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Bajo la almohada

jueves 24 de abril de 2025
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Cuando despertó, aún exhausta del parto, Chantal descubrió que su recién nacida, que dormía a su lado, ya tenía nombre. La matrona lo había escrito en un trocito de papel, que deslizó bajo el extremo de la almohada antes de irse: Elle s’appelle Annette. Era un parto prematuro, y la niña había nacido apresuradamente y en silencio, sin el grito homínido que anuncia el primero de los principios de la muerte, como si intuyera que unas horas más tarde ambas se reunirían con Pierre, en una habitación cercana, para verle morir sin palabras, sin una nota bajo la sábana, sin nombres o gritos de por medio.

Annette creció con la costumbre de apuntar todo lo que pasaba en su vida, y también lo que no pasaba y que le parecía igualmente real.

Aun sin el recuerdo de su primer día, Annette creció con la costumbre de apuntar todo lo que pasaba en su vida, y también lo que no pasaba y que le parecía igualmente real. De su madre no sabía mucho: de niña iba con ella a todas partes, tomaba nota de las calles por las que pasaban, las tiendas, los productos que compraban, pero no hablaban mucho. Tampoco pudo dar cuenta de si tenía amantes o cambiaba de trabajo de vez en cuando. Con los años, en su mapa mental, se fue dibujando un espacio de la ciudad que nunca habían visitado, algo geográfico y afectivo que su madre siempre había evitado. Tan pronto comprendió que nunca le hablaría de ello, Annette alquiló un apartamento, se despidió de su madre con una nota que colocó cerca de la almohada, y se marchó de casa. No fue allí de inmediato. Aprovechó su facilidad anotadora para procurarse un trabajo de correctora en un periódico, y unos meses después decidió ir recubierta de sus propios enigmas, ya que no de conocimiento. Las mujeres no solían ir solas a aquella zona de la ciudad a no ser que fueran putas. Quizás por eso su llegada levantó tanta expectación en los presentes, que interrumpieron la bronca y el griterío ante tal aparición. Annette llegó igual que nació: inesperadamente y en silencio, aunque aquel día no murió nadie.

Nada más verla, los hombres se retrajeron y pensaron que aquella dama sin duda tenía algún tipo de desorden mental o estaba muy desorientada; de otra forma nunca iría a dar allí. Era guapa, muy guapa, y tan grácil en el moverse que relegaba la belleza a un segundo plano. La observaron acercarse al garçon para pedir té y galletas, y sentarse a la mesa como si ordenara o dispusiera desde allí su trabajo de edición, esperando a que los hombres fueran pasando uno por uno por allí, por ella, como por las putas sólo que sin serlo. Los hombres respiraron el olor de su pelo, casi rojo, y comprendieron que debían cuidar de aquella criatura que se había colado, no sabían por qué, en la parte baja del puerto y de sus vidas. Se ató el pelo en una coleta y los miró como diciendo: “Ya podemos empezar”. Estaba llena de pecas y de papelitos con apuntes absurdos en una caligrafía perfecta y educada. Llena de enigmas. Hay poco que seduzca más a un hombre que un enigma.

—¿Ha visto alguna vez a alguien como yo por aquí? Piense en los últimos veinte años.

—¿Como usted... de loca? ¿De pelirroja? ¿Alguien que sepa leer y escribir?

Los hombres se daban turno para acceder a sus preguntas, sólo por oírle hablar, por escuchar aquella gramática purísima que no sabían que existía, aquel acento que daba un giro a los pensamientos que hasta entonces desconocían sobre ellos mismos. Pero ninguno sabía bien de qué hablaba, ni comprendía el motivo de venir aquí, día tras día como las putas, pero sin serlo, a hablar, a escuchar, sin más armas que su lápiz, su pelo inevitable y su trenza de té con galletas. Meses después, comenzó a espaciar las visitas, como con los amantes con los que decrece la pasión y se mantiene el cariño, una vez a la semana, luego un par de veces al mes, pero siguió yendo durante años. Con el tiempo, aquel lugar se convirtió en parte de su familia, la que había muerto, y en parte de su vida, que envejecía sin solucionar los enigmas que la devoraban por las noches. Aquel lugar, el obviado de niña, se iba convirtiendo en una segunda naturaleza. Hasta que, un día, alguien mencionó algo distinto que le afiló la intuición.

—Una vez mi abuelo me enseñó cómo matar a un hombre.

Era Rudo. Iba muy de vez en cuando y nadie peleaba con él. Nadie le conocía otros nombres, ni tenía demasiado claro quiénes eran sus padres; tal vez había nacido directamente de su abuelo.

Annette escuchó a Rudo del tirón, como si su recuento de la historia encajara a ciegas con sus entrelíneas de oficina y puerto. Este hombre guardaba algún secreto cuyo significado aún no comprendía, y día tras día le escuchaba tratando de dar con el misterio, más allá de desmenuzar un procedimiento asesino bastante rudimentario, por otra parte. Hacía muchos años que había abandonado su motivo inicial, conocer la parte de la ciudad y de la vida que su madre la negó, y aceptado otros más ligeros: escribir las cartas para las amantes que los hombres tenían en otros puertos, ir conociendo a sus hijos, acompañarlos a los entierros de sus padres. En cada ocasión, depositaba una pequeña nota de papel con el último secreto, el último abrazo de la persona que despedía a los suyos.

—¿Qué quieres que ponga, querido?

—Dígale que no me olvide, aunque esté muerta.

—Tú estás loco. Lo sabes, ¿verdad?

—¿Se lo va a poner o no?

Tan pronto atracó en París, Rudo saltó a las calles como un perro para abrirle la cara a Jean Claude. No iba a matarlo, aunque podría, sólo quería molerlo a palos hasta dejarlo inconsciente. Eso es lo que buscaba en realidad, llevarle al cabrón hasta un lugar límite en el que ambos pudieran verse las caras y resolver el dolor y las mujeres, al margen del dictado de la puta conciencia.

No le mató. Tampoco resolvió nada, y Jean Claude volvió a su casa y a su familia lleno de golpes y de orgullo por haber peleado con Rudo. El resultado no siempre es lo que importa, a veces incluso es lo de menos y es inevitable perder, lo importante es con quién peleas, quién te señala la cara, el motivo por el que dejas o sigues viendo a una mujer. “La puta historia se repite”, pensaba Rudo, “no he aprendido nada”.

A veces los nietos se parecen más a los abuelos que a los padres, hay una generación por el medio que se salta como si no hubiera habido niñez ni colegio, como si uno empezara a cumplir años a los cuarenta y, hasta entonces, todo hubiera estado muerto. Quizás, de alguna manera, esto siempre sea así. Rudo conocía perfectamente ese espacio inerte que su abuelo rellenó con libros y artes de pelea. Hay hombres que no han nacido para tener una vida estable y se dan cuenta a los cuarenta, cuando descubren que hasta entonces han estado muertos. A diferencia de ellos, Rudo siempre lo supo.

Esto es lo que las niñas aprenden a amar y temer por igual, desde la escuela: un hombre tosco e independiente que escriba sin acentos y sin dobles consonantes, con una tragedia detrás que sea capaz de revertir para volcarse febril y enloquecido en ellas. Otro tipo de cuento de hadas, sólo que Rudo nunca fue a esa clase de colegio. Al igual que las mujeres, los hombres le temían y le admiraban; ansiaban ser duros como él y, al mismo tiempo, elegantes para respetar las reglas de una pelea. De ahí su apodo, que los varones le otorgaron como una distinción social. No era un malascalles o un camorrista. Si te decía que te iba a partir la espalda, podías fiarte de su palabra, no te fallaría, lo haría. Pero podías pedirle que después cuidara de tu mujer y de tus hijos. No era un asesino. Sólo era rudo. Esto es algo que las mujeres detectan por instinto y que desbarata la cordura del acomodo social del amor, de la estabilidad de las palabras, del paso inofensivo de los días.

El día que la conoció, después de la pelea con Jean Claude, aquella mujer le pidió que se sentara con ella a la mesa. Tendría la edad de su madre, si la hubiera conocido, y no paraba de hacerle preguntas. Aunque algo mayor, era hermosísima, y el olor de su pelo impregnaba los espacios casi siempre silenciosos de su vida. Rudo nunca antes había bebido té, pero accedió por delicadeza. Lo bebió de un trago antes de comenzar a hablar.

—No le puedo decir más, sé que fue a por él y que mi abuelo se defendió y lo mató. Los dos querían a la misma mujer y el otro tipo pensaba que el hijo que su mujer esperaba era de otro, no suyo.

—¿Y era verdad, ese hijo era de su abuelo?

—Eso no lo sé, nunca me lo dijo.

—¿Y qué hizo la mujer?

—Creo que no quiso volver a ver a mi abuelo. Él decía que sólo andaba las calles, como si estuviera loca y buscara algo que no existe.

—Qué curioso. Eso es lo que hacía yo con mi madre, cuando era niña.

—¿Y su padre?

—No lo sé, nunca le conocí. Mi madre nunca me habló de él.

—Qué curioso.

—Es verdad... ¿Otro té, querido?

Miguel Rodríguez Otero
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