Marchitos condenados
Agonizando, ante el etéreo cortinaje de los recuerdos,
la bastedad, de una insaciable e incompleta ausencia,
grita incansable, furiosa, precoz y con rabia,
desde las oscuras entrañas;
de cientos, miles y millares de trastornados sueños.
Y desde los más fieros y apetecibles campos de batalla
las moribundas señales se arrastran, inconclusas,
sobre sus inflamadas y desobedientes barrigas.
Mientras que el cómplice obstinado, de irremediables obviedades,
abre, al punzante día, en dirección hacia la lucha
y hacia la aullada y polvorienta caída del llanto suicidado.
Y como si se tratase de un laberinto, de acuñados dolores,
que no sabe saciar ni mucho menos satisfacer
a ningún desvelo de extraviados e insolentes horizontes...
Lo poco y nada que queda de lo que una vez fue un hombre
supura su soledad ante el vertiginoso ritmo de la noche
y ebrio de placer ante la tan anhelada libertad
no hace más que autoexiliarse:
¡atento, despavorido y miserable!,
cual corazón hambriento que entre las llamas se estremece.
Y los tristes vestigios de una intacta ausencia
son, para éste y para lo que queda a su alrededor,
el sello impreso que le ha de recordar:
¿el ensimismado y característico, por qué?,
¿el inconsciente y abnegado, cuándo?,
¿y el cómo terrible, inconcluso?,
de la quemada, podrida, tronchada
y más que humillada sonrisa de un mundo que se cae a pedazos...
De un mundo de apetitos y rasgos insatisfechos...
De un mundo joven y grisáceo en humilde y constante retirada.
Y las injusticias a las que se ve sometido
agitan su calma y el rumor tenue y lacustre de un último deseo;
pintan un manojo de astros
en los rostros de los marchitos condenados,
¡como si el solo y embarazoso hecho!
fuera motivo suficiente para castigar a los hombres,
a los pueblos y a todo lo que en torno a ellos yace:
¡solo, infeliz y agonizante a la vez!
Impronunciables muertes
Y mientras el claustro hambriento
de las aullantes sombras reventaba,
en sagradas plegarias, la noche, ¡mis noches!,
las impronunciables muertes a mi pecho se arrimaban,
¡frías, hoscas y taciturnas compañeras!,
encarnadas a la blancura triste de mis desvelos,
¡parecían temblar de pavor
ante tan afilados espantos!
Y las melancólicas siluetas obsequiadas
por la funesta y primitiva ausencia de aquel yo solitario,
¡aquel yo que no es más que la suma pendiente
de todas las razas, de todos los hombres
y de todos y cada uno de los miedos y prejuicios
que de ellos, muy lastimosamente, he heredado!,
me envolvieron con su trato arrollador,
en rojo e imaginario horizonte.
Ingenuo ante la mirada del ritmo universal,
ante sus ecos y ante su oscuro y hermético cortinaje,
ascendí, con pasos de gigante,
desde las sucias entrañas de un misterioso sepulcro,
para hacerme, de un puñado de dolientes y desojadas lágrimas,
con el rito terrible, nocturno y profundo,
que atañe a los hombres de simple compostura.
Y de la monumental sabiduría del prejuicio,
con el que las labriegas e insolentes masas
dictaminan el sueño inútil del prójimo,
alimenté lo poco y nada que quedaba de mi cuerpo
y con la oratoria trágica y salvaje
del enmudecido luto de los olvidados
fui formando, amamantando, bordando, el doliente lienzo,
¡cuyo único y verdadero propósito es el llamado a la lucha!
Abominables cenizas
Mientras el quehacer atento, continuo y severo
de los melancólicos ecos universales,
gravita doloroso, a través de las indescifrables pesadillas,
la bullada danza, de un cementerio de absurdos lamentos,
se erige, abstracta y tentacular,
contra el disperso mirar de las cosas sin sentido,
que, de una incipiente forma, van cobrando vida.
Y la desheredada muchedumbre, de rotas máscaras,
alza y entona su canto de vida y muerte,
enarbolando sus cicatrizadas heridas.
Y de los despojados ataúdes, se liberan
las ardientes y dolidas brumas
para incendiar, con sus marginales ritos,
cada uno de los turbios crepúsculos precipitados.
¡Y al gatillarse, de forma inconsciente,
el filo hambriento de la noche,
nuestra alma, en el viento se derrama!,
y en el triste olvido de toda desdicha
nos entregamos al suplicio eterno de las cosas,
insistiendo en perpetuar nuestro fuego
en las abominables cenizas de un único
y quizás, también, último pensamiento.
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