Terrible verdugo
Con mirar triste y desvelado,
invoqué a la noche para ahogarme en los perfumes de su llanto;
la ira, el dolor y el mal juicio de mi alma desesperada,
no hicieron más que darme la razón:
¡la sangre siempre encuentra la manera de engañar al altivo resquemor!,
clama en mi interior el terrible verdugo
que, bajo los más duros preceptos, en mí dormita.
Y todos los inmundos recuerdos del ayer, del ahora y del mañana
han comenzado, en un último adiós desvelado,
a esfumarse, en una triste y primitiva envidia,
de los resquebrajados labios de un festín extraviado.
¿Y quién velará por las cenizas de mi cuerpo?
¿Y quién decapitará a la noche de duros tratos?
¿Y quién se encargará de multiplicar las verdades
que por miedo e ignorancia han sido ultrajadas?
¡El clamor siniestro de las luces paternas,
el ruido terco que asfixia mi despertar
y las insolentes masas aventándose sus ausencias a la cara!,
¡no forman, en su conjunto, claro está,
más que una verdad a medias
a la cual todo el mundo prefiere ignorar!
Y en la dura admiración de los rotos silencios,
mi cuerpo se conduce a sí mismo
y en desmedro de toda ausencia y presencia,
hacía lo que a todas luces pareciera ser
el más espléndido de los tronos.
¡Cómo quisiera naufragar hasta el inconsciente doloroso
en donde se revuelcan, entre efímeros placeres, los hombres!
Cuando galope contra las luces y sombras
de un último crepúsculo en llamas,
mi imagen les resultará tan sublime y cercana,
a los enjambres de listas mentes y tercas manos,
que no habrá lúgubre luto ni féretro ardiente
que sea capaz de abandonar
el entrecejo triste de mi rostro desorientado.
Danza de siglos
En desmedro de todas las patrias, de todos los pueblos
y de todas y cada una de las razas
que han sido, son y serán, por la memoria y el tiempo,
sepultadas, borradas, olvidadas,
los feroces recuerdos que se alimentan
del vociferar terrible de la ametralladora
roen nuestras almas y consumen nuestros cuerpos.
Hasta socavar, con sus tristes y adornadas miserias,
todo instrumento rebosante de metalurgia humana
y toda ciencia carente de razonamiento y vacío suficiente
como para arrastrar consigo y contra sí misma
la poca misericordia que, por los más humildes rincones,
aún persiste, resiste e intenta, desesperada.
Y entre sordas plegarias, los hombres sin voz
van cayendo presos ante la locura de sus fracasos,
diluyéndose consigo, y con justa razón,
toda esperanza de júbilo y alegría.
Y al mirar a su alrededor un bosque de hambrientos fusiles
los hace recordar lo incierto del mañana.
Y la danza fúnebre, de innumerables apetitos,
se alza inmensa sobre un siglo
cargado de pesadillas, dramas y ambiciones...
un siglo que se mueve, al ritmo de la gran catástrofe cósmica,
junto al peso terrible, de lo que consigo carga,
como si se tratase de un oasis en la abertura de los lamentos.
Enmudecidos rostros
Aventándose, sobre la cresta ausente de lo desconocido,
hinchados de una festiva y opaca desnudez,
deambulan, enfermos, los enmudecidos rostros
y todo cuanto tiñe el resquemor ajeno
de la labriega y poco misericordiosa existencia humana.
El misterio recae tras la incierta palabra
y la tierra endurece los corazones
y la substancia infinita nos envuelve y desorienta
y el hemisferio terrible de la sola plenitud nos salpica en bruto
con su desdicha y vacías promesas.
Mas los enigmáticos sollozos que recalan
sobre la noche, de asonantes formas y modos,
cual grito hambriento
al que un corrupto juez condenó
al silencio y al exilio matutino de sus propias visiones.
No hacen más que alimentar a la industria elemental,
que crece desde los despojos
de la enferma y cada vez más alicaída sociedad,
¡en la que todos, sin excepción alguna,
nacemos, crecemos y morimos como esclavos!
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