Habito en la memoria
Habito en la memoria fría,
en el hueco vano de la tarde.
En el murmullo breve de la brisa,
en ese solar crudo y baldío;
habito en un lugar de la existencia,
en esa voz que el viento trae,
del río en el agua interminable.
En la soledad del desierto donde
soy anacoreta loco y soy cautivo.
Habito en la palabra nunca dicha,
en el verso todavía no nacido,
en el canto del jilguero somnoliento,
en las notas del arpa que dormita
y en ese poema aún no escrito.
Habito en la luz fresca del alba,
en las figuras fantasmales de la noche.
En los arreboles por fuego consumidos,
en el atardecer que llega a mí cosido.
Habito en el rito y la plegaria,
en el dolor y en el consuelo
por saber que, tal vez, yo no existo.
En la tristeza de los que sufren
y en la inocencia alegre de los niños.
Habito en sueños en la Luna,
que ilumina las sombras sosegadas;
en las estrellas que arrojan luminarias,
calor al corazón, callado grito.
Habito cada día y cada instante
en la memoria, en la palabra,
en la alegría, en el dolor, en las estrellas,
y en todo lo demás que queda
sin nombrar, cubierto por el polvo
y duerme para siempre en el olvido.
Presos del sueño y el tiempo
Navegando en un velero,
Sobre el tiempo va ya el sueño;
Agarrados de la mano,
Buscan un solo universo,
Las olas mojan su pelo.
Van hacia el mismo destierro.
No intentan porque no pueden
Abrir el mar con sus dedos.
Van devanando sus sesos.
El sueño ve tempestades
En la frontera del tiempo,
Lo ve como un logro incierto.
En el aire que respiran
Siembran flores que son besos
Y abrazos cual versos tiernos.
Cuando el día se levanta
Inicia el niño el paseo;
Al atardecer, solitario llega el viejo.
Este tiempo es falsedad
Para el niño y el anciano.
La vida tan sólo es sueño.
Nadie siembra corazones
En los campos del deseo
Ni en los océanos del tiempo.
En el mar, sin horizonte,
Persigue el tiempo momentos.
En la arena, en su silencio,
sin sangre, con desaliento,
desfallecen ya los sueños.
El despertar de una sonrisa
Llevo conmigo de paz cálida aurora,
un ansia de metal aquí en mi pecho,
una visión de Luna que enamora;
un caminar errante, una daga,
un disparo de dolor, una paloma.
Llevo rojo de sangre en mis pupilas,
un bocado de fango, lodo y nieblas;
un torrente de sal en mi garganta,
un resplandor de horror y de tinieblas.
Llevo angustias mil sobre mis hombros,
volcanes de cristal, fuego, despecho;
un océano de estrellas en mis ojos,
una mochila de llanto y de desprecio.
Llevo cenizas incandescentes de pasado
llevo llantos de pájaros, de olvido.
Llevo en mi cabeza luz de infierno,
y en mi corazón paz de cielo herido.
Llevo en mis brazos cantos de ángeles,
verde de ausencia llevo y brotes tiernos.
Llevo sueños con hambre de futuro
y calor del ayer de fríos inviernos.
Llevo entre mis piernas sed de calma,
cubriendo mis rodillas agua de brisa.
Llevo calzados mis pies de sensaciones,
y en mi alma el despertar de una sonrisa.
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