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Cinco poemas de Aida García Rubin

viernes 18 de julio de 2025
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Ángel de piedra

Una lágrima cae de la fría mejilla
de un ángel de piedra.
Con los brazos en forma de plegaria
entierra su rostro entre lirios blancos.
Rezos y llantos en el cementerio de encanto.
Puertas cerradas que el tiempo oxida,
que las almas aguardan
y los gatos arañan.
Piedra fría que ni el sol calienta,
que el musgo tapa y lirios marchita.
Todo lo que entra en contacto con la muerte,
de una forma u otra, desaparece.
Es despojado de su alma y arrojado a
la sepultura del olvido.

 

La ciega luciérnaga

Fuera de la flor vuela una luciérnaga ciega.
Revolotea incesantemente.
El invierno llega y la flor se congela.
La ciega luciérnaga vuela y vuela.
El verano acecha y la flor se endereza.
La ciega luciérnaga vuela y vuela.
El otoño regresa y el final del ciclo se acerca.
La flor se marchita y caen sus pétalos.
La ciega luciérnaga culmina su vuelo y cae con pena.
Pobre luciérnaga que debido a su ceguera
no pudo ver la cálida luz que se reflejaba en
los vírgenes pétalos de aquella flor.

 

Amor eterno

Hay un campo en las afueras de
un pequeño pueblo.
Una anciana colecciona amapolas que
negras se vuelven cuando rozan su áspera piel.
Su marido en casa la espera.
Ella no tiene prisa, sabe que nadie la piensa.
La anciana deposita las negras amapolas
en el difunto pecho de su marido.
Éste tiene la mirada fija en el techo,
como si estuviera buscando el cielo.
La anciana se recuesta al lado de su marido,
mientras le narra su día.
La esposa agarra la mano de su esposo, mientras
los anillos de casados, ya oxidados, tintinean
en la oscura habitación.

 

El pecado y su redención

Entre toda tu belleza encuentro tristeza.
Alma rota que busca redención.
Llegas a la iglesia y el diablo es
tu perdición.
De vergüenza pecas, que con vino tapas.
De pecado te nutres, sólo para sentir sangre
en tus venas.
Lujuria pareces, pero estrecha con el tacto te vuelves.
No busques en el crucifijo, ya es tarde para mirarte
en el espejo.
El arrepentimiento se aferra en tu daga, que hábil
las corta hasta no dejar nada.
Sigue esperando tu perdón, pues la copa
ya no te habla.
El sexo ya no te canta y sin pecado no eres nada.

 

Autodestrucción

Porque cuando las palabras elevan mi
rabia, mi cuerpo se consume por mi boca.
Y es cuando el ciclo empieza,
cuando tragar es un suplicio para el alma
y una daga para el orgullo.
Cuando los espejos colapsan y mis gritos
ya no resuenan.
Cuando la culpa haga caer mi pelo,
cuando mi piel se quiebre por vergüenza
y cuando respirar se vuelve condena.

Aida García Rubín
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