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Seis poemas de Visión del mundo en otoño, de José Manuel Pérez González

viernes 5 de abril de 2024
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“Visión del mundo en otoño”, de José Manuel Pérez González
Visión del mundo en otoño, de José Manuel Pérez González (2023). Disponible en Amazon

Visión del mundo en otoño
José Manuel Pérez González
Poesía
2023
ISBN: 979-8862589436
116 páginas

Vinieron las lluvias

Lo habíamos olvidado
y pareció milagro pues veníamos
de siglos de sequía;
cada gota era mil años de experiencia
extraída de océanos y mares.
Caía sobre los parques y las calles
de las ciudades sedientas;
sobre rastrojos, barbechos y encinares,
tras años de rachisol y polvo
el agua colmaba gaviones y vallados,
nadaban los cardos en los prados
y las telarañas tenían gotas de diamante.
Dios nos había soltado el gaznate
y respiramos aliviados.
Los agricultores salvaban sus cosechas,
poco importaba que explotasen las antípodas
y que la cohorte de panegiristas pidiese
para el líder nacional una corona.
Llovía y la tierra era un útero fecundo,
no importaba que la riada
despanzurrase un barrio miserable
y que la gente se ahogase, a gritos, en el lodo.

 

La casa familiar

Las casas aprietan sus ojales para abrocharnos
al tiempo y devanan su ovillo de días
con aire abnegado y femenino;
repasan su rosario de cuentas vespertinas
y viven, nos viven, sobreviven,
como si el cansancio no existiera,
como si nos devolvieran a la infancia
que tuvimos, o a una muy distinta.
Parece que en ellas estemos a salvo de lo adverso
y seamos más felices de lo que merecemos.
En sus cristales hiere el sol como una daga
y se inflaman sorprendidas al ocaso,
se estremecen en los visillos y se mueven
como si una mano fuese a descorrerlos.
La luz aletea en las habitaciones,
divide los suelos en baldosas amigas y enemigas;
la existencia se convierte en un mosaico,
en un complejo tablero de damas.
Jugamos una partida en sus salones
sin saberlo e, irremisiblemente, la perdemos.
Las arañas señorean en las alturas,
esquinas, rincones, recovecos,
y late un inexplicable pulso en los armarios
como si su madera
fuera a florecer en primavera
o albergasen manzanas y membrillos;
hay arcones polvorientos,
cachivaches entrañables,
adornos inservibles,
recuerdos sin memoria, cuadros, libros
que quien se marchó olvidó llevar consigo.
En esas casas permanecemos vivos
a través de las cosas que tuvimos,
a salvo del tiburón que esboza su mordisco,
del beso fatal de la medusa, de la sombra atroz
del infinito, del olvido y del absurdo.

 

Viaje de estudios

Ciento once cruzamos el Ródano,
el Arno y el Tíber, y atravesamos
los malolientes canales
de la decrépita Venecia;
por senderos de asfalto y caminos de agua
hicimos cinco mil kilómetros en autobús
y apenas dormimos nueve días con sus noches.
En Florencia estabas a mi lado,
mirando los atributos al David, y las manos,
subimos juntos al campanile del Giotto
y admiramos el duomo de Brunelleschi.
Deambulamos entre las ruinas del Foro romano
y nos asombramos
ante los caballos de San Marcos;
los travestidos se insinuaban tras sus máscaras
en la sutil y decadente belleza de Italia.
Las adolescentes llevaban minifalda
y bailaban rap y acid hasta la madrugada
o se iban en moto con el primero que se lo pedía.
No había lugar para el descanso.

 

Teenagers

En la fiesta del deporte de aquel año
llovió a cántaros
y suspendieron las competiciones.
El pabellón, repleto de adolescentes,
amenazaba explotar en reyerta u orgía;
los adultos estaban asustados.
Tus padres nos buscaron afanosos,
preocupados no fueras a mojarte.
Nosotros hacíamos el amor
bajo el aguacero
y, pese a las condiciones climatológicas,
obtuvimos estupendos resultados.
Tú movías los glúteos con una cadencia
de bailarina experta insospechada;
yo intentaba estar a tu nivel,
pese a que era mi primera vez.
Teníamos dieciséis años.
Tu cuerpo entero se me desdibuja
pero no olvido aquella lluvia prodigiosa,
un diluvio bíblico como si, otra vez,
Dios se hubiese enfadado con el mundo.
No estaba Noé, pero subimos al barco,
una pareja de bellos animales
dispuestos a ahogarse. Y nos salvamos.

 

La casa de campo

Pasa un jinete y cruza la umbría frontera
de amanitas que sembró la lluvia
en la espesura,
bajo el palio de pinos se adentra en el futuro
y profana la catedral de encinas
a las que avergüenza su figura rechoncha.
Los fresnos imploran con ademán humano,
como si el aire pudiera comprender
su secular angustia o hubieran de cruzar
—como el jinete— una frontera.
Una loca razón me asfixia entre sus ramas
y embriaga mi curiosidad de clorofila.
Reclama mi presencia
en el fragor de la lejana feria
la voz de un saxofón, triste como una llama
que incendia el otoño en la floresta:
En hojas de oro, constancia
a punto de darse por vencida,
y caer y no ser nada,
cansado extiende el roble sus brazos
retorcidos, con ademán humano.
Preso del sol, confuso, porque vivir no es fácil,
reanudo mi paseo sobre la alfombra de hojas
y miro la ciudad que eleva, incongruente,
sus colmenas —Torre de España,
Palacio de Oriente, La Almudena—
ofreciéndose sobre el manto vegetal,
equívoca como una prostituta de las que esperan,
junto a la carretera, a los náufragos del día.

 

Confidencias femeninas

Por hondos caminos me lleva tu nombre,
un sol de fuego crece en mi sangre
al recordarte
y, en la noche, galopan por mis venas
cierzo y ventisca y arañan en mi riñón las piedras.
No sé si añora mi seno tu boca
o tu mano,
ni por qué se curva para nadie mi cadera,
ni si mi vientre —caracola dorada—
enajenado espera
a alguien que aplique los labios a su vértice.
Un ardor de esperma abrasa mi frío y no sirve
que recorra la ciudad y entre en discotecas y bares:
estás en todos los hombres,
pero ninguno eres tú.
Pensando en ti se estremece mi cuerpo,
me siento perdida, se tambalea mi fortaleza.

José Manuel Pérez González
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