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Cuatro microrrelatos de Ronel González Sánchez

viernes 7 de julio de 2023
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Buró de Inteligencia

De acuerdo con las cifras, en las últimas décadas se aprecia una disminución notable de asesinos en serie. Se supone sea por los avances de la criminalística y la eficacia de los sondeos genéticos. Nada que ver con treguas de afiliados. Las desmotivaciones se desechan. Aunque los escrutinios son cercos engañosos como la cerca de alta tensión, que independiza el área de los reos comunes del portal de la muerte. Paradójicamente se percibe un desborde en el renglón Escritura Poética. Se pronostica, incluso, un pico de conmociones líricas en el decenio próximo. No se descarta la posibilidad de que los criminales han cambiado de oficio.

 

Ruido de pasos de un gran criminal

César Vallejo, el peruanísimo, fue asesino en potencia. No lo aseguro por la piromanía que le fuera imputada de modo inconsistente sino por enunciados que fluctúan en su obra. Más de una vez el poeta dijo que, hasta sudando tinta, podía matar, perfectamente, y aseguró, con el mismo verboide, que pretendía ayudarle a matar al matador —cosa terrible—, aunque dejara implícito que tal afirmación la hacía al borde célebre de la violencia y, añado yo, de un frenético rapto.

Un asesino potencial dormía en sus palabras. Por suerte no la emprendió con sus congéneres, con amantes con que sostuvo relaciones de rotundo amor/odio ni con la georgette que puso orden a los Poemas humanos, sino con una poesía agónica que secuestró y sometió a torturas, antes de cercenarle el cuello y arrojarla en el Sena infinito que designó “arte nuevo”. Un monstruo de las letras habitaba en el más memorable de los césares. Alguien que escribió un libro como Trilce no podía ser descrito de otro modo.

 

Cuestiones generacionales

Los asesinos de hoy son un fracaso. David Berkowitz, “el hijo de Sam” o “el asesino del calibre 44”, evadía matar si no portaba un Charter Arms Bulldog con cartuchos Special; Peter William Sutcliffe, “el destripador de Yorkshire”, para despedazar sus víctimas hacía rugir una sierra metálica de último modelo; Robert “Willie” Pickton horripilaba con una Magnum de precisión extrema en su granja de horrores. Jack el destripador, no obstante, en el Whitechapel del siglo XIX, sólo con sus cuchillas, era lo que se dice un fetiche del pánico. Mientras los depravados se convierten en sombras “de avanzada”, más simple es la aventura de desenmascararlos. La “posmodernidad”, bestia desconcertante, también le juega “sucio” a los mitos del crimen.

 

Análogas esencias

En 1989, año de la caída del Muro de Berlín, el seductor Theodore Robert Cowell, el engendro Ted Bundy, antes de morir en la silla eléctrica solicitó cenar huevos fritos, papas y pan con mermelada. Último impulso. Última voluntad. Última cena. Fue lo que demandó cuando pudo pedir langosta, helado o fruta tropical, encargos más frecuentes.

Bundy por supuesto ignoraba cualquier paralelismo de su gris trayectoria con la existencia de un sistema euroasiático donde, más de una vez, semejante convite era entrar al nirvana. Su personal caída lo hizo borrar, de cuajo, el postrimer banquete. Entrevistado por Hugh Aynesworth, en el vahído absurdo de sus introspecciones, su estado fue descrito como el desmigajarse de una ristra de nervios. Última transmisión. Última poquedad. Último trámite.

Según un almanaque sórdido que colgaba en su celda, era el 24 de enero de 1989. Años después algunos asociaron su ejecución en Bradford con el fin de la historia.

Ronel González Sánchez
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