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Cinco poemas de Manuel Muñoz Córdova

miércoles 27 de marzo de 2024
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De edades tan medianas

Normalmente, después de los veranos,
no hay crisis de edades tan medianas;
menos Viagra y corazones anchos,
más alpiste de latón en la mañana.

Estaba en ese tono del disrupto
(locuaz, melancólico y marchito)
en que otras eran sólo un par mezquino
de jóvenes y nobles atributos.

Menos rabia y más vera que se cuece
por cuanto no sea tan lo suficiente
como el acto de henchir mi ronco pecho,

seré todo lo que no has querido.
Sin saña contra ti ni tu marido:
todo lo que tomaste, me lo llevo.

 

Fiel y difunta

Fiel y difunta contra la costumbre,
pidió, en permiso —atajo por el tajo—
algunas horas por la certidumbre
según predijo el tono de marcado.

No me digas, Soledad,
que la vida y la verdad
viene escrita por descuido
en libro más vendido
de toda la humanidad,

que si te vas
ajena y desmedida
como Dios
—como todo lo que anida
al corazón—,

veré por detrás
como requisas
—con lo que se me queda de tu prisa—
el lazo que hoy deshago
entre los dos.

 

Crónica aflicción de mi anestesia

Yo, beso deslenguado;
tú, calizo;
yo, atraco frustrado del olvido;
tú, futuro de todo mi pasado;

yo, cata de tu tinto;
tú, encantada;
yo, fisura en las prendas de tu almohada;
tú, estocada que zurce el desatino;

yo, mentira; tú, cinismo de diretes;
yo, resabio sin juicio que me apele;
tú, crónica aflicción de mi anestesia;

tú cualquiera; yo ni más ni menos;
tú, impostura y yo que ya no quiero
tomar por la razón a la belleza.

 

Ajeno y prohibido

Ajeno y prohibido, malhabido, por norma
de todo aquello que habrá sido
motivo de un recuerdo que se asoma
de vez en vez ante el olvido,
de cuando en cuando hacia el axioma.

Será que maldigo por descuido a la hora
donde todo se siente tan mezquino,
ajado, por decir, si es que me arropa
la aurora en esas noches que le pido
piedad ante la ausencia que trastoca.

Camino cansado, malherido, y se topa
mi pena con el más desentendido
de todos los pecados que resoplan
a punta de crisoles y resfríos:
el vilo en que se pudren nuestras horas,

pero quéjate de lo que quieras,
que me encanta verte discutir;
quítame de las ojeras
las maneras que tengas de huir.

Hace mucho que no es hora
de decirte que te quiero,
la ketama con su aroma
me devolverá un momento
junto a ti, junto a ti…

 

Cada nueve de septiembre

Haciéndose afín cada septiembre,
mi amigo, a cada lagrimón de gato
—sufra, llueva, truene ante el sulfato
de ánimas amigas de la muerte—,

me irrumpe a contracara a cada tanto,
se enreda por sufrir cuando amenaza,
me busca de un ardid tan hecho espanto
entre la noche cuando amadrugaba.

Ansioso por decirle a quien encarna
(impetuoso, tan súbitamente)
acerca de quien tanto me hace falta,

regresa cada nueve de septiembre
hablándome esperanto
en cuanto encuentra
otra forma de ser
por quien no debe

De veinticinco, casi quinceañero,
me alzo hoy ante usted
quien ha venido

acérrimo y frugal en el momento
de darse a conocer
—si es que me encuentro
lo que uno que otro beso
me habrá dicho—

como el as del paripé, F
cine de nicho,
sentimental ajado por capricho H
a las malas por las malas —otra vez—:

“Quizás me esté buscando, por el nido,
un hueco que no amaga cuando vuela
dejando, por la paz, lo que el olvido
le quite a esa mujer cuando me quiera”.

Manuel Muñoz Córdova
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