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Poemas de Alejandro Díaz-Delgado Menchero

viernes 5 de julio de 2024
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Tallos de marfil

Tallos de marfil besan mi piel,
diamantes se dejan caer por mi rostro.
Rosas y claveles brotan de mis brazos
cuando el dolor las acaricia.
En mi oscuridad titilan estrellas,
me observan,
me contemplan,
me juzgan.
Yo les devuelvo la mirada,
soy libre y soy eterno.
Los niños saltan a las piscinas
y yo sobre el agua camino,
invisible,
imperceptible,
atravesando los muros,
mecido por los arcángeles que ya me han tomado.
A mi paso las velas tiritan,
las flores se inclinan,
dejando un rastro apagado tras de mí.
Oigo un llanto materno,
a un padre que apagado tiende el brazo.
Un réquiem viste mi cuerpo desnudo.
Soy aire,
soy la esencia de cuanto un día fui.
Bajo hasta la más profunda fosa
para luego elevarme a la más alta luz.
Unos brazos me levantan,
la canela danza en mis labios.
Un sinfín de colores,
morado, rojo, azul,
se balancean en mis ojos.
Allí yazco, desplomado,
cuerpo de marfil
y labios de mármol.
Raíces escarlatas por mis brazos,
por mi pecho,
escurriéndose en mi alma.
Metal y hierro,
el sabor agrio de la marcha
y una última caricia
sobre una piel por siempre desgarrada.

 

Soneto

Sometido a tu eterno desgarro
me arrastro por el impasible lodo,
te encuentras, amor, en cada guijarro,
te clavas tú en mi corazón todo.

Mi llanto por ti perdió el decoro
anhela dicha que inclemente hurtaste,
no puede el tiempo con su abrazo de oro
cesar el martirio al que me empujaste.

Siempre son mis lágrimas centinelas
que guardan mis noches de tu abandono
cuando en aquéllas busco tus estelas.

Me rindo yo a mi eterno sollozo
esperando, necio, que antes del alba
retornes a mí, mi eterno alborozo.

 

Ocaso

Marchaste al ocaso,
tras el alba de mi felicidad.
Las rosas que un día perfumaron mi cuerpo,
hoy exánime,
yacen muertas en la cripta junto a él.
El latido se ralentizó a tu partida,
las olas rompen inclementes
contra los versos de nuestro ayer.
¿Dónde queda la promesa del eterno mañana?
Lo Posible asfixia
y lo Imposible se aferra a mí,
besando cada recoveco de mi piel,
eyaculando besos olvidados.
En la orilla agonizo mientras las gaviotas del recuerdo
trazan círculos sobre mí, esperando mi partida,
esperando robar aquel último aliento que
ahogado en lágrimas te cedí.
Todas las palabras emanan de mi aflicción,
la pradera un día frondosa
se apaga a tu paso,
y el retrato de tu piel que juré conservar,
arde en las llamas de mi pena,
quemándose en la eterna hoguera del olvido.

 

Eterno

Te escribiré mil poemas
recitados con mis versos
doloridos por espinas
que se enredan en tus besos.
No soy más que flor marchita
desgarrada por tus dedos,
moribundos nada sienten
atrapados por el tiempo.
Como un castillo de arena
me desprendo con tu aliento,
cayendo ante el enemigo,
aquellos oscuros miedos.
Convoco a los no olvidados
espejos de mis ancestros
decidme qué debo hacer
decidme qué es lo que siento.
¿Por qué la marcha es tan fría?
Alejado de ti encierro
el alma de un pecador,
soy príncipe en el destierro.
Los días son las sirenas
que me empujan mar adentro,
sus voces quieren ahogar
a este joven sin aliento.
Me encierra un lugar vacío
me encierra un lugar incierto
no sucumbiré a los gritos
mi corazón es de acero.
Moriré en la batalla,
como un guerrero sin miedo
que su vida otorgaría
salvando al amor eterno.

 

Balada soñolienta

Atravieso las tinieblas
un páramo incierto.
Mis pies son plumas que acarician
las cuchillas esparcidas por el suelo.
Avanzo junto al pelotón
la luna gime penumbrosa
en el cielo de la Muerte
derramando lágrimas de plata sobre la negra mar.
El metal sabe que llega su hora.
Entorno la mirada.
Un niño de rizos áureos juega junto a mí,
persigue a una mariposa que orgullosa
se escapa de sus manos,
las flores se contorsionan hermosas junto a él,
los pájaros entonan cánticos inocentes
y el sol baña las bocas de perlas.
Abro los ojos,
las estrellas indican el camino.
¡Tres!
Comienza una danza letal.
Un violinista invoca melodías,
un trueno quiebra el firmamento,
las murallas de un castillo se resquebrajan.
¡Dos!
Se percibe un llanto
la marea se retira,
las pecas del cielo tiritan,
betas violetas cicatrizan en el horizonte
tiñendo de morado melancólico el infinito.
¡Uno!
Un fiero destello.
Los pájaros vuelan atemorizados,
las olas rompen contra las rocas,
el cuerpo se desploma.
Ríos escarlata bañan la orilla,
la luna se apaga
y una tímida luz emerge de las tinieblas
besando en el solitario vacío
a la noche ansiosa de compañía.

Alejandro Díaz-Delgado Menchero
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