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Tres poemas de Ronel González Sánchez

miércoles 10 de mayo de 2023
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Los scouts

En el juego de la poesía
ya los lectores y los críticos participan bien poco.
Antes no. Antes no sólo aplaudían lecturas de poemas
sino que se atrevían a señalar y escoger los autores.
A establecer un ranking.
Como los scouts de grandes Ligas.
Antes un scout seleccionaba con facilidad
a los miembros del gran equipo del idioma.
Y no quedaban dudas.
Don Luis de Góngora y Argote, Catedral de la poesía barroca.
Johann Wolfgang von Goethe, escritor más virtuoso de Alemania.
Rubén Darío, Príncipe de las letras castellanas.
Arthur Rimbaud, l’enfant terrible de la poesía francesa.
William Blake, artista total de Gran Bretaña.
Ahora no. Ahora los scouts han desaparecido
y, cuando dan la cara, afirman que cualquiera
que coloque unas líneas encima de otras
se considera virtuoso de las letras.
Antes el juego se ganaba
con amplio marcador sobre el equipo de poetas menores.
Ahora los prospectos ignoran dónde queda el estadio.

 

Peligrosidad de la misión poética

Contrario a las suposiciones
acerca de la sublimidad que implica la escritura poética,
por experiencia afirmo que en realidad es una de las faenas
más lóbregas
de cuantas se describen en el quehacer humano.
Tan riesgoso es el trance creativo
que el movimiento sindical del mundo
debería proponer la subvención perenne de quien pergeña versos.
Remunerar al poeta por peligrosidad, tiempo y dolores extras,
sólo por decidir embarcarse en la atroz aventura,
sería un buen adelanto.
Un poeta-vigía, que hasta en la madrugada se devana los sesos,
cuando las democracias y dictaduras roncan plácidamente,
no debe ser vituperado o suprimido de las usuales tácticas
que dispone o ejecuta el establishment.
Un poeta practica oficio tan monótono,
tan dado a hilvanar repetitivas series,
que su comportamiento raya en lo psicopático,
y muy poca distancia concluye separándolo de un criminal
o un zombi.
François Villon, el célebre francés de la centuria XV,
autor de “La balada de los ahorcados”,
de milagro libró de ser colgado por cometer un crimen.
El sombrío poeta Francis Thompson
pudo ser perfectamente el Jack the Ripper de un barrio londinense,
y el mexicano J. L. Zepeda, progenitor de millares de páginas,
terminó siendo conocido como “el poeta caníbal”.
Saltar de la poesía al exceso
es tan sencillo como sustituir avíos o mudar de arrabales.
La sociedad debería propiciar
que el poeta fuera un ente feliz
y no seguir mirándolo como inmundo parásito.
Estoy completamente seguro
de que no marginaría al “matón de las letras”
si estuviera advertida del peligro que corre.

 

Asesinato épico

Después que Miguel de Cervantes
desbarató, literalmente, las novelas de caballería
con el arcabuzazo del Quijote,
ya no se escriben ni se leen epopeyas.
Los conflictos periódicos no motivan a nadie
y, por consiguiente, los poetas perdieron el dominio
del hexámetro griego, las tiradas francesas,
los aliterativos versos de las lenguas sajónicas.
Suspirar por una dama en un castillo estoico
es función de mal gusto.
Las fortalezas son enclave turístico.
No es lógico roer sus murallones
con anacrónicos arietes y rancias catapultas.
Si usted afirma ser el autor de algún cantar de gesta
es un perfecto orate.
La estructura del romance octosílabo
concluyó siendo estrofa de nanas infantiles.
Es total desatino pretender narraciones sumerias
en grafos cuneiformes
o aventurarse en una leyenda desparramada en sánscrito.
Después que Cervantes,
en las galeras de la calle Sierpes de la otoñal Sevilla,
la emprendió, con una sola mano,
contra las desventuras de la épica agónica,
la humanidad sepultó el interés
por el relato en verso de sus tribulaciones.
Un asesinato de hoy es el Cantar de mio Cid del siglo XI.

Ronel González Sánchez
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