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Cuatro poemas de Millán Cruz Hernández

viernes 29 de marzo de 2024
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El azul no es sentimiento

El azul no es sentimiento
ni las olas son un rostro
de alegría. Ni los granos de arena
son misterios insondables.

Tampoco el sol es beso,
ni torrente de emociones;
las nubes no son dulzura,
son pesados sufrimientos
a espaldas de la agonía.

Los ríos no son esperanzas
ni palabras con sentido,
son ausencias de emociones
de los besos que no fueron
y de amores sepultados
por la angustia de los tiempos.

La vida no es un sendero
de obligado cumplimiento:
Es un batallar del alma
contra un viento traicionero
que te eleva sin sentido
y cuando estás encumbrado
te despeña sin consuelo.

No busques color en lágrimas
ni poemas en miradas
apagadas por el miedo.
No persigas conseguir
los tesoros del silencio.

En lo hiriente de una daga
no quieras hallar el cielo:
No confundas los papeles,
el azul no es sentimiento.

 

Los aires de Jálama

Sopla en Jálama un viento limpio y frío
que inunda el alma
y lava el pensamiento.
Allí fuimos felices hijos de lo oscuro,
nos enseñó a amar la luz del día.
Hablaba de las recias gentes de la zona,
de sus logros y penurias,
de las miradas ausentes de emigrantes.

Ese viento es alma de esta tierra,
aliento en el cansancio, gloria y paz.
Nos acercaba aromas y frescura
bajo los castaños, robles y nogales; animaba
a beber del agua clara del arroyo Cervigona,
y a fundirnos en su cascada luminosa.

El viento, sí, ese que se llevaba
la paz y la cordura; con su voz y su espectro
punzaba y hería el sentimiento, se expresaba
con el lenguaje de la “fala”: un regalo
de los dioses con siglos de existencia.

Los aires de Xálima nos revelaban
las tristezas y alegrías de la Luna.
Despertaban el cielo en el alma dormida
para tornar en dulce paraíso
los infiernos cotidianos que palpitan
bajo luceros y estrellas.
Cuando rugía con fuerza
arrancaba de los pechos bendiciones,
no nos daba tregua ni consuelo
por esperar ansiosos cada día
en el entorno, una renacida primavera.

 

La niña de miel y azahar

Lloraba el naranjo
en la noche fría,
la Luna callada
con pena sufría.

La rosa pensaba;
musitaba el azahar;
le marcaba una estrella
el sendero en el mar.

La niña de miel es aura,
la noche lava su pelo,
al cielo llevan su alma
ángeles en un velero.

El viento eleva su aroma,
robó en silencio su vida;
se llevó sus alegrías,
quedó en el aire una herida.

La niña de azahar
se fue con la brisa;
su rostro brillaba
con tierna sonrisa.
Ya duerme a la niña
en brazos la Luna;
los luceros festejan
velan ya su figura.

¡Regresa, niña, regresa,
con tu canto y tu mirada.
Regresa con tu silueta
en corcel de oro montada!

¡Niña de miel y azahar
vuelve cabalgando al viento,
escápate de sus garras
con tu arrojo y sentimiento!

 

…Y yerma la memoria

La tierra yerma…
y yerma la memoria.

No hay verdor, ni árboles,
ni montaña: todo es huérfano
de vida y de aves,
arriba tan sólo el cielo.

Y bogan por eriales
palabras en los silencios;
la tierra yerma, vacía,
dolores y sufrimientos;
semillas con sed de vida;
en los ojos dos espejos.
No hay distancia salvadora,
no hay Dios en el universo,
no palpitan corazones
ni de cerca, ni de lejos.

¡Cuánta miseria se cierne
y se adentra en los cerebros!
Y en lo negro de la noche
no se vislumbran luceros.

Sobre la faz de la tierra
extiende la muerte el reino;
entre el polvo, derretido,
descanso reclama el cuerpo.
Las fieras sustento buscan,
se funden ya con lo inmenso.
La senda es interminable
y el caminante, pequeño.

La tierra yerma padece,
lo gana todo el desierto;
no hay lugar para la vida
que se perdió en el intento.

Inalcanzable es la paz,
el gozo,
…………..la dicha,
………………………..besos.
Lágrimas del alma no ahogan
el padecer con sus versos.

¡Cuánta angustia se respira
en infinitos silencios!

Millán Cruz Hernández
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