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Tres poemas de Miguel Rodríguez Otero

viernes 8 de agosto de 2025
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la chica de los barquillos

una chica rubia empuja
un carrito con barquillos.
se para en un lateral
de la plaza central,
y se mira en la acera,
las dos tan llenas de lluvia.

esta chica siempre tiene quince años,
no importa cuál sea mi edad
ni mis circunstancias.
yo la conocí a los diez,
luego a los veintiuno,
y antes de eso a los ocho,
cuando pensaba en barquillos
y en mares y piratas,
pero aún no en el sexo
ni en otras cosas
que no hay por qué confesar.
ahora tengo cincuenta y siete
y me la encuentro de vez en cuando
a tres horas de avión.
supongo que tendrá hijos
y un sitio donde vivir o caerse muerta,
llena de lluvia.

la oigo anunciar galletas
vejez y sexo,
y mi vida se despierta y responde
después de tanto tiempo,
como si volviera a tener quince años
en la misma ciudad,
y todo fuera —de nuevo— cierto,
posible y real,
aunque hagamos como si no nos conociéramos
y hablemos sólo de cucuruchos.

 

hoy por fin

me afeas que olvide aniversarios,
fechas de esas que abarrotan las agendas
y que uno ha de tener presentes
para no coincidir entre amantes.

en vez de esto,
me caducan las tarjetas
y me falla la memoria,
no sé en qué casa he dormido
la noche anterior.

pienso que si sigo
escribiendo estas gilipolleces
llegará un momento en el que,
sin saber qué lo provoque,
reconozcas alguna de ellas.

aunque no sé lo que harías
si eso sucediera.

hace tiempo que estoy cansado
de la puta poesía,
de señales y mensajes en clave.
los míos, quiero decir.

así que aquí estoy hoy, por fin,
sin franja horaria
y sin acuerdos previos,
perdiendo la medida
en un día cualquiera de la semana,
y en uno de esos cafés
en los que, la verdad,
no sé si estuve contigo.

 

el patio

el sótano es un lugar seguro
donde jugar con mis muñecos,
ser un héroe al desfilar
junto a los tarros de conservas.
soy su único aliciente.

llevo huyendo desde que me escapé.
la gente habla,
pero vive en habitaciones templadas
con vistas a jardines interiores
y piensa que no existen los monstruos.

yo tan sólo desangro las cunetas,
abro el agua helada del río.
este mes he comido todos los días
y empiezo a pensar que soy normal,
que por fin algo ha sucedido
y que es posible una vuelta atrás.

tonto de mí, regreso.
accedo por el patio
forzando la cerradura,
pero ya no hay nadie.
ya somos otros,
y mis muñecos han muerto
sin llegar a viejos.
el patio de frutales
en el que se bañaban en verano
ahora tampoco existe.

o sea, que vuelvo a mis esquinas
a lamerme mis heridas
y las de otras personas,
la parte oculta de ser amante.
y que alguien diga si el amor
no es también una herida.

es verdad.
llevo huyendo desde entonces
y he conocido muchos patios.

pero todos estaban afuera.

Miguel Rodríguez Otero
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