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En busca de Shaun-Mor, de José Luis Ariel Méndez
(selección)

viernes 18 de julio de 2025
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“En busca de Shaun-Mor”, de José Luis Ariel Méndez

En busca de Shaun-Mor
José Luis Ariel Méndez
Poesía
Ediciones Vitruvio
Madrid (España), 2025
ISBN: 978-8494402494
136 páginas

En un lugar, en un puente

En el condado de Longford,
a pocas millas de Ardagh,
hay un río de flores sin flores,
el brillo de un jardín secreto,
un espejismo de agua
llamando a contemplar su curso
entre los árboles.
Así serpentea tu recuerdo,
tus altos ojos azules,
su intensa genealogía.
¡Y el pasado haciendo tiempo bajo un puente
de piedras apretujadas,
tan verdes como orgullosas
de haber sostenido durante siglos
los besos de los amantes!

 

Viajando a través de Irlanda

Como todos saben, Irlanda es tierra
de mitos y leyendas, historias que se palpitan
en cada valle, en cada pueblo.
Es mucho más que folclore y narrativas
de un pasado legendario y un presente que deslumbra.

Hay mentiras que dicen la verdad
como también verdades que nos mienten.
El que pretenda un milagro, sepa que en Irlanda llueve
incluso cuando sale el sol.
Y sepa también que hay más paraguas
que irlandeses.

La poesía es esa magia que se hace con palabras
cuando se habla de mundos
damasquinados en este. Hay muchos mundos
que habitan en y entre nosotros, mundos
difíciles de encontrar
sin los poetas, siendo poeta el viajero
que se detiene a contemplar.

Claro que no todo son banshees, leprechauns o selkies.
Ni todo bebé perdido es por culpa de los changelings.
Aunque si fuera así, estaríamos hablando, por cierto,
de pérdida e identidad.

En síntesis: recorra Irlanda. Recorra Irlanda
para saber quién es usted, pero no pretenda que Eire
se lo diga a la primera.

 

Lee también en Letralia: reseña de En busca de Shaun-Mor, de José Luis Ariel Méndez, por Alberto Hernández.

Poema del Tramadol

Me duele todo.
Huesos, articulaciones, vesícula, cabeza,
cervicales, la cumbia de mis vecinos, niños, piqueteros,
Banco, préstamos y deudas, alquileres, seguros...
Y hasta la mancha que acosa vulgarmente en la pared.

Todos tenemos una razón para seguir creciendo
y muchas para envejecer.
Y eso es terriblemente doloroso.
Dolores crónicos, agudos, somáticos, viscerales,
neuropáticos, nociceptivos.
Eso duele también.
Como entrar en tu interior y no ver nada,
como engordar mirando
lo que otros comen.

Los concursos que no gano, las páginas
que escribo y nadie lee, las ideas
que se mofan de mis actos, la piel que amo,
Los viajes al fin del mundo que no hice
y esta pasión tan triste de bailar un tango
con mi sombra.

Todos los días del año, las alarmas que pongo
a la mañana, la lluvia que no cesa en Galway...

Por mucho Tramadol que tome,
no deja de dolerme el “sinvivir”.

 

Anillos de Claddagh

Una mujer atrapada en el dorso de un anillo
donde brillan las fechas de algún aniversario
y el perímetro de fuego añora su anular.

Una mujer atrapada por un símbolo de encuentros
con los ojos repletos de quilates
porque el tiempo es un hábil prestamista.
Y tiene su metálico discurso, su opulenta poesía
Como todas las órbitas que cierran.
Pero nada recuerda las palabras
junto al fuego, los instantes de nieve que caían
suavemente, los hitos de las ropas
llevándome a su cama.

Esa mujer era el círculo perfecto.

 

Habitación de hotel

No pertenezco a esta noche.
Ni a estos sádicos insomnios
que me reclaman.
Esta cama es incapaz de acogerme
como el heno en Galway.
Difícil cerrar los ojos y dejarse ir
donde el amor jamás durmió la siesta.
Aquí no peso nada
ni hago chirriar los muelles
cuando vuelvo de la pesca.
¿Cómo confiar en esta almohada
la prole de mis secretos?
Alguien del otro lado
respira profundamente.
Aquí la culpa hace patria.
Cuando deje la habitación,
nadie me echará de menos.
Ninguna piel se sentirá engañada.
Otros extraños vendrán
y probarán los resortes, su elasticidad,
con mayor o menor vehemencia.
Padecerán los mosquitos
y la agonía del ventilador.
Mejor su fiebre que mi vacío,
el sofoco que mis deudas.
Miro con frialdad el techo
y a quien yace a mi lado lleno de asperezas.
¿Recordaré mañana su nombre?
¿La forma en que me muerde el cuello?
No pertenezco a esta noche.
Por eso miro el reloj a cada instante.
No son ni las dos y media
y ya quiero volver a casa.

 

Estirpe milenaria

Supongo, Irlanda, que lo nuestro estaba escrito,
aunque nunca hubiese imaginado
de qué modo
tus caminos pertenecen a mis pasos
y mis pasos a todo lo que escondes.
Sé que el mismo tiempo nos respira,
que hay amores que saltan como chispas
y crean el amanecer.
Te conozco más por tus misterios
que por tus vientos y lluvias. Nada en tus ríos
me da la sensación de ser llevado
por la fuerza de lo irremediable.
Nadie apaga, aunque quiera, de un soplido
tus llameantes flores veraniegas.
No hay muros complacientes que saltar,
No hay lamentos que detengan los relojes
como nunca ha habido humo sin hogueras.
Vagabundeé, es verdad. Hasta que alcé mi casa
entre íntimos espejos
para hacer de la vida algo incesante.
Y a pesar de las dudas y los miedos
de un hombre que camina sin destino,
jamás me atormentaron tus respuestas.
Ahora sabemos que en las noches más oscuras
todo parece inmóvil. Que la lluvia
que arrebata los paraguas
tan solo quiere divertirse, como tú y yo,
unidos por amor a la poesía,
en este gran abrazo del mar y de la tierra.

 

Puerto de Dublín

Recuerdo —la palabra en sí misma es memorable—
cuando tus ojos se llenaban de tormentas
sobre el Atlántico.
Llegamos a la isla en ferry.
En tus cascos, se podía oír “The fields of Athenry”,
cantada por Los dublineses.
“Precioso himno”, dijiste
con lágrimas en el alma.
Y solo cuando bajaste a tierra
y las gaviotas exhaustas
caminaban por rugosos adoquines
tapizados de hierbas y de flores,
comprendí al cogerte de la mano
lo que se siente al regresar a casa
después de media vida fuera
mendigando el sueño de los otros.
Entonces —y solo entonces— pude ver en tu mirada
la nostalgia de los barcos en los muelles.

 

Genealogía de la moral

Y sí, he conocido mundo, lugares
donde las tribus te asesinan
si rompes sus sagrados vínculos.
Tierras donde abundan templos, dólmenes, monolitos
y vives bajo la sombra.
Benditos los que creen, los que sacrifican a sus corderos
para invocar la lluvia, las cosechas.
Siempre serán consolados... por el dolor y la sangre.
“Tenemos muchas creencias para odiarnos,
pero no las suficientes para querernos”, comenta Swift.
La carga de la prueba, el ajuste fino, las cinco vías,
el problema del mal. ¡Cuánto debate bizantino
sobre alguien o algo que nunca se pronuncia!
Cuestión de fe, búsqueda de consuelo, narrativas
para soportar la muerte, la brevedad.
He conocido mundo, lo que puede una palabra de cuatro letras
Y me inclinaba a negarlo todo, cuando Nietzsche
se presentó en mis sueños y dijo:
“Maté a Dios para entregar mi alma a otra moral
donde la ley y la verdad no existen”.
Ya lo intuía yo. Los hombres crean a sus dioses.

 

En la parada del bus a Kilkeny

No hace mucho, yo era un extranjero
en estas tierras violáceas. Sabía las palabras
y sus cosas, comía de la mano
de la cordialidad, no me sentía extraño,
ni grande ni pequeño. La distancia,
más que llanto, me otorgaba perspectiva.
Aquí nunca me dolía el rostro
cuando hacía frío,
al quedarme pensando solo
al borde de los acantilados.
Aquí aprendí ciertas cosas:
el idioma de lo inexplicable,
la belleza insistente de la lluvia,
mil formas de romper paraguas.
Siempre seré distinto
cuando me sirvan té,
cuando tenga que contarles algo
sobre mí. Tomar cerveza y charlar
sobre un partido de rugby,
sobre el beso hospitalario de una chica.
Hay pasiones que se encuentran ya de viejo,
sonidos que, de repente, dejan de ser de otros
para encarnarse en uno. Esto se nota
en el áspero presente del exilio,
cuando al dolor le falta algo
y no es la herida
o su razón de ser.

Pero aquí estamos entre las banshees,
en bosques de sagrados robles
y tréboles de cuatro hojas, mirando el infinito verde
que nos canta, los ríos celtas que borbotean
sus leyendas caudalosas.
Amaneciendo siempre
en el mismo lado de la cama,
recibiendo con alegría
las luces de Wicklow Way.

A pesar de tantas lluvias alienígenas,
de los olores natos y pujantes
que salpican
las álgidas praderas
donde el viento pisa
las florecillas de los cámbulos,
la tierra invita al extranjero
haciéndose, de pronto, un ondulante abrazo
entre el fulgor del verde
y la sombra de quien camina.

¿Quién no hace nido si cría?
La hospitalidad es el abrazo de los pueblos.

En estos valles y ejidos donde rumia el tiempo,
somos huéspedes de una sutil belleza
(pupilos, comensales, contertulios).

Va atardeciendo. Esta es la noche en que los muertos
pueden dejar sus tumbas y bailar.
El hombrecillo aquel de la última parada
me lo ha dicho.
Todo es mejor de lo que yo pensaba.
Una inmensa gratitud me anima.

 

Volverse a ver

Viajo hacia el sur, pero antes de llegar a Cork
estiro las piernas en Cashel. Prendo un cigarro y lo fumo
como si fuera un último deseo. Encaramados a la colina,
veo la torre, el palacio, los altos muros mordidos
por el tiempo. Sé que debo llegar temprano
por una vez en la vida. Perder el tren es lo mío.
Estar solo en las estaciones. Pero este lugar tiene algo,
algo así como una magia encendida y un viento suave
que peina la hierba indómita. Mirando el tormentoso cielo,
recuerdo la infinidad de veces que caminábamos en Cork,
sin dirección precisa, como si fuéramos dos hojas
pegadas a la piel del viento.
Los besos en el Parliament Bridge, los olores del English Market.
Y cosas por el estilo que me hacen estremecer.
¿No fue del otro lado del río, en el Our Lady’s Psychiatric Hospital,
que te dije una noche helada
que estaba loco por ti? ¿No respondiste en Santa Ana,
como Ossián contó a San Patricio, que existe un lugar muy bello
donde el tiempo se detiene y no existe la enfermedad?
Quizás podamos caminar allí. Espero que no te importe
si llego tarde a tu entierro.

 

En brazos del paraíso

Mira, Shaun-Mor, aquí hay de todo:
vino, tiempo, sol y tentaciones.
La música es alegre y baila por las calles.
La noche no termina con el día.
No se trabaja ni los lunes ni los martes ni los miércoles.
No se echan en falta las miserias. La soledad del triste
es solo otra leyenda urbana. Todos viven.
Los cuerpos no envejecen, las mentes
tienen alas y vagan por los cotos
como quien salta de flor en flor, buscando aromas.
Las mujeres y los hombres son iguales.
La fortuna no hipoteca tu sonrisa.
Ni llueve sobre mojado.
La vida misma es un inmenso préstamo
de gozos y ternuras. El mar
se balancea como un niño en una hamaca
mientras el viento canta nanas primaverales...
Y yo me duermo en tus brazos. Y yo me duermo en tus brazos
con sueños que nadie entiende.

José Luis Ariel Méndez
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