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Poemas de Pablo Fuentealba Peñailillo

miércoles 9 de octubre de 2024
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Los besos de un cadáver

Las sombras se vuelcan tercas y los días,
partidos en remotas figuras, claman
en los brazos de una triste y lejana ausencia,
por lo que no me queda más remedio que resquebrajar
en mil alientos la tiranía que en ellas habita:
¡frías como los besos de un cadáver!,
arrojan a la cara los aromas de una hipnosis
cargada de esqueléticos círculos,
fieros, desnudos y longevos matices.

Mientras que, desde las profundidades del día mismo,
la bruma comienza a erguirse inmensa,
con sordos temblores de pánico.
Y entre las almas que se van encarnando
a nuestra frágil y primitiva conciencia
se puede oír el grito sordo y desesperado:
¡noche de julio!, ¡noche de miércoles!,
¡noche de Venus!, ¡noches, noches, noches...!,
¡malditas e insoportables noches!

Noches que enloquecen ante mí
y ante un mundo cada vez más embrutecido
y sólo para divagar ausentes
en los labios de un beso que aún palpita
en la boca terrible de una presencia extraña...
Un beso que aún aguarda en una espera intensa,
¡como el rugir templado de una indomable fiera,
cuya somnolienta bravura
carece de todo tipo de lógica y arrepentimientos!

Mas la derrota del gesto agonizante
y del último valor inexpresivo del fuego y del hierro,
inconmensurable en todas sus labriegas formas,
no hace más que quemar de golpe
a las espantosas lágrimas de la costumbre,
llevándome, en innumerables e insospechados quiebres,
hacia la caída, vagabunda y dispersa,
de los desterrados cuerpos del desequilibrio.
¡Y mi propia estupidez gatilla el rencor hacia lo extraño
y me invita a luchar contra lo desconocido!

 

Una esquizofrénica criatura

Ni el más terrible
de los demonios del infierno
se puede comparar
a la malvada y esquizofrénica criatura
que habita en mi interior.

Una que se alimenta
de mis miedos e inseguridades
para abrirse paso hacia el exterior
y gritar, a todo pulmón,
en contra de lo que más amo.

 

El lastimero azar

Desde que recuerdo
que he ido por la vida destrozando
todo aquello que toco
con mis sucias e impías manos.

Esa es la maldición
que me ha sido dada,
a modo de castigo,
por el lastimero azar.

Y no por la voluntad sagrada
de algún colérico demonio
como muchos imbéciles,
tan vilmente, han de afirmar.

 

Enfermos terminales

Una mañana, en la que vi muerta mi libertad,
me deshice de mis ropas y posesiones
para salir al exterior y gritar, a todo pulmón,
en contra de mi creador, ¡pero no obtuve respuesta!

Desde entonces, que para mí los dioses
no son más que una mala caricatura
de una sociedad de enfermos terminales
que, en vez de buscar respuestas,
sólo se conforman con algo menos de dolor.

Pero no los juzgo: ¡cómo podría hacerlo!,
si el solo hecho de no poder vivir
como otros lo hacen...
duele y desgarra profundamente.

Pablo Fuentealba Peñailillo
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