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Transiciones y transgresiones: poemas rutinarios, de Carlos Arturo Arbeláez Cano
(selección)

lunes 13 de mayo de 2024
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“Transiciones y transgresiones: poemas rutinarios”, de Carlos Arturo Arbeláez Cano
Transiciones y transgresiones: poemas rutinarios, de Carlos Arturo Arbeláez Cano (El Arcano Editores, 2018).

Transiciones y transgresiones: poemas rutinarios
Carlos Arturo Arbeláez Cano
Poesía
El Arcano Editores
Bogotá (Colombia), 2018
ISBN: 978-1-234-56789-7
185 páginas

Ella

Allá va ella a la deriva
por doquier derramando sus encantos
y el misterio que sólo ella podía
descifrar con su danza de gacela.

Quien descifre esos pasos
accede al privilegio de sus ojos
y al destino final de sus asuntos
que son invitación a los delirios.

Así es ella urgiendo sus misterios
más diáfana que el vuelo de gaviotas
gravitando en el fragor del oleaje
entre cantos de piedras recorridas.

Es ella la que gira en arreboles
impulsando la piedra del molino
cuando el viento impone su destino
hasta alcanzar el fin de los abismos.

El ardoroso magma en su mirada
como fragua que forja mis quimeras
calcina con sus rumbos el estío
procurando tibieza en el reposo.

Los suspiros llamándome al regreso
a buscar mi refugio en su regazo;
turgencias y lisura, sus colinas,
me reclaman este paso final:
encuentro de mi propia redención.

 

Laberintos

Siempre los laberintos a la espera
del paso, de la errancia, de la duda.

No deciden por mí ni presienten mis rutas,
yo los burlo en cada recoveco
de sus propias rutinas;
los burlo porque sé que son miles
los canceles de escape
y es solamente el tiempo mi enemigo.

Yo quiero eternizarme en la inflexión
de cada decisión a la que me condenan,
y a cada una de las alegorías
que son como parábolas inversas.

Curvas de inexplicables trayectorias
tatuándome un destino en el cerebro,
dándome en heredad los sobresaltos,
que a su vez serán mi posesión
para mis herederos y acreedores.

Ellos me indagan; yo he tenido la suerte
de invisibilizarme en los confines del delirio
y entre los meandros de la melancolía.

Ellos me buscan para jugar conmigo
en la pesquisa de las voces que ocultan
detalles de la totalidad y del no ser.

Vacío; producto del ejercicio del silencio
entre la algarabía de mil voces
y de la soledad entre el bullicio
de una ciudad que habito sin saberlo.

Este es mi laberinto, única propiedad,
que me atrapa en sus redes infinitas…

 

Soledad

Inquilino de mi propia soledad
el silencio me cobra sus ausencias.

Gime el torno de un alfarero
en su giro de paso de artesano.

La arcilla gesticula entre sus manos.

Una danza de formas se disputa
la ebriedad de un cáliz milenario.

Dan de beber los caldos fermentados
de una heredad disputada a la tierra
por ello maldecida en su sabiduría.

De un destierro abisal he regresado.
Huía de las ofensas y el martirio
del vuelo de los cuervos husmeando
el curso de la muerte en los meandros.

Acércame la lámpara para calmar insomnios,
abanícame el aire que circunda
mi respirar postrero en la agonía,
seca el sabor salado de mi frente
que se agota, no tanto de pensar,
sino de maldecir este arrepentimiento
de regreso al solar de mi partida.

 

Otro gato

Estos seres que inspiran la ternura
no dejan de ocultar delicadas fierezas.
Deambulan por entre los rincones y el silencio
rondando nuestro encierro y vigilando el clima;
van acechando el tránsito de los fantasmas.

En su vigilia —es un decir
pues no despegan los ojos del letargo—
vigilan implacables la levedad del ser.
Cada hallazgo en el sueño o la memoria
es motivo de alarma en el astuto.

Créanlo o no,
y por imperceptibles que parezcan,
los puede despertar el sobresalto
de una palabra porfiada en invadir
un lugar impensado en el poema.

A una pequeña brizna de inquietud:
yergue hirsutas orejas como antenas
capaces de rastrear nuestra tristeza
o una confusión fatal de la sintaxis.

No piden nada. Maúllan en mil tonalidades
o cabecean nuestros flancos a su antojo
para darnos raciones de ternura y afecto;
raciones, eso sí, escrupulosamente recontadas.

Y cuando no,
arquean su espinazo y aplastan las orejas
en recriminación por la ausencia del ritmo y de la métrica,
de un andar cadencioso que sedujo
los tedios vespertinos del reposo;
hoy vivimos la casa de los abandonados.
Ella se ha marchado, y él, más que yo,
le hace los desafíos a la desesperanza.

Retoza en paz exhibiendo su panza,
reclamándole al sol por la tardanza,
no calcula en su ingenio un abandono.
Se le acerca la noche en el crepúsculo
y es hora de intentar otro destino.

Carlos Arturo Arbeláez Cano

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