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Visión del mundo en otoño, de José Manuel Pérez González
(selección)

lunes 4 de marzo de 2024
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“Visión del mundo en otoño”, de José Manuel Pérez González
Visión del mundo en otoño, de José Manuel Pérez González (2023). Disponible en Amazon

Visión del mundo en otoño
José Manuel Pérez González
Poesía
2023
ISBN: 979-8862589436
116 páginas

Paseo

Como un lienzo vibra la atmósfera
de vidrio
en sensual borrachera de colores
y planos de desquiciada geometría.
Un fino hilo,
baba de buey rociada de estrellas,
sustenta en el aire la absurda envergadura
de una araña, en su trapecio de seda:
un fardo de brazos implorantes,
un esqueleto ahorcado en su patíbulo.
Por un camino que vigilaban las encinas
paseo, embriagado por el aire matutino,
en el temblor diáfano del día.
Tras las cercas de alambre hay ganado;
en las tierras, amarillo claro, paja cosechada.
Es como si yo perteneciera a este lugar,
como las encinas y el ganado,
y no tuviera que irme a ningún sitio,
y no hubiera
otro día como este, tan claro y tan limpio.

 

Titiriteros

Apareció, ruidosa, la comitiva
de saltimbanquis y animales
al son de trompetas y de címbalos.
En el pueblo, los adultos no los querían,
traían fama de quincalleros y ladrones,
pero niños y perros,
deslumbrados,
les saludaban con gritos y ladridos,
sabían que habría fiesta,
saldrían de la rutina por un día
y un aire fresco aventaría el moho
de armarios y cabezas;
aprenderíamos libertad y geografía,
el mundo era amplio y estaba lleno
de sitios mágicos y enigmáticas mujeres,
y era hermoso atreverse a soñar.

 

Aquella luna

Aquella luna, fetiche
de adolescentes deslumbrados,
iluminaba al soldadito,
impaciente en su primera cita
y a la chica sofocada por el vértigo
que se dejó llevar al infinito.
Bajo su influjo, tuvo el poeta
sueños plateados y pensó
escaparse la vendedora de barquillos
a lomos de un caballito del tiovivo;
el tigre enjaulado soñó ser libre
y el gato soñó ser tigre, por un día.
Aquella luna estival, empitonada
en los cuernos torcidos de una cabra
o hendida por la pezuña de un toro
en el remanso gris del bebedero, era
vitela de tambor en explosión de júbilo,
océano de luz en la plaza del pueblo.
En su albero dorado, bruñido,
en lance ceñido y verónica siniestra,
era engañado el toro de la vida.
Aquella luna mágica,
ágil jinete de nubes vaporosas,
hacía pensar que las cosas podían
ser distintas, y mejores.
Esta de ahora, alacrán de pátina fría,
alumbra los espasmos de la refriega
urbana que libran trileros y policías;
se congela en las venas del yonqui,
ilumina con filo de navaja
la frontera desolada de la noche
y frustra la última esperanza del suicida.

 

Campos de Castilla

Mi infancia son recuerdos de un
pueblo chico, mustio y feo,
de tierras de secano, duras y frías,
que exigían mucho y apenas daban nada.
Yo las veía a través de los ojos de Machado,
embellecidas,
sobrias, ascéticas y puras,
con añoranzas de los Campos de Castilla:
trigos, cebadas, lentejas y algarrobas,
caminos, prados, alamedas,
senderos a cuyos lados brotaban
jaramagos y acederas,
acumulaban siglos las encinas
y, a falta de montañas que reposasen su fiereza
—veíamos de lejos el perfil de Béjar y de Gredos—,
suaves lomas que invitan a dormir.
O al paseo.
El río era un regato,
con espadañas, ranas y cangrejos.
Allí, enlazado a su talle pequeñito,
en la ribera seca,
la vida descansaba de siglos de violencia
y yo pasé más de una vez la hora de la siesta.
Pero vivir no era fácil.
Con frecuencia, se perdía la cosecha
o era mala
o morían los animales de una fiebre
o una peste cualquiera.
Apenas prosperaban pequeñas ilusiones,
las segaba
la guadaña de los fríos o la sequía;
las espigas eran rotas por un ventarrón imprevisto
o una tormenta de granizo.

O un día aciago ardía todo y era la ruina.
Era una tierra dura, casi fea,
pero me costaba dejarla, cada vez que me iba.

 

La rana

Este es el poema del anfibio que croa,
chapoteando el agua cenagosa de la charca
donde olisquea remilgado el ganado.
De la pezuña hendida asciende
el cieno cálido y, blop, blop,
borbotones sonoros de metano.
Ante el enorme belfo, huye despavorida
la rana verde-oscura, verde-selva, aceituna,
hasta la orilla opuesta, con sus ancas de luna.
Allí, pasado el susto, contempla el cielo
y le parece azul y limpio y el verano,
tan largo como su propio tiempo.
Croac, croac, canta con sus ojos saltones
entre un enjambre de apetitosas moscas.
“No conviene precipitarse”,
dice la sabia rana
de muslos saltarines mientras, a su espalda,
cierne su pinza, avieso, el cangrejo.
Ignora la rana que, si antes no ha sido devorada,
habrá días de lluvia y plomo y que el invierno,
si llega, será un sueño de hielo en el cieno.

 

Emigrantes

Hicimos las maletas y nos fuimos, miles,
porque aquí no había más que miseria.
Nos despedimos asegurando que volveríamos,
promesa inútil pues, salvo a la familia,
no le importaba a nadie que lo hiciéramos.
La mayoría optó por Suiza y Alemania,
allí, al menos, podías limpiar letrinas.
Yo tenía ambiciones artísticas y elegí París,
como quien busca su camino de Damasco.
De Madrid a París fueron horas duras
y años muy duros habrían de esperarme.
Me iba porque nadie es profeta en su tierra.
En París, Sacré Bleu!, artista furioso,
puse mi caballete sobre la rive gauche
y firmé mi obra como Jonás, el emigrante;
visitaba Clichy como Henry Miller,
pero, para mí, no fueron días tranquilos,
no tuve mi visión, yo no soy Saulo:
lumpemproletario en la banlieu, lejos del Sena,
me tragó enterito la ballena.
Consuela pensar que, con el tiempo, Joyce,
emigrante en París, fue hijo predilecto de Irlanda,
“la cerda que se come su propia lechigada”;
está bien que lo diga, las migajas engordan.

José Manuel Pérez González
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