo el día poesía
escuchar Yordano
callar ante la injusticia
vivir en este sistema
donde hacer una cola
es rutina
y ver cómo mueren los niños
por falta de un trasplante óseo
es 《#tiponormal, marica》.

Me alimento de la feria
frecuento todos los bares de Maracay
aunque tenga preferencia por el de Dany.
Me levanto a las 3:23 de la madrugada
sólo para tomar café,
e igual sigo insatisfecha.

El olvido no me pertenece.
Por eso todo me renuncia. Se aleja.
Busco sin encontrar nada.

Y acá sigo, a luz de vela,
envenenándome con tu recuerdo.

 

Votos de amor

Sólo dos hombres se me han acercado para esto, asustados, quizás. Es normal, cuando te toca saltar al otro lado del charco con leyes y nuevos acuerdos.
Yo escucho siempre su quebradizo discurso de novios con novias próximas al altar.
Bebo café y escribo un posible poema con sus nombres. Sin utilidad. Sin ganas. Pero a lo mejor sirva para otros que también estén a punto de casarse y deciden ir a la calma una vez más.
No quiero convencer a nadie, igual, lo sé, volveremos a vernos. Yo para descansar en ellos, ellos para volcar su furia entre mis piernas.
Desde aquí, repaso tus votos de amor. Desde esta cama fría. Cuento tus “que”, y sonrío. Pienso en nuestro último encuentro bajo la regadera de un hotel cinco estrellas y me detengo en “amarte para toda la vida”.
Esta es mi mañana, la soledad

y ¡ah! Este poema.

Astrid Salazar
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