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Seis poemas de José Manuel Pérez González

viernes 13 de octubre de 2023
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Hablar tras tanto tiempo mudo

Te percibo y nombro, instante o cosa,
me apropio de tu esencia fugitiva:
bien sé que construyo sólo con palabras
—muérdago fugaz, arena de clepsidra—
un breve verso incierto de ansia sofocada.
Mas ya verso, aturde, engaña, requiebra
artificioso, zalamero, sin reconocerse inútil
en la entraña de la palabra extraña.
Tras meses de mudez sombría,
he ahí el fruto: palabras, no otra cosa,
una atmósfera turbia de palabras,
una atmósfera de sombras de palabras,
ni siquiera corpóreas, ni siquiera fantasmas.
Palabras cariñosas, vacías, crueles,
blancas de escarcha, de rencor, de angustia,
inexactas, equívocas, inútiles palabras,
desgarrones en el traje de gala de la noche,
que llenan el papel, menudas
como patas de avispa.
Palabras y letras: oscuridad insomne,
temor antiguo, cambiante, nunca apaciguado,
roto, terror, flores cálidas, bermejas,
se arremolinan, danzan, hielan,
disecan mariposas.
El verso se debate en la tráquea
híspido, lunático, desamado, desalentado,
reclama mi mirada estupefacta.
Soy un profeta al borde del ridículo, orate,
pájaro en el alero, gozne, absurdo visionario.
A veces, tiempo de ensueño, amo;
otras, obcecado en la rabia, me afano.
No confío en el verso, su grandeza es vana
y fugaz como la pátina de nieve en el asfalto.
Cerebro hacia la destrucción, sexo
heridor, me cubrirá la tierra,
ajeno ya al hambre y al dolor.
Los científicos aún no descubrieron el arcano
pero se sabe que la muerte es reposo.

 

Para decir poesía

Cuando brotas de las raíces de mi angustia,
horas de soledad, tedio,
locura adherida a las míseras paredes.
Cuando eres ternura
tendida al desamparo adolescente,
como un puente, y titubeo.
Cuando agarro el desgarro oscuro
y sufro, inseguro.
Cuando lloro sobre tu cuerpo
abierto al amor
y el amor olvido.
Cuando advierto la sangre, la herida,
y amenazo.
Sé que no es dulzura, solamente,
sino, también, amargura y sinrazón.

¿Dónde se esconde, receloso, el sonido
grato al oído?
¿Dónde respira, vegetal, el ritmo deseado?
¿Dónde espera, táctil, la cadencia
ser rescatada de la esterilidad?

¿Cómo volver a ti, a tu rostro,
y pulir este esperpento sin sentido?
¿Cómo rescatar de tu espesura un árbol sólo,
un rictus, una caricatura de esperanza?
Un martillazo más y se consumará tu vientre
de muerte entre alabanzas,
rima, ramas.

¿Por qué volver a ti, a tu rostro,
si huir consuela?
Hasta tropezar con el débil y la sangre,
cuando eres ternura tendida al desamparo
y brotas de las raíces de mi angustia,
donde el alma, como el ruido:
¿Por qué volver a ti, a tu rostro,
si eres yo y, quizás, también los otros?

 

Descubro mi riqueza

Me brotan los poemas, espontáneos,
lúdicos, sensuales, a raudales.
Me nacen, dolorosos, como hojas al árbol,
gotas de espuma cuando la ola se rompe.
Parecería que nunca conocí el temor
de la vigilia estéril, ni el bochorno
de detenerme en la mitad del discurso,
que tiendo, incansable,
poemas infinitos a orear
como ropa lavada sobre un lecho de zarzas,
afilo frases como si se tratase de cuchillos
embotados, distribuyo, arbitrariamente,
la ternura y las blasfemias, elaboro
ambiguos arpegios, como si fuese un juego
de halagos y requiebros orales a la muerte,
buscando el sonido, la imagen, el símbolo.
Pero, de tarde en tarde, me sobresalta un grito,
el rostro del suicida que se demora ante los trenes,
y despierta mi conciencia dormida,
ahorcada en las palabras.

 

A golpes

(a Blas de Otero)

Fiero, me aferro a la esperanza
y escribo a golpes, como crece la flor
y la lengua se mueve para hablar;
como llueve cada vez que cae un aguacero,
como mueren, a golpes, los inocentes,
el presente se nos escapa a golpes
y de la indolencia surge la conciencia.
Como el muslo, a golpes, busca el placer,
muere la res o se hace la estatua.
Escribo el verso a golpes y traspiés,
entre golpes de tos y golpes de suerte.
A golpes inducido a la verdad,
de golpe convencido de que todo es absurdo.

 

Los sentidos

Imaginé salobre la espuma en la boca
y, sin embargo, el mar, sal sobre la roca,
era lengua y permanecía ajena a los sabores.
Desde iglesias altas cual altas espadañas,
erguíase la España de elevados ideales,
la que huele a incienso y a romero, la bendita,
pero había otra, de cloacas y chabolas.
Había un pájaro en mis ojos
y, sin alas, torpe tiempo, retomé el vacío
y, sin ojos, me adormilé indeciso,
añorando el mar en la sequía.
El viento cabalgaba nubes
y el árbol, inmóvil, convirtiose en polvo
y yació sobre el polvo, silencioso, desgraciado,
tan sordo, tan inútil como un piano abandonado.
Desde las manos tibias, por la piel helada,
penetraron los cristales del frío: el cuerpo
yerto, abierto a la violenta dentellada,
se imaginaba dueño de la luna, la tocaba.

 

El sentido del ridículo

El tiempo es un lazo estrangulador
que asfixia con la suavidad del terciopelo;
el cuello tierno se ofrece a mi boca
como un chopo que crece
ajeno al destruir del tiempo.
La calle se llena de fantasmas fastidiosos,
soy un ojo a punto de cegarse, soy la locura
sobre un caballo arrebatado por grises espejismos.
En Alcaucín la montaña se vistió de nubes
y, gris, amor, bajo el sol se endureció mi risa.
Sobre el cuerpo amado me inclino
sorprendido, sin entender que el día
se convierta en pesadilla,
cada palabra es una máscara, me cubre de sudor
y me debato, feroz, contra mí mismo.

José Manuel Pérez González
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