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Poemas de Aida García Rubín

lunes 9 de junio de 2025
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Mi cuervo

Mi cuervo alado despliega sus alas.
En la noche tarde,
recorre con sus alas
las tristes caras de la gente que lo mira.
Mi cuervo se posa en una rama,
con su alegre canto resonando en la noche,
intenta llamar la atención de todas las almas que,
con tenues ropas y tristes miradas, se acuestan en sus tumbas.
Cuando la luz empieza a bañar el cementerio,
mi cuervo cierra sus ojos y,
como grises cenizas,
el viento lo hace bailar en la intensa luz del nuevo día.
Mi cuervo de alas encogidas,
una lágrima por su ojo baja.
Mi cuervo se despide al abrir su pico.
Mi cuervo se vuelve humo negro y cae al suelo su lágrima,
lágrima blanca y brillante como diamante
Adiós a mi cuervo.

 

Guerra

En cada suspiro que haga la tierra,
contaré todas las miradas de esta guerra.
De romper sólo saben,
de curar desconocen, y
ante el dolor, duermen.
Cada bala que se colecciona
es la tristeza de un corazón que se abandona.
Y ante la destrucción,
por mucho que deambule la razón,
sólo se sigue una dirección.

 

En una tela de araña

Me he caído en la telaraña de una araña,
a paso lento pero firme,
el arácnido viene a mí con ojos atormentantes.
El fino pero resistente hilo se pega a mi cuerpo
como el calor de verano.
La luz del sol me quema.
Veo asomar la mandíbula de la araña,
ya no veo el sol.
Mi nueva visión es la de una figura oscura.
Los finos pero punzantes pelos de sus patas
se clavan en mi piel.
Qué horrible es cuando sabes que algo va a suceder,
pero no puedes hacer nada.
El hilo me atrapa,
la araña me atrapa,
yo ya no veo nada
y caigo desesperada.

 

El ojo de mi habitación

Un gran ojo me mira desde la pared.
No sé cómo ni qué día apareció,
sólo sé que siempre me mira.
No parpadea, se mantiene inmóvil.
Cuando me voy a dormir su mirada atraviesa mi cuerpo,
haciendo que cada madrugada me despierte.
No importa lo que haga, él nunca deja de mirar,
pareciera como si todo lo que hiciera fuera muy interesante,
o quizás sólo mira porque no tiene otra distracción.
El gran ojo de mi habitación siempre me juzga,
siempre me ve,
nunca parpadea,
y nunca responde.

 

El último paseo

Conducir apenas con ropa.
Miro por el retrovisor y veo dos grandes
perlas negras en mi cara.
Mi pelo despeinado y rebelde
hace movimientos oleados por las ráfagas del viento.
Mi maquillaje corrido se desprende de mi piel.
Mis manos tocan el volante, pero apenas las siento.
Mis uñas recién pintadas de un rojo intenso
parecen dispuestas a predecir mi inminente futuro.
La noche es tranquila pero con aire salvaje.
Por la carretera se encienden las luces a la vez que
se apaga mi vida.
Una curva demasiado pronunciada me da la bienvenida
a mi nuevo día.
En mi coche, mis manos ya no están puestas en el volante,
y mis largas uñas no son las únicas que poseen
ese rojo intenso y brillante.

Aida García Rubín
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