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Cinco poemas de Alejandro Alonso Pérez

lunes 6 de octubre de 2025
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De su alter ego, fumando en un rincón

A ratos me pregunto
¿Dónde estará? ¿Se habrá ido ya con otro?
¿Seré un recuerdo suyo?

No sabes lo que temo
explorar el cajón de las anécdotas.
Y eso que he ido a muchos sitios. Y eso
que he mirado a la muerte
en dieciocho ocasiones.

Pero ya está. Me dicen.
Ya está. Como si fuera
un soldado acabando de vivir.

No se ha encontrado cura
para esas preguntas. Esas preguntas
que llevan más de cinco
mil años sin respuesta.

Pero no está. Me digo.
Si estuviera no me preguntaría
a ratos ¿por qué nada funcionó?
¿Habrá, quizás, una segunda parte?
¿Moriré tan fácilmente?

Pero ¿y si está de veras?
¿Y si está? Me pregunto
a ratos, ¿y si está?

 

Mira hacia detrás y hacia delante

¿No vas a encenderte ese cigarro?
Ya que no nos quiere nadie
nos tendremos que echar a un par de tercios
para brindar por todos los fracasos.

¿O me vas a decir que no es verdad?

Nos han vendido tantas motos que al final
terminamos por ir a pata a todos lados...
..................................................................sin parar en el camino,

y los pies nos duelen y las
encías de apretar tanto los dientes y las
palmas
.............de clavar las uñas contra ellas.

Si hay algo que merece la pena, amigo mío
........................................................................(a pesar de todo),
es sin duda Dios
y el arte que trata de explicarlo;
...................................................por lo demás

yo ya me doy por muerto.

(Brindaron en el aire
marcándose un hidalgo)

 

La misma vieja historia

La noche está estrellada
¿Sobre el Ródano? Casi. Sobre el Ebro.
Un pincel ahí enfrente
diluye las farolas
y confunde las turbas el cerebro.
Esquivando las olas
de los coches me vuelvo al catre andando,
y voy de charco en charco rapeando.

Ya te bebiste una cerveza. Ya
cenaste. Ya reíste y despejaste
tu cabeza. Ya, ya...
y luego te largaste
pues tratar con la gente da pereza...

y más cuando en la mesa

se juega el as de copas.

Te resulta tan vano
cuando las niñas que van de uniforme
se hacen mujeres yendo de paisano
que tú solito diste media vuelta
aunque para salir
te diera alguien la mano.

Y aquí estamos. Capucha,
viento frío, lluvia leve, las zapas
abiertas (naufragando)
y los puños apretados (por si
me falla la templanza).

Crema. Las siete estrellas mi esperanza;

aunque ahora toque Huesca
y subir por su larga carretera.

 

Capítulo X. Dulce hogar

De cristal una botella
que en la mano sujetaba
estalló contra la mesa.

Te mato. Te mato.
Te mato. Te mato.

A su mujer la cogía.
Eran una sola carne
sus dedos y su mejilla.

¡Para, por favor!
Por favor...

No lo entendía el pequeño
que se amaran dos personas
a base de tanto duelo.

¿Por qué lloras, mama?
¿Por qué lloras?

Piel dura contra su piel.
Se le saltaron las lágrimas.
Se respondió solo él.

¡Fuera de esta casa!
¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Seis bocas que alimentar.
Con tanto para beber,
poco las puede saciar.

¡Ea! ¡Ea! ¡Ea!
¡Ea! ¡Ea! ¡Ea!

Sus ojos rojos de ira
le han puesto negra la cara
y ella blanca la quería.

Si sigues así,
te vas a morir.

Sin una bala en el pecho
el chico lo fulminó.
Se llamó a sí mismo huérfano.

Con tanto dolor
mata el corazón.

 

Canto

Es la hora de las marchitas caracolas,
los árboles desnudos, los desérticos cauces,
las flores lilas, los cansados rompeolas.

Me he entregado a los curvos quebrantos de los sauces
ante el sabor de las cupídicas cabriolas
que me han mostrado el filo de sus cítricas fauces.

No me queda fe que sembrar por el camino.
Tras el invierno no creo ya en la primavera.
Desconfío del alba, aunque la anuncie el trino.

Podrán poner un número incontable a mi vera
de arcones de oro, lindas hembras u odres de vino
que nada, ¡nada!, igual será a lo que ella era.

Su delicada estela mis dos ojos hería
con el mismo esplendor que emana el cisne bello.
Salpicada de escollos, su tersa piel lucía.

Todavía abre mis pulmones su cabello
y endulza su eco mis oídos. Todavía
arde en mis labios el enigma de su cuello.

Como el sediento busca maná vivificante
en el choque de lo real con mi memoria
busca mi ser entero su estímulo vibrante.

Pero sé bien, por las andanzas de mi historia,
que es en vano todo este fervor recalcitrante
y acaba por morir cada póstuma euforia.

Por la escalera que va desde la Tierra al Cielo
la quise llevar yo, cogida de la mano,
porque su mano era un pedazo de ese anhelo.

Y lo vio Dios y quiso borrarme lo inhumano
levantándome al fin del cenagoso suelo
poniéndola delante, como un sol en verano.

Pero Él conoce bien, con no mucho que ahonde,
por más que el afán tenga cada hombre de ocultarla,
la malicia interior que en el pecho se esconde.

Y al ir con un clavel su mejilla a rozarla
de pronto la apartó y vi triste que donde
yo hacía por perderla Él tuvo que salvarla.

Mi corazón voy por los suelos arrastrando
irrigándolos con mis amorosas penas
y estoy de zarzas púrpuras las cunetas poblando.

No hay más líquido ya corriendo por mis venas
que el sabor de la culpa y estarme vida dando
me enfrenta a la espada como en otras faenas.

¡Ay, conciencia cruel! ¡Ay, cruel imaginación!
Que la vestís de nubes pero en mi pecho tierno
las espinas claváis de la desilusión.

Saber que va a cruzar la arista de lo eterno
cuando yo, sobre un hilo, salvo mi perdición
le da vehemencia en mi alma a un indómito infierno.

Pensar en que se ha ido, pensar que sigue aquí,
pensar que es más feliz, que goza de mi ausencia,
que otro le podrá dar lo que yo no le di

alimenta en mí su réproba incandescencia
y al vacío me arroja que, inocente de mí,
no juzgué tan profundo hasta hollarlo su esencia.

Pero por este lecho no irá un torrente más.
Como atardecen siempre en su curso las cosas
de mi sangre saldrán unas cárdenas rosas
y de ellas en su pecho azul nada jamás.

Alejandro Alonso Pérez
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